martes, 27 de enero de 2009

La Poesía de Karoll Lyseth Cuevas Mendoza

Por: Carlos Augusto Pereyra Martínez y Juan Francisco Remolina Caviedes

Es imaginable el ambiente oscuro, taciturno, romántico y desconsolado desde donde los versos de Karoll Lyseth se tejen y destejen, buscando, contradictoriamente, la luz que lleve a mejor destino la erótica en ciernes de su poesía y el lenitivo para el amargo desamor que aún persiste en sus honduras. Es necesario descifrar su código de besos, su laberinto de abrazos, para encontrar en su lírica la carnadura de un alma que aspira a ser cuerpo y la evanescencia de un cuerpo que promete misticismo. Participar de su poesía es asistir a una lucha de labios, de cuerpos bajo sábanas; es asistir al eterno ritual de los despellejados por amor, cuya mezcla de lágrimas y sangre nos recuerda que somos unos eternos mortales.

La poesía de Karoll es de encuentros y desencuentros, pero pesan más lo últimos. Sus versos son costas de naufragios. El amor es una mueca, un gesto que arruga el alma, porque son más las ausencias, un asir la nada, humo donde se quiere atrapar el deseo, la caricia, la respuesta a la piel inflada en la ansiedad del goce, la fruición del beso, y sólo responde el aire hueco, sin fragancias. Los recuerdos vienen vacíos, cuencas sin ojos, caricias donde la lenidad del roce, se transforma en un lija que lastima los poros, y sabe a dolor.

Rompen las ráfagas frente a mi pecho

como distrayendo sus tirones

para atraparte finalmente

entre sus frías y blancas manos.

El viento se desliza por entre mis cabellos,

se cae con fuerza tras golpearse contra mis alas,

se estrella contra mis pechos erguidos

para dibujar caminos

que desembocarán sobre mis pies desnudos.

El llanto de las almas

pretenderá inundar tus oídos

hasta apoderarse de tu cerebro.

Pero no te angusties,

yo estaré allí para tí,

cual diosa guerrera te defenderé

y con mis pechos te alimentaré

Y aunque la blanca dama

cumpla un día, contigo su faena,

nadie sabrá hasta que la partida sea

si entre los dos, eres tú, su primer tarea.


domingo, 25 de enero de 2009

Deambulando

Hoy domingo. Un día tan insoportable como cualquier festivo que seguido acompaña una noche de bohemia de tragos y de excesos. Salgo a caminar sin destino, simplemente ahuyentado por tanto desprecio hacia los demás, y no sé si también hacia mí mismo. Decido hacerme acompañar de mi navaja.
Doy vuelta a la esquina y me recibe el mismo pordiosero de siempre, un llamado "deshechable" social que al verme se acerca a pedirme una moneda. Con el argumento de "no es pa' malos vicios, profe, sino pa' comer alguito" me adelanta su mano con su desproporcionada sonrisa. Su olor es apestoso. Contengo un poco mi respiración, hago maña y descubro mi navaja. El mendigo se asusta un poco, retrocede y "qué le pasa mi ñerito, no problem parce, no me dé nada sino quiere" y lo persigo y a mitad de cuadra descargo sobre su espalda dos lancetazos que lo dejan tirado en plena 22 en medio de un charco de sangre. No siento lástima y sigo despacio, lento, ojalá me persiguiera la gente, ojalá me persiguiera un policía.
La mañana solitaria, la gente apenas despierta. Necesito limpiar mis manos, la sangre es escándalo siempre. La tienda ya está abierta y la señora de apariencia bonachona acepta con recelo mi educada petición. Doy vuelta al mostrador y encuentro el orinal. Descargo mi vegija mientras escucho la voz temblorosa de la maldita vieja describiendo el color de mi pantalón, de mi camisa; no es difícil deducir quién está del otro lado de la línea. De un salto me coloco detrás de ella, coloco mi navaja a la altura de su cuello y, convirtiendo su voz achillonada en un ronquido, abro una fuente roja de un solo tajo. Es divertido matar, asesinar se siente bien: la sangre corriendo, los ojos saltones, el grito perdido, la angustia atorada y el dolor que se siente. Es el derecho de nosotros los supremos sobre los malditos parias que el mundo debe eliminar.

viernes, 23 de enero de 2009

Nocturna

Regresas mojada, callada y oscura;
intentaré dormir para ocultarme.

miércoles, 21 de enero de 2009

El insomnio picotea

Hace más de una hora que he perdido el sueño. Luego de tanto dar vueltas y vueltas en la cama decido levantarme. La nevera siempre es mi refugio luego de haber espantado el sueño. Un vaso de limonada y una mordida de pan para espantar el ardor en el estómago que ha empezado a tomar partido de éste descontrol biológico que lleva persiguiéndome más de veinticinco años. Las ojeras comienzan a hacerse más oscuras, me asomo con un poco de miedo a esa ventana de reflejos llamada espejo y compruebo lo mismo de cada mañana, de cada noche, de cada tarde: soy una mueca mal afeitada. Con un poco de resignación y con el vaso helado de limonada en las manos me asomo al pequeño patio de ropas a contemplar la luna o al menos a escuchar y a sentir los respiros de la noche. No hay luna, pero hay grillos, pitidos a lo lejos y madrazos en ocaso. Me siento en el suelo frío y tomo dos tragos largos que me saben a limón fermentado. Pronuncio las vocales para romper el silencio que ha empezado a posesionarse de éste espacio respirable pero casi inhabitable llamado existencia. Voy pensando en la mentira del mañana y en la precisa sonrisa fingida con la cual acompañar los buenos días ante el saludo de la gente, de las personas arrogantes y de aquellos y aquellas que no resisto tan siquiera mirar. La mañana vendrá con sus seres horripilantes y sus costumbres disfrazadas, me bañaré, cepillaré mis dientes, ocultaré el mal aliento para ser aceptado, pero algún día me cansaré de tanta hipocrecía, evitaré bañarme, comeré cebolla, andaré sin medias, llevaré sin lavar mis calzoncillos y pantalón, escupiré cada dos pasos e insultaré en lugar de saludar. Seré un nuevo hombre: El Super Hombre Zaratustra.

martes, 13 de enero de 2009

Memoria de mis putas tristes

Hace algunos años me encontré con el último libro de nuestro laureado Gabriel García Márquez: Memoria de mis putas tristes. Al terminar, luego de unos cuantos días, todavía un sabor incómodo me resistía al paladar. Meses atrás me había deleitado con su Otoño del Patriarca, que me arriesgo a considerarla como su obra más importante. Cuando tenía escasos 14 años gracias a un artilugio de mi padre me ví mortalmente seducido con Cien Años de Soledad y aún me queda el recuerdo de esa imagenes eróticas cuando dos de sus personajes (memoria frágil me adolece) él y ella jugueteaban con sus genitales untados en clara de huevo casi ahogándose en la alberca y demás lugares de la casa despertando mi erótica por la literatura, mis primeras erecciones literarias. De ahí recorrí los últimos días del Libertador Simón Bolívar bajo el brazo seductor de un Gabo que no dejaba de sorprenderme con sus metáforas caribeñas sin ahorrar perfume carnavalesco a mis escasos 15 años. Por esa misma época aprendí a disfrutar la palabra mierda que magistralmente daba punto final a El Coronel no tiene quien le escriba, mejor manera de concluirla imposible y lo mejor, utilizando un sustantivo hasta ahora prohibido por mis mentecatos profesores de español. Gracias a Gabo pude enterarme que luego de muertos los pelos y las uñas nos crecen a una razón que hasta el momento lamentablemente no he podido recordar de la misma manera que no he podido olvidar cómo a través de El Amor y otros demonios los sacerdotes también son de carne y hueso. Embebido por un afán literario con escalpelo en mano me dí a la tarea de cercenar, antes que leer, Doce cuentos Peregrinos, descubriendo en cada línea algo nuevo por aprender, cómo la imaginación y la realidad se conjugan para abordarnos desde la óptica del artista: un re-organizador del mundo, ebanista de sonidos pausas y silencios. Crónica de una muerte anunciada, toda una cátedra de cómo lo más importante no es lo que se cuenta si no cómo se cuenta, un suspenso en reversa, ni qué decir de Vivir para contarla un relato que me obligó (hubo más motivación que obligación, no todo es culpa de Gabo) a abandonar la universidad por dos años y casi a olvidarla por completo, dos años de delicia literaria donde lo único importante era leer y reventarme los dedos frente a una historia nueva por contar, perdón, por saber cómo contar. Y ahora, retomando el sabor amargo de esas benditas putas tristes, qué puedo decir, o tal vez preguntar: ¿Será que en un futuro prostático no habrá más remedio que retomar los calzones de la adolescencia? O tal vez termine uno como García Márquez, entregándole al amor el colofón de nuestras vidas y como es de humanos contradecirse valdría la pena recordar una frase memorable de nuestro querido Gabo en El Otoño del Patriarca: "La mentira es más cómoda que la duda, más útil que el amor, más perdurable que la verdad". Pero lo más lamentable es que en técnica, manejo de tiempos y demás herramientas literarias, que tan diestro es nuestro nobel, nada nuevo aprendí o por lo menos no lo he descubierto, y sí más bien un sabor dulzón me molesta el paladar.

domingo, 11 de enero de 2009

Llueve sobre nuestro amor (Det regnar på vår kärlek , 1946)

Segunda obra fílmica del sueco Ingmar Bergman que narra la historia de dos jóvenes: Maggie (Barbro Kollberg) y David (Birger Malmsten) quienes accidentalmente se conocen en una estación de tren y deciden compartir el resto de sus vidas, sin importar que él haya acabado de salir de la cárcel y ella lleve en su vientre un hijo de padre desconocido, un trance de aceptación poco gratuito donde se deshilvanan algunos hilos dolorosos de frustración o desilusión. Es así como llegan a una pequeña localidad y habitan una parcela que en principio toman como arriendo y luego deciden comprar. Pero el pasado entra a cobrar factura y entorpece un paraíso de amor, amistad y buenos augurios.

Bergman intuye desde aquellos años (1946) tres de los más dramáticos exabruptos de las llamadas sociedades democráticas. Por un lado la indiferencia colectiva frente a los dramas individuales que en éste caso intentan raspar algo de felicidad al indolente témpano social, muy a pesar de una historia ya juzgada. Es también la burocratización de los sentidos, un intento artificial de establecer ordenamientos "territoriales" a sentimientos de amor, convivencia, fidelidad y mutua solidaridad, tan necesarios para guarecerse de las profusas tormentas que azotan los humanos destinos. Así mismo, Bergman intuye el desplazamiento social cometido por el mismo Estado, quien en aras de un "progreso" a ultranza de la dignificación humana, promueve métodos execrables de marginamiento emocional, sicológico y social. Pero en Bergman no todo es trágico, aún queda el amor después del amor, como diría Fito Páez, el gran paraguas bajo el cual los corazones podrán caminar protegidos, sostener el vendaval y caminar en pos del horizonte acompañados, en éste caso, de un perro callejero.

sábado, 10 de enero de 2009

Historia en el espejo

La niña se sentó casi desnuda, contemplándose largo rato en el espejo. A través de la telaraña del vidrio puede ver su rostro triste y el cuervo del espanto asomando por sus ojos. Un hilo de sangre resbala por sus piernas y aunque el ardor es intenso solo piensa en mami y en que hace mucho frío.

Es domingo. Hoy nos vamos de paseo. Camilo, el señor de la camioneta llega temprano, son las siete y todos ya estamos listos. Basta nombrar el Pico del Águila y enseguida el agua rica, calientita, como le gusta a Andresito.

El patio se ha convertido en un infierno para él. Un grupo de hombres toscamente vestidos y demacrados, con el signo de las sombras en el rostro, hacen fila mientras una ansiedad animal asoma de sus braguetas. El grito de dolor es ahogado por el tumulto de voces que hacen respetar un turno.

Son las once y papá no llega. Raro. Nunca demora tanto, más sabiendo que es mi cumpleaños. Mamá no quiso guardarle un pedacito de ponqué. Voy a dejar la puerta abierta sin que mamá se dé cuenta, quiero levantarme cuando llegue y mostrarle las muñecas que tía Sofi y tío Carlos me regalaron. Hoy estuve muy contenta, pero papá faltó.

Los ojos se tornan inquietos. Acarician en silencio la respiración pausada de aquel cuerpo frágil envuelto en un piyama rosa. Tropieza con un oso de peluche, teme hacer ruido. Introduce su mano temblorosa y siente el calorcito de los años tiernos. Afuera alguien llama. Sale presuroso con un temblor que le abruma.

Mamá ve la puerta abiera. Un puño le aprieta el corazón. Se detiene frente a la peinadora observando su reflejo en el espejo. Ve sus lágrimas y a mamá de nuevo corriendo a abrazarla. Un ardor le atraviesa el cuerpo, como aquella vez. Otra vez siente frío.

viernes, 9 de enero de 2009

Cine francés: Le temps qui reste (2005)

Le temps qui reste o El tiempo que queda (2005), más allá de aventurarme a decir que pertenece al género rosa del cine francés, podría afirmar que es una cinta fascinante que aborda el tema de la muerte con una carnadura tan natural convirtiéndola en demasiado inquietante. Lo inquietante y a la vez fascinante surge en el preciso instante que el llamado de la Blanca Mujer, como la llama Robi Draco, se hace dentro de la certeza del espacio y el tiempo a manera de cita inaplazable e ineludible en un presente muy cercano, porque convergen todas las situaciones imprevisibles ajenas al presupuesto de lo planeado o imaginado. Es en ésta lógica que Romain (Melvil Poupaud), un jóven fotógrafo profesional, habitante de la tan misteriosa, fatigosa y apetecida París del siglo XXI, drogadicto y prepotente, se ve enfrentado a la noticia de padecer un cáncer maligno cuya metástasis hace imposible su sobrevivencia, decidiendo eludir quimioterapia alguna. Pienso que su condición homosexual lo llena de una sensibilidad extrema procurando no hacer de su mal una carga para sus más queridos, de manera contraria, ahondando más sus profundas diferencias y distanciamientos. Sus padres desconocerán el motivo que lo hace divorciarse de Sasha, el joven con el cual comparte lecho hace años, así como también la extraña decisión de abandonar un exitoso viaje de negocios a Japón con el pretexto de tomarse unas necesarias vacaciones, él un incansable artista y profesional. Solo con su abuela (Jeanne Moreau) decide compartir la causa de su auto-exilio. Es un diálogo imprevisible y uno de los poco extensos donde ella pregunta por su elección de confidente y él aduce un motivo de afinidad de quienes tienen la muerte próxima. Ella anuncia su deseo de morir con él, esa noche. Juntos van a la cama y ella lo consuela mientras duerme desnuda, algo que sorprende pero no deja de justificarse luego de saberse que tras la muerte del abuelo, su esposo, ha encontrado en la promiscuidad sexual su única tabla de salvación. Al otro día se despiden con un si nos hubiéramos conocido antes tal vez nos hubiésemos casado que vuelve a sorprender.

Prefiere vivir su propio infierno en soledad pero aún así hay algo en él que resiste a morir: cede, luego de un rechazo inicial, a la propuesta de una joven pareja de acostarse con la esposa ante la estirilidad del marido, algo poco creíble para ésta época de avanzados adelantos científicos en ciencia reproductiva.

Con su cámara fotográfica dispara en distintas direcciones como queriendo atrapar, o despedirse de un mundo que empieza a serle ajeno, impropio; su memoria le trae una infancia de complicidad fraterna que extraña y lo lleva a reconciliarse con su hermana de una manera no tan personal, utilizando su mobil.

Al final, se dirige rumbo al mar y en una escena hermosa, donde el sol cae y él va quedando sólo recostado en la playa de perfil al sangrante horizonte, se construye una metáfora bien lograda de la muerte que algunos interpretan como un tributo del director François Ozon a Luchino Visconti en su Muerte a Venezia (1971) (Cinema de perra gorda, Rodríguez Chico).

Un film digno de ver, analizar y disentir.

jueves, 8 de enero de 2009

La angustia de las almas en pena (prólogo oficial)

Pasearse entre los personajes de La Angustia de las Almas en Pena de Carlos Augusto Pereyra Martínez, es hacer un viaje de descubrimientos y reconocimientos. Es descubrir la cara sensual de la muerte, sus delicadas, resbaladizas y peligrosas líneas de mujer, así como sus formas de masculinidad deshumanizada, de patria indolente, de estado cómplice. Es también reconocernos en el dolor, en la angustia de la madre que espera, de la esposa que pare hambre y aviva con sus entrañas y sin querer, el fuego de la guerra.

El viaje literario de Pereyra posee la atracción cortazariana de avasallar al desprevenido lector entre sus huecos de agua que no son más que un juego fantástico donde el tiempo es transmutado en espacio y el espacio en tiempo; el presente en un incierto futuro, inasible como tallos de espinas; el pasado en un cruce de caminos donde fácilmente se confunde aquel que apenas viene con aquel que apenas va.

La Angustia de las Almas en Pena es una cruel invitación a sostener con firmeza la fría mirada del espejo, pero también nos convoca a mirar hacia el sur de ese dolor llamado rostro y observar el odio plateado del asesino que se suspende y que arremete mientras la mueca se hace trizas.

Pereyra, luego de ofrecernos un cubrelecho de agujas cuando la noche se hace fría inquietante y oscura, recurre al brevaje de la ironía: trivializa lo sublime, idealiza lo ordinario. Y así nos seduce con su Malena que antes fue canto, ahora cuento; con su macho marinero que antes fue bravo, ahora manso y febril.

Si La Sombra de la Máscara reparaba los afanes del Sol, La Angustia de las Almas en Pena acrecentará con borrachera los aullidos de la noche.

martes, 6 de enero de 2009

La música que me mamó!!!!

Una de las cosas que más hicieron mella en mi cuero de indiferencia fue la música de fin de año y comienzos del 2009. No por los tradicionales Rodolfo Aycardi, Pastor López, Los Melódicos, la Billos y Lisandro Meza; sino por el insoportable Silvestre Dangond y Vicente Fernández, hago la salvedad referente a la calidad demostrada por el productor y compositor Joan Sebastián en su último álbum "Para siempre", que le ha servido al charro mexicano para sobrevolar como cóndor en la geografía musical latinoamericana. Pero infortunadamente, justo en frente de donde vivo, hay un lugar de cervecita y trasnocho, muy cómodo y ameno, que sin tanta elegancia, pero también sin tanta lobería, ha servido de entretención y desahogo a mucho empleado de los zapatos y uno que otro vecino desjuiciado, dentro de los cuales me apunto muy de vez en cuando; y digo "infortunadamente", ya que la torva embrutecida por el alcohol solo sabe póngame otra de Dangond, póngame Celos de Chente, otra vez Millón de Primaveras, pero por qué no pone Silvestre...; y ese embrutecimiento se ha repetido todos los días desde que las vacaciones han sido invadidas por el maldito me gusta me gusta me gusta me gusta que estúpidamente gruñe Silvestre Dangond desde una caseta o verbena popular o bazar de barrio.

No miento cuando afirmo que al día se puede escuchar a éste par unas mil veces compartidas. Lo que me hace concluir que para ésta gente no existe más música fuera de Celos, Millón de Primaveras y el cacareo de Silvestre Dangond.

Que se acaben pronto las vacaciones, por favor!!!

P.D. Ojalá no me vaya a caber una demanda por derechos de autor al usar la imágen del Chente sin permiso de su casa disquera, pues de eso advierten en la página de Internet donde conseguí su fotico.

lunes, 5 de enero de 2009

Cine iniciando año

Como se estila cada fin e inicio de nuevo año, algunas compañías y directores de cine, intentan atrapar unos cuantos dólares de taquilla mediante el estreno de cintas precedidas de gran expectativa. No siendo el 2008-2009 la excepción, se tuvo el estreno nacional de Ni te cases ni te embarques, dirigida por Ricardo Coral y protagonizada por Víctor Hugo Cabrera, Andrea Nocceti (ex-reina colombiana haciendo su debut en la gran pantalla), Juliana Botero, Luz Estela Luengas, Nicolás Rincón y Ramsés Ramos. Una película de Dago García que cuenta la historia de un hombre maduro, Rubén (Cabrera), quien cultiva un pavor clínico por el matrimonio; su novia Isa (Andrea Nocceti) muere por casarse con él, en tanto que un evento inesperado en sus vidas lo cambiará todo.

En resúmen, podría decir que finalizada la película sentí un sabor poco agradable. Fueron más las expectativas que precedían la cinta que su misma calidad. Dago García ya nos tiene acostumbrados a sus exageraciones cómicas, lo cual en algunos casos se torna tan predecible en la cinta que desaparecen las fronteras entre el humor inteligente y la imbecilidad supina; a la vez se cae en unos diálogos extensos que por momentos duermen y causan bostezo.

Lamentable la actuación de Andrea Nocceti. Muy a pesar de que en su último papel antagónico de la reciente novela Nuevo Rico Nuevo Pobre, muchos pudieron avizorar un futuro escénico de alto vuelo, en Ni te cases ni te embarques la ví igual que en su papel de novela y eso que los roles eran de orillas opuestas, es decir, un personaje que exigía mucho más de lo mostrado en escena por la Nocceti. Esto último afortunadamente nos hace concluir que por lo menos la actuación no es de toda reina, a diferencia de los noticieros de farándula. Lo contrario podría decir de Víctor Hugo Cabrera y Luz Estela Luengas quienes tienen la capacidad actoral de llevar a sus personajes más allá de lo pensado por el libretista.

Este sin sabor se me ha venido pegando cada vez que salgo de una nueva función de nuestro cine colombiano. De la etapa del cine rojo-blanco: bañado en los ríos de sangre del sicariato paisa, espolvoreado por el blanco de la apetecida cocaína colombiana; hemos pasado a un terreno donde es difícil ser cómico, humorístico, pues el riesgo de caer en la insufrible ramplonería es mayor. Ojalá "El Man, El Super Héroe Nacional", que próximamente aparecerá en cartelera, no sea otra prueba más del sonso humor colombiano de algunos pocos, que lamentablemente ha tomado por asalto al cine colombiano.

En cuanto a estreno internacional está Crepúsculo (Twilight). Cinta romántica que narra la historia de Bella (Kristen Stewart), una chica enamorada de un "joven" vampiro, Edward, protagonizado por Robert Pattinson, quien desde casi un siglo aún tiene 17 años. Bella y Edward se conocen en la preparatoria de Forks, un pueblo con un ambien frío, siempre lluvioso, encallado en lo que parecen ser los bosques de Alaska. Allí tuvo que partir Bella, a vivir con su padre, agente de policía, luego que su madre contrajera nuevas nupcias. Sus paisajes son maravillosos, se puede sentir el frío y olfatear el olor salvaje del bosque con sus árboles inmensos que sirven de refugio a un amor que ha nacido al amparo del azar y de las clases de biología, pero en contra de la conveniencia social y genética.

Durante la primera hora el film se hace plano, los diálogos extensos se tornan predicibles, tanto así que sobra espacio para la duda y la censura de algunos bodrios artificios. Si es una historia basada en la añeja saga de vampiros resulta entonces poco creíble que Edward y su familia deambulen por el pueblo durante el día, como si nada, pero lo más risible es la escena que revela los supuestos perjuicios ocasionado por el astro rey: la piel adquiere la textura diamantina de diminutos gránulos de vidrio, algo que ruidosamente abofetéa la inteligencia de cualquiera pues no se supone acaso que el sol convierte en ceniza a éstos seres de la noche(¿?). Incluso, luego de que Bella es atacada por un vampiro enemigo, el cual le ha fracturado su pierna derecha y mordido en uno de sus antebrazos, aparece días después lista para el baile de graduación, con una especie de zapato ortopédico recubriéndole la pierna a manera de bota, luciendo un vestido escotado sin mangas que hubiera dejado al desnudo la cicatriz, o al menos la venda, que días antes llevaba en su brazo derecho poco antes de abandonar el hospital, pero no se ve ni lo uno como tampoco lo otro.

Del letargo de la trama inicial se sucede la intriga que salva la película. Bella resulta apetecible a los ojos de otro joven vampiro de familia diferente a la de Edward, éstos últimos resultan enfrentados a muerte. Al final, la familia del enamorado vampiro vence, y Bella, mecida por los pases románticos del baile de graduación, le confiesa a su inmortal pretendiente el deseo de perpetuarse en el tiempo para proteger su amor del reloj humano. Definitivamente una película hecha a la medida de un público adolescente que dejó pasar detalles poco desapercibibles.




domingo, 4 de enero de 2009

Un sueño para Mariana

La mañana estuvo cargada de una pesadez sin igual. Regresaba del trabajo y el Sol vomitaba inclemente sus entrañas sobre el pueblo que parecía arder. Un mes más y el fin del mundo sería cantado bajo fuego. Lo peor: la fatiga del sueño, más producto de la posma del lunes que del cansancio físico, sin un lugar fresco donde descargar los huesos y el malestar de una semana que apenas comenzaba. Me entretuve con un vendedor de helados quien envuelto en su uniforme azul terlenka, a punto del derretimiento, estaba condenado a una bien asegurada muerte ígnea. La señora de los tintos, con sus gordos flotando como vulgares salvavidas bajo la escotada blusa china, contrariando el buen uso de la lógica al vestir; ofrecía con voz culebrera el encanto líquido, espumoso e hirviente a tan solo trescientos pesos en vasos desechables.
Arrastrado por las cadenas del cansancio y el insoportable picoteo del sueño haciendo nido en mis ojos, avanzaba sin prisa por toda la calle real, con la eternidad anudada a mis zapatos, como recogiendo meticuloso a manera de convicto cada segundo camino del patíbulo. Un inaguantable lunes de memoria no grata.
El almuerzo estaba servido: las mismas papas saladas, un arroz ensopado sin máculas de cebolla ni tomate, las tirillas de carne bien adobada y el jugo de mora sin leche. Fue el menú que le escuché gritar a doña Celina al otro lado de la puerta. Había preferido pasar directo a mi habitación, cerrar la ventana contigua al comedor y entregármele desnudo al dios Morfeo, luego de encender el refrescante y endiablado rugido del ventilador marca Primount, único recuerdo de un mal celebrado día del padre.
Toc, toc, toc. Habían sido tres toques. Separados por un espacio indeterminado de tiempo aún persisten en la memoria como el preámbulo de una ópera siniestra. Calculé la distancia a la puerta contando dos pasos y medio; la oscuridad era tan espesa que por un momento creí palpar su algodonada textura.
Abrí. Un aire delicado transportaba el aroma relajante de los mandarinos y se colaba en la habitación como un extraño invasor. Las luces extrañamente apagadas, imaginaba que no eran más de las diez, había aprendido a ubicar a Júpiter en la esfera celeste durante cada época del año sin temor a equivocarme en la medida del tiempo; el ruido de los grillos y las ranas adquirió un nivel insoportable, el silencio inusual que esa noche instauraba su reino de piedra sobre la casa y sobre el barrio -creo también que sobre el pueblo- les dejaba a las criaturas de la noche un espectro envidiable sobre el cual duplicar sus decibeles sin exagerar esfuerzos. Caminé precavido por todo el pasillo. Bordeé el patio principal y pude cerciorarme que la casa estaba completamente despoblada. Me preguntaba entonces quién había golpeado a la puerta con pausada insistencia, como dándole exagerada importancia a un juego sobrenatural de sombras y presencias a punto de comenzar y del cual ya se había declarado ausente.
Golpeé cada la puerta de cada una de las habitaciones que hacían parte del inquilinato. La respuesta siempre la misma: un ronco silencio rebotando en las paredes y duplicándose con los sonidos de la noche.
Busqué la puerta de salida, un matero me hizo trastabillar y por poco perder el equilibrio. Maldije recuperando mi vertical y apurando el paso como ladrón frente a la puerta de escape.
Afuera las cosas no eran diferentes. Era el único habitante de un pueblo fantasma, la nada se había tragado completamente a sus pobladores y en un acto de vulgar misericordia me regalaba su malhadada benevolencia. Sentí la necesidad de sentarme. De un momento a otro un frío intenso fue ganando terreno, el cansancio comenzó a hacer mella y el sueño fue aflojando mi cuerpo hasta dejarlo como una guitarra completamente destemplada, las estrellas comenzaron a parecer más cercanas, el mundo más distante y la noche más arrulladora en su leche de asfalto.

Estaba tomando mi primer café con el desasosiego de una mala noche aún torturándome el pecho cuando entró Mariana, la morena de ojos negros, la que todos en la oficina deseaban sin discreción alguna, su blanco pantalón bien calado dejaba ver claramente sus sensuales líneas dibujadas para deleite de muchos y envidia de otras. Nunca habíamos cruzado palabra por eso recibí con sorpresa y cierto orgullo sus buenos días y su tengo que contarte algo. Además, ¡me estaba tuteando¡
El asombro fue mayor cuando de sus labios se soltó un he soñado contigo.
Necesité más de un minuto para cerciorarme de lo que estaba escuchando. Sus senos a punto de saltar el obstáculo del escote habían dejado de ser una distracción frente al significado que poco a poco adquirían sus palabras. Nos ubicamos en el lugar más discreto que pudimos encontrar no sin antes prepararnos dos tasas de café y ruborizarme al verme descubierto sirviéndole la medida exacta del azúcar que ella prefería, pues eran meses y meses tras la pista no solo de sus cadencias, su esférico trasero, sus senos prominentes sino también desenredando el fino hilo de sus gustos.
Con lujo de detalles narró cada incidente vivido por mí la noche anterior en el inquilinato. En el sueño me había visto caminar a tientas en medio de tanta oscuridad. Vio cuando estuve a punto de caer luego de haber tropezado con una maceta hiriéndome a la altura de la rodilla izquierda. Me produjo espanto no solo la perfecta narración de lo sucedido sino también su exacta apreciación de lo que fueron mis miedos, el terror de una noche vacía y el susto convertido en lágrimas; sentirme desnudado de ese halo omnipotente, que tanto procuraba cultivar en mis más concurridos círculos sociales, un aura de impenetrabilidad que me mostraba fuerte, indócil e inexpugnable se veía desaparecer, y lo peor, frente a ella, dejándome en un estado lamentable de insoportable vergüenza.
Antes de ir a la cama decidí distraerme con un poco de televisión. Calculé la franja más light y ocupé una de las sillas que doña Celina dejaba a disposición de los inquilinos en una especie de sala de estar improvisada con televisor y dispensario de agua, según ella, purificada. Le dije a doña Celina que por favor me alcanzara una cerveza bien helada y la anotara a mi cuenta, quería adormecer mi cerebro entre telenovelas y alcohol. Empezaba el noticiero de las once, ya llevaba cinco latas de cerveza, suficientes para invitarme al juego de las sábanas y declararme esclavo del señor del sueño, cuando sentí una mano posarse sobre mi hombro izquierdo. Era un hombre alto, de abundante cabellera cana, con una barba blanca que le llegaba al pecho; los surcos de su frente eran profundos, delineados con punta roma; sus ojos de un azul triste parecían estar llorando siempre; no tenía boca.
Con sus ojos me indicó la puerta del patio trasero de la casa a lo cual fui diligente. Al abrirla me vi en medio de la plaza de mercado, la gente transitaba con sus canastos llenos de abarrotes, los gritos del comercio viajaban enredados entre el olor a yerbabuena, a albahaca, a sangre y a verduras. Sorprendido quise buscar entre tanta algarabía al extraño hombre sin darme cuenta que estaba completamente desnudo. No encontraba una explicación lógica a lo que me estaba sucediendo. Presuroso y lleno de vergüenza busqué un lugar seguro donde ocultarme de las miradas que inexplicablemente no percataban de mi presencia, lo cual era aún más ilógico. Me sentí invisible, o más bien, era totalmente invisible. Paradójicamente seguía sintiendo vergüenza por mi desnudez, con lo cual me acerqué sigiloso a uno de los puestos de venta de ropa; sustraje, sin que la encargada se diera cuenta, un pantalón y una camisa de tela burda ambos de color negro. Llegué a una de las esquinas donde comienza la venta de pescado, mi reloj marcaba la una de la madrugada cuando una densa nube de moscas vino a mi encuentro en desacato a mi nueva apariencia etérea. Envuelto en un nubarrón de alas pude observar a lo lejos, parado en la esquina opuesta de donde me encontraba, al hombre alto de blanca cabellera. Pude ver claramente sus manos indicándome que me aproximara donde él se encontraba. La ausencia de su boca era tan evidente a lo lejos que por un instante sentí tanto miedo, recordaba esos monstruos siderales que en mis sueños de infante se escondían debajo de la cama para aleccionarme y obligarme a obedecer a mis padres, así que fui acercándome muy lentamente como tanteando mis reflejos ante cualquier movimiento amenazante por parte de éste hombre tan extraño, misterioso y sugestivo quien al verme llegar comenzó a caminar a pasos inalcanzables. Me llevó hasta una casa que daba a las afueras del pueblo, tan humilde en su construcción que a primera vista pensé en algún tipo de invasión o casa de mendigos. Al entrar me indicó con su mano izquierda un catre viejo, con cobijas de lana y de aspecto antihigiénico ubicado justo al lado de la puerta. Sentí necesario recostarme un poco y recuperar algo de energía. No tuve tiempo de observar el interior de la casa pues al apoyar la cabeza sobre lo que parecía una almohada, y cerrar por un segundo los ojos, ya el reloj de mesa anunciaba con su pitido las cinco de la mañana y afuera de la habitación los pasos de doña Celina tomaban posesión de la casa.

Esta vez era yo quien quería hablar con ella.
La esperé en la sala de tintos mientras apuraba un cigarro junto a la ventana. Néstor me hacía el recuento de los últimos acontecimientos en política nacional y cotejaba de paso sesudos comentarios que ante la falta de réplica por mi parte sugirió temas más light y ajustando la correa de su fino pantalón seguido de un brusco movimiento con el cual apuntalaba la camisa bajo la ya prominente y escurrida barriga comenzó a relatar uno a uno sus más sentidas apreciaciones en torno a la manera como se estaban llevando las operaciones básicas en la oficina: el control desmesurado ejercido por el nuevo coordinador, la prepotencia de la niña de los tintos, el estilo rebuscado de otra vez el nuevo coordinador a la hora de dirigirse a los demás como queriendo dejar en claro su alta preparación académica con ese galimatías de verbos y adjetivo indescifrables que a la hora del té no significaban ni querían decir nada; fueron sus últimas palabras antes de decidirme buscarla. Pensaba que no tenía otra opción y entonces la vi pasar rumbo a su cubículo.
El vestido rojo de un increíble tono pegaba muy bien al color de su piel. Sus piernas no llevaban medias veladas, tampoco le eran necesarias, un continente voluptuoso se alzaba erguido sobre dos columnas de ébano desvanecido ocultando un secreto de aguas donde jamás –imaginaba yo- moriría de sed. Contemplé el recurso de un breve cumplido como símbolo de cortesía pero preferí ir al grano y sin perder de vista el provocativo panorama de sus piernas, de su vientre tallado en rojo, intenté preguntar.
Era mi abuelo.
Sus palabras cayeron como piedras.
Ese fue el pueblo donde nací y me crié. Ordenaba con manos temblorosas el paquete de requisiciones que con su visto bueno solucionaban las necesidades básicas de la oficina: papel higiénico, café y azúcar para el tinto, agua aromática, jabón de manos, toallas de papel y de las otras, resmas de oficio y de carta, acetaminofén, etc. Me dijo que su abuelo se había encargado de su crianza y educación pues sus padres habían muerto cuando ella era una bebé de tan solo cuatro meses, un accidente de tránsito sobre la carretera al mar la privó de los cariños y atenciones de su madre, una mulata bien plantada de ojos como los del abuelo; de la protección de su padre, un humilde cartero de amplia sonrisa, hijo único y orgullo de aquel hombre de nívea cabellera y barba exageradamente poblada. El rancho, como ella lo llamaba, quedaba a dos cuadras de lo que había sido alguna vez la casa principal de mercado de su pueblo natal. Los años fueron los encargados de hacer surgir una nueva clase social preocupada más por el toque moderno y la apariencia aséptica de sus construcciones, obligando a la desaparición de aquellos ranchos humildes. Lo poco del dinero logrado había servido para pagar los primeros diez meses de arriendo: un cuarto húmedo y oscuro en uno de los “modernos” edificios construidos en todo el centro del poblado, junto a la Registraduría. El abuelo se había visto obligado a trabajar como celador de un parqueadero mientras ella adelantaba sus estudios en la escuela y posteriormente en el colegio del pueblo. La universidad había sido a otro precio que no quise enterarme pues me urgía develar aquella extraña relación entre mis sueños y su agitado pasado.
El dolor en mi pierna izquierda ponía en duda la naturaleza onírica de aquellas experiencias cuya confusión iba en aumento al escucharla atentamente sin que fuera necesario haber hecho mención alguna de aquel nuevo suceso que ya dudaba en llamarlo sueño. Nuevamente su descripción había sido exacta, hasta se atrevió a decirme que las uñas de mi pie izquierdo estaban manchadas de mora, lo cual pude comprobar al llegar a casa y me hizo ruborizar al extremo pues mi desnudez había tenido un testigo de carne y hueso; y no cualquier testigo.
Las siguientes tres noches fueron idénticas: extraños personajes apareciendo en medio de escenas surrealistas, un golpe aquí, una marca allá que al final terminaba con el reloj sonando a las cinco y mi cuerpo recogiendo una a una la evidencia, no de lo soñado, sino de lo vivido. A la lesión en mi rodilla y las uñas manchadas de mora, se sumó una cortada en la frente, una mordida en la tetilla derecha y un profundo rasguño en el brazo izquierdo.
Afortunadamente empezaba el fin de semana.
Ese viernes al salir de la oficina, pasadas las siete de la noche, preferí recorrer el pueblo en busca de un lugar donde beber. Rehuí la invitación de Néstor pretextando un fuerte dolor de cabeza. Quería embriagarme, enfrentar un nuevo juego tormentoso de episodios fantasmales con el escudo de la inconsciencia etílica.

Alguien llamaba a la puerta. Los golpes parecían retumbar desde lo más profundo de mi cráneo. El reloj marcaba la una de la tarde y doña Celina me avisaba que el almuerzo hace más de media hora estaba servido. La boca me sabía a óxido y el martilleo en mi cabeza cada vez más intenso. Busqué un vaso de agua y apuré dos dolex que en instantes desaparecieron el zapateo entre oreja y oreja. Me confortaba comprobar que no había “soñado”. Al parecer el alcohol volvía a traer la normalidad a mis noches. Al revisar mi cuerpo con alivio pude comprobar que las antiguas marcas se mantenían.
Ese sábado no salí de casa. Estuve releyendo algunas novelas policíacas, de vez en cuando me levantaba a buscar algún canal de TV que alternara mi entretención. No podía olvidar el enigmático rostro del abuelo de Mariana.
Pasadas las doce de la noche, luego de un especial de vida salvaje en el canal 45, busqué mi cama para conciliar el sueño.
El domingo había sido perfecto. Me embargaba una felicidad tan inusual que me levanté bien temprano, busqué mis zapatos deportivos y salí a trotar durante quince minutos. La vida regresaba a su cauce normal y la alegría era más que inmensa.

Hoy el día estuvo otra vez muy pesado, si seguimos así vamos a necesitar pedirle un aumento al jefe, claro que con ese nuevo coordinador las cosas serán a otro precio, como si la oficina fuera de él, mejor vamos y nos tomamos la fría que me despreció el viernes. No podía negarme, Néstor tenía razón, el día estuvo muy agitado, casi sin tiempo para salir a almorzar, en pocas palabras sin tiempo para siquiera un tinto. La música de Leo Dan nos iba relajando y aunque quisiéramos solo una cerveza el ambiente y la charla nos obligaba una nueva pedida. Aunque sea lunes, compañero, lo invito a brindar por ésta vida que sí es la que nos merecemos, lejos de jefes y coordinadorcitos que más parecen dictadorzuelos de pacotilla…ah que Mariana, sí, sí, bien buena… pues por ella también brindemos, compañero, ya sabe, nos ha sabido dejar, cómo no sabe, no, no la trasladaron, la encontraron muerta en el baño del apartamento, dicen que puede ser desde el viernes en la noche o quizá el sábado, a la salud de ella porque estaba muy buena, compañero, yo lo iba a buscar para que fuéramos al entierro pero ni modos, se me pasó por alto… ja ja ja… por su alma bendita que también debe estar bien buena. A su salud, también dije yo, pagamos la cuenta y nos despedimos recordando que la entrada era una hora más temprano.