viernes, 19 de agosto de 2011

La puerta

Luego de pagarle tres noches y recibir junto a sus indicaciones las llaves de la habitación, nunca más la volvimos a ver. Era una mujer de piel tostada, como la mayoría de los lugareños de baja estatura, frente amplia, pómulos salientes y mirada huidiza. Después de Mérida y Cancún habíamos llegado a Playa del Carmen, no sin antes dejarnos impresionar por la majestuosidad de Chichén Itzá, o boca del pozo de los Itzáes, donde el sol implacable manifiesta una insaciable apetencia por la piel desnuda. El taxi, luego de un par de vueltas sin sentido, nos deja frente a un grueso portón de madera. Un letrero apenas perceptible indica Casa Ejido, primer destino en ésta ciudad caribeña. Me inclino sobre la mesa y reviso las instrucciones del servicio de Internet, casi siempre es lo primero que hago. Iliana descarga la maleta sobre su cama, ha elegido la más grande. Salgo de la habitación con la intención de hacerle un par de preguntas a la mujer que nos acaba de recibir. Me cruzan dos gatos: uno amarillo y otro completamente negro. El hotel aparenta ser un kiosco gigantesco, con mirillas triangulares a modo de ventanas, alcanzadas por hamacas para gusto del huésped. La piscina está rodeada por una habitación y un jardín silvestre habitado por ágiles y diminutos espías mimetizados cual lagartijas. En general, una suma de comodidades que desentonan con la soledad del lugar.

Desisto preguntar por los comederos más baratos y cercanos. Al parecer, nadie más que nosotros habita la casa hotel. El auto-servicio llega al extremo de prescindir del personal administrativo. Regreso a la habitación y reviso correo mientras Iliana toma una ducha. El aire acondicionado no es suficiente. Enciendo el ventilador que colgado del techo pega directo sobre mi cama. Le hago un par de observaciones a Iliana respecto al itinerario del día siguiente. Un chapoteo ininteligible recibo como respuesta. Acerco la botella de agua y luego de un largo sorbo decido buscar nuevamente señales de vida fuera de la habitación. Asombrado por lo que acabo de ver en la mesa junto a la cocina regreso al cuarto. Le digo a Iliana que inexplicablemente alguien ha dispuesto dos platos de comida en la mesa junto a la piscina: un Poc-Chuc yucateco y una quesadilla de huitlacoche con un plato adicional de chile habanero. Dándome la espalda levanta su mano izquierda en señal de me importa un culo. No entiendo su actitud. La hijueputeo en voz baja devolviéndome intrigado e indignado.

Seguro de llevar conmigo las llaves de la entrada principal me dirijo presuroso a la calle. Necesito contaminarme de ciudad. La llave no funciona. Pruebo ambas. Nada. Evito el estrés encendiendo la tele. Ningún canal funciona. Una ola de ansiedad empieza a inundarme. Me sujeto fuerte a la silla y el vómito se instala donde resulta incontrolable hasta que los mosquitos en medio de la oscuridad me traen de vuelta a la conciencia. Continuo esforzándome por escribir. Me levanto en busca del repelente. Olvido que lo he dejado en la habitación. Enciendo la luz y acomodo algunos libros tirados en el suelo. Tres meses no han bastado para acomodarme en mi nuevo domicilio. Regreso con Iliana preguntando qué me pasa. Le he dicho que necesito abandonar ese lugar. Según ella he estado inconsciente más de tres horas. Me levanto a cerrar la ventana. La lluvia alcanza a colarse y el calor da paso al frío. Preparo una taza de café. Suena el teléfono. No me siento de ánimos para contestar mientras Iliana espera que salga del baño. He tomado más de una hora bajo la ducha. El calor es insoportable. Desde dentro le grito que intente encontrar a alguien como sea. Me responde que ha estado llamando pero ningún teléfono contesta. Vamos hasta la puerta decididos a derrumbarla. Cuando comienzo a golpear la puerta con una piedra Iliana detiene mi mano súbitamente. Me dice que debemos probar buscando en las habitaciones de arriba. Es algo que pensé ya habías hecho.

Debo terminar el tercer párrafo antes de ir por otro café. El cielo se desploma entre descargas eléctricas mientras escucho que alguien insistente llama a la puerta. Iliana por fin ha decidido ayudarme. Toma otra piedra y juntos acordamos derribarla. Si no contesto el teléfono cercano al escritorio mucho menos atenderé la puerta que ahora recibe los embates de otra de las sillas del comedor. Mejor abrir antes que derriben el portón que resiste como ninguno ante nuestra insistencia. Logramos hacer mella en la gruesa madera y cuando al fin abro solo veo dos sombras del otro lado. Una mujer gruesa me acompaña. Ambos sudorosos nos detenemos frente a mí. Me digo que buscamos ayuda y yo me niego la oportunidad de vernos vivos, así que cierro la puerta y me olvido del asunto. Para siempre.

1 comentario:

Carlos Augusto Pereyra Martínez dijo...

Atrapa ese final...a la buena manera cortaziana. Saludos.