domingo, 19 de junio de 2011

Caries de colores

Luego de dos semanas de mi llegada comencé a escuchar las primeras señales de vida. Provenían de la habitación de enfrente. Cada vez que necesito salir a comprar una que otra provisión de comida debo recorrer la mitad de un pasillo decorado a lado y lado por figuras rectangulares de colores vivos, distanciadas simétricamente. Según opiniones de mis colegas corresponden a puertas de acceso a cada habitación, que como la mía, hacen parte de la residencia estudiantil. El sólo hecho de estar habitando uno de sus reductos les da a mis colegas una razón argumentativa contundente, difícil de contrariar. Ellos habitan otro edificio, que sólo conozco por fuera, lo cual refuerza mis teorías conspirativas, como extrañamente suelen llamarlas.

Pero a partir de esa noche llegué a creer que mis compañeros tenían razón. Durante la primer semana de estancia me negué a aceptar que aquellas cosas rectangulares, de mayor altura que anchura, fueran puertas de habitaciones normales. Nunca había encontrado en mis recorridos transitorios por ese pasillo un sólo vestigio humano. Es más, creía que aquello no era residencia estudiantil alguna sino una especie de caja gigante de experimentos donde yo era el único conejillo de indias y mis compañeros cumplían a la perfección el papel de cómplices bien remunerados. Pero la tos de mujer sí provenía de lo que ellos llamaban habitación de enfrente. Era un martes, había terminado de cenar lo mismo de siempre: un sandwich de jamón con queso y mantequilla. Pensé que el ruido provenía de la calle. Al cerrar la ventana constaté que no. Abro la puerta, miro a ambos extremos del pasillo. Con sigilo pego mi oreja a la madera fría. Escucho el trasegar de una silla, papeles sobre una mesa seguidos de una incontenible tos de mujer.

Las clases terminaban siempre a las cinco de la tarde. Comencé a inventar excusas con el fin de salir media hora antes. Aumenté la frecuencia de mis escuchas, siempre poniendo un pañuelo entre el frío de la puerta y mis orejas. Le echaba la culpa a la caída en picada de la temperatura, comenzaba noviembre y el invierno estaba cansado de tanto esperar, con lo cual las afecciones respiratorias se ponían al orden del día. Hubo tres noches en las cuales no paró de toser, hasta mis sueños llegó su dolencia terrenal disfrazada de tía, de hermana, de abuela y de bestia mitad humana. Me despertaba asustado para constatar que era ella quien tachonaba de pesadillas los paisajes oníricos al otro lado de mi almohada. Nunca hubo respuesta a los llamados que hice a su puerta. Tan sólo una mezcla de silencio, con ajo y cebolla freída. Olores de un pasillo tapizado en rojo: la perfecta representación de una soledad disfrazada de compañía.

Aunque las diferencias fuesen abismales me vino a la memoria un cuento de Cortázar, comparé mi situación con la del argentino en su habitación de hotel y muchos sentimientos encontrados fueron ganando terreno a la altura del insomnio cuyo picoteo de pájaro nocturno comenzó a desesperarme después de la cuarta noche.

Cinco días sin salir de mi habitación. Había entrado en una completa depresión. Solo me levantaba de la cama al baño, cuando no era para comer cualquier cosa. Envié un email a los coordinadores de la universidad inventando una enfermedad infecto-contagiosa. Justo al borde de una crisis profunda descubro un sobre bajo la puerta.

Como si nos conociéramos tiempo atrás comenzó a hablarme sin parar, además de decir que era rusa de origen polaco, sus abuelos habían abandonado Varsovia cuando las cosas se pusieron calientes a inicios de la primera guerra mundial. Un pariente lejano que vivía a las afueras de Moscú había brindado lo necesario para que apenas se instalaran. Con su español fluido hizo una descripción pormenorizada de su vida en Rusia, de su sueño europeo y de aventurarse a estudiar en Francia. Las mujeres tienen una capacidad de hablar increíble, por eso son más hábiles con los idiomas que los hombres. Aún así, nunca me explicó el por qué de su extraña manera de invitarme a salir. Siempre el mismo tipo de sobre bajo la puerta. La fecha, el lugar y la hora en color rojo. La primera vez lo tomé a broma. Pero estuve frente a Le Grand Café de la Place d’Erlon, 17h30 del martes 14. Tampoco me habló de su afección de garganta ni de sus motivos iniciales para decidir hablarme, solo deslizaba largamente su mano derecha entre la rubia cabellera, mirándome con ojos grandes de diáfana profundidad, llenando el pecho con lentos suspiros mientras me quedaba absorto contemplando su belleza desde el lado opuesto de tanta pregunta.

Nunca me atreví a presentarla a mis demás compañeros. La escondía como se ocultan los calzoncillos rotos. Si bien era hermosa, el papel de tonta le calaba como anillo a vertedero. Intentaba explicarle que en mi clase yo era el único extranjero. Le mentía. Como los franceses adolecen del sentido de la integración, la única compañía para el estudiante extranjero son las máquinas de café. No le mentía. Estuvimos bailando una que otra noche en mi habitación. Aprendió rápido a bailar ritmos latinos. Decía que le encantaba el vallenato, yo lo detestaba. Su presencia comenzaba a fastidiarme. Comencé a negarme. Prefería recordarla como la tos misteriosa tras la puerta de enfrente. Dejé de responder a sus llamados. Añoraba imaginar aquella residencia como la caja gigantesca de experimentos donde la soledad se reproducía como una caries de colores a lado y lado de cada pasillo.

Regresé a mi caparazón. Puse el seguro desde dentro y tiré la llave por la ventana. Ajusté la cortina. Atrapé la oscuridad a las doce del medio día y me enjaulé con la noche.

miércoles, 16 de febrero de 2011

Danzando entre lluvia

foto mía del duoro en Oporto
El cielo golpea mi ventana
se desgrana por el vidrio
dejando un mapa de agua
sin costas, con fronteras empañadas

Ismael Serrano estrangula su guitarra
más allá del Vértigo que pide postales
que atraviesa naufragios e inventa reyes sin corona
entre una revolución de flores y colores

Abajo, vestidos de oscuro, se agilizan
los afanes, chapotea la prisa y
los murciélagos redondos emprenden su vuelo de metal
formando una procesión de desaparecidos

Cada cinco tazas de café me apresuro
a contar gaviotas
a descifrar el gesto de las piedras que se acumulan en mi alma
Esta ciudad cada media hora llora
cada dos segundos gime
cada minuto y medio se deja penetrar por el sexo líquido
que hace mil años serpentea entre sus piernas
Y yo descubriéndole humedades
poniéndole tildes a sus voces sin acento

Oporto huele a sal
a tibio enamoramiento
a caricias bajo la mesa
Pero cuando escarbo en sus encías
recuerdo el beso negro de una Francia que aún me espera.


Oporto - Portugal

jueves, 10 de febrero de 2011

Soliloquios

En el sortilegio de tanta ebria compañía: un juego de copas vacías, vasos rotos y húmedas colillas; se descuelga lentamente, ondula con parsimonia la viciosa serpiente del tabaco. A pulmón vacío un veneno nos alienta. Tantas armas juntas, tantos juegos eternos, tantas cartas imposibles, tantas cuentas sin pagar, tantas sonrisas atascadas al otro lado de la barra. 
El gélido aliento de una puerta, las despedidas amarrando tres monedas; empujar desde adentro y conseguir a cambio una cita sobre el mostrador.
Por qué intentar sobre la herida? Si los dientes aún descuelgan y las agujas retroceden; si el futuro se persigue entre los bolsillos, entre la vieja cartera que huele a hierba y asfalto.
Esta será mi noche, una Charles Quint estrangulándome la sed, el reflejo de la música contra el espejo, un reloj en reversa haciendo estaciones de humo. 
Tanta negra dama habitándome que apago mis estrellas para encenderme solo, para herir de oscuridad cualquier sonrisa que brille. 
Más que un juego de sangre es un pacto de Edades que cada mil años renuevan compromisos húmedos. Para qué tanta carne cuando solo existe sexo? Para qué tanta luz si con la noche basta. Para qué me invitan a romper tanto vidrio si se renuevan los rostros con solo llorarlos. Ahora decido cultivar gatos y tal vez sembrar maullidos entre las comisuras de las sábanas mal lavadas.
Escupir la carne que llevo entre dientes para alimentar los pescaditos del mal aliento. Y al final pensar en tí, en tus caballos verdes, en tus vestidos transparentes y en tu olor a oscura sudada.
Pensar en tí para evitarte, pensar en tí para no soñarte, solamente para tenerte etérea y esfumada.
Porque éres verde, eres droga, éres adios y re-encuentro, un siempre, un jamás, un ayer que huele a lluvia, un mañana que sabe a flores, una historia escrita desde el retrete.


Reims - Francia
Café VOX
Febrero 9 de 2011
8:45pm

martes, 8 de febrero de 2011

Eras

Qué escribir a éstas horas de la madrugada si me ahuyentan los perros, si me escurre sangre congelada, si me parece que el aire tiene filo, si las sombras son portales de infierno, si el frío chupa huesos y lame caries. Todo intento es vano, toda respuesta vana, todo impulso un suplicio y una forma de acomodar la soga al cuello. Pero la sangre bulle, pero el pasado abunda, los ruegos a los dioses alborotan el bosque y nuevamente las piedras escupen llamas, nuevamente la leña atrae los rostros de los viejos. Nuevamente soy yo entre la selva conquistando leopardos con dedos abiertos, estrangulando leones a brazo limpio, amordazando anacondas entre las piernas y apagando el incendio de la tarde con mi sexo en las hojas, con mi sexo entre el agua, con mi sexo a la altura de los dioses. Derrumbo tu imperio, derrumbo tus ruinas, derrumbo tu historia y hago fiesta con tus cenizas. Adelanto el encuentro de tus dioses con los míos y convertimos mi lucha en tu derrota, mi afrenta en tu mejilla, mi silencio con tu olvido.


Reims - Francia

sábado, 5 de febrero de 2011

Cabejuego

Muestro mis mejores cartas. Un turno que no me pertenece mientras dos tragos de ginebra cercenan la garganta. El reloj se resiste al paso del tiempo. Intento en vano secar el sudor que me baña. El arma sobre la mesa. Todos se apartan mientras observo el botón de muerte en mi  frente y sin decir nada también me marcho.












Reims - Francia

lunes, 29 de noviembre de 2010

Blanca presencia

Foto Ili
Nuevamente tú
Blanca Mujer
Conquistándome los huesos
Arrebatándome el aliento
Llenando los tejados
con tu leche
Retratando gatos
sin importar la ventana
Coloreándonos el mundo
con tu paleta de grises
Nuevamente tú
Blanca Mujer
Regalándome silencios
cuando los días son cortos
Regalándome tu música
cuando la noche es larga
Y reventándome el alma
cuando adentro ya no escampa.

viernes, 29 de octubre de 2010

Otoembre

Octubre desnudó más de un árbol
Puso encaje gris en su ropa interior
Nos apretó la entrepierna
con sus labios de invierno
Y buscó entre cobijas
darle humedad al sueño
Lamentable los gatos
congelados del tejado
Lamentable mi sexo
reprimido siendo enero
Volverá el tiempo de las golondrinas
blancas,
de los perros sin lengua
con caries en el alma
Volverá Octubre y extrañaremos
diciembre aunque nos digan que es jueves.

Rememorando en despedida

Fuente: Fotos de Facebook Carlos Mantilla y Odilio Blanco fueron compañeros de colegio y, para nuestro dolor e infortunio, víctimas mortales...