martes, 10 de febrero de 2009

Hotel Pekín - Santiago Gamboa

Si bien es la obra más reciente del escritor colombiano Santiago Gamboa, es la que menos me ha impactado. Luego de haber leído Páginas de Vuelta -su ópera prima- Los Impostores y El Síndrome de Ulises -la cual considero, de todas las que me he bebido, la mejor- Hotel Pekín es como esa modorra intelectual con la cual muchos escritores se toman un año sabátido.
Narra la historia de un colombiano, Frank Michalski, residente de los Estados Unidos quien junto con su esposa han soñado toda la vida convertirsen en verdaderos americanos. Frank trabaja para una empresa cuya misión estratégica es la de impulsar las "bondades" neoliberales del capitalismo en tierras socialistas. China es el país elegido, y nadie mejor para Enhancing The Future que éste avergonzado colombiano. Su próvida experiencia ha sido siempre garantía de éxito, una razón más para justificar su distanciamiento atávico, pues en las altas esferas del empresarismo globalizado los colombianos no triunfan, trampean.
En su benemérita misión conoce a Bordewich, un periodista desesperado por atrapar el suceso más inaudito en medio de tanta cotidianidad por él desconocida.
Un empresario chino, alumno de sus agobiantes charlas empresariales, se muestra reticente a sus ideas y a la pérfida intención de abandonar su legado ancestral ubicado en las antípodas de la cultura occidental que hoy amenaza no solo a su país sino a su familia, a su mundo. Li Qiang se convierte en un reto y como arma estratégica empieza a demostrarle un interés casi fraterno que con el paso del tiempo, de las cenas familiares, de los lenitivos paseos al campo, va cambiando su forma de ver el mundo, de valorar las relaciones de familia, de interpretar el pasado.
Finalmente, decide solicitarle a su empresa un año sabático. Descubre la farsa de sus postulados, los cuales consideraba imbatibles y decide darle un nuevo rumbo a su vida, la cual patinaba por rumbos equivocados.

La historia es lineal y por momentos pareciera convertirse en una Ética Empresarial para Amador o en un Derecho a la Ternura Empresarial. Desconoce uno por momentos a ese Santiago Gamboa del Síndrome de Ulises donde apegado a los personajes anti-héroes trata al fracaso no solo como una forma de vida sino también como un estado al cual se desea llegar.
Punto importante es la falta de identidad nacional con la cual el protagonista asume una nueva nacionalidad artificiosa, el odio demostrado hacia un país que huele y sabe a mierda: una afilada arista sicológica de aquellos exiliados que anhelan nunca jamás volver -a diferencia de Ulises-.
Solo espero que Santiago termine pronto su año sabático y nos sorprenda con sus historias llenas de vericuetos, de espinas sicológicas y de álgidos destinos.

6 comentarios:

brenda abril silva dijo...

fuerte pero interesante reseña...
viniendo de tí... muy objetiva.

Anónimo dijo...

Concuerdo en esta ocasion con Alkaviedes...Hasta ahora la mejor novela que he leido de Santiago Gamboa es sin lugar a dudas El Sindrome de Ulises...que pornografia en prosa tan exquisita...seguimos a la espera

Carlos Augusto Pereyra Martínez dijo...

No nay más qué decir. Santiago Gamboa se la jugó toda en El síndrome de Ulises, aunque Los Imposterores nos dio una lección de humor, y de burla contra las novelas de detectives o eso que ahora llaman de investigadores.
Saludos

S E B A S T I A N G O M E Z dijo...

Un lector [común] herido: a propósito de la novela Hotel Pekín de Santiago Gamboa.
Por: Sebas
Ya son varios quienes están de acuerdo con la metáfora aquella de las estatuas y las palomas para referirse a los críticos de arte, entendiendo el arte como alguna creación humana que exalta los sentidos y despierta la atención al ser apreciada. La literatura es quizás uno de los géneros artísticos que se halla menos inmune a la proliferación de críticas, más aun cuando ser crítico de literatura es una ocupación, por no decir profesión u oficio que goza de cierta reputación en los espacios académicos e informales. Yo no soy nada de eso. Soy un lector común, un simple estudiante de los que todavía gastan plata comprándose libros y que siempre insisten en preguntar por “algún descuento” en las librerías grandes y pequeñas. Es decir, soy un lector de los que importa, de los que dinamizan e inyectan capital al mercado de las letras en las ciudades de América Latina donde las librerías cada vez están más amenazadas con desaparecer, ya por los precios injustos o ya por que leer da sueño y es preferible un videojuego o una película a un libro que se depreciará abismalmente.
Yendo al grano, presento mi gran admiración por el escritor bogotano Santiago Gamboa. He leído casi todas sus obras, exceptuando aquella sobre un afamado y malhablado policía de Colombia. Me encantó El síndrome de Ulises y me fascinó Los impostores, también, leí con avidez Octubre en Pekín y Vida Feliz de un joven llamado Esteban, además Perder es cuestión de método y su novela debut Páginas de vuelta me llamaron bastante la atención. Esteban Hinestroza es de toda mi simpatía, aunque lo es más el peruano Nelson Chouchén Otalora, a quién he creído reconocer en un “santurrón” profesor de literatura, también peruano, que imparte clases en el CIALC de la UNAM, ¿será simple coincidencia?
Me divierten mucho las novelas de Santiago Gamboa, y el tema de la inmigración me parece que es tratado con maestría, pues se muestra a esas personas salidas de sus mundos y relacionándose con otras personas provenientes de mundos ajenos, lo cual termina por proponer caras muy amables de la condición humana: el extrañamiento, la tristeza, la solidaridad, temas que resultan bastante alentadores y conmovedores, logrando así aquello del objetivo artístico de la literatura.
Volviendo al grano, compré (es decir, hice traer de Colombia) Hotel Pekín la última novela de mi querido escritor. Evidentemente me resultó sospechoso aquello de “Pekín”, tal vez por la fiebre olímpica que invadió nuestras atmósferas por estos días, o tal vez porque es Pekín el escenario ya utilizado en dos de sus obras: Octubre en Pekín y Los Impostores. Comprendo que errar es humano y que no hay nada nuevo bajo el sol y que desde el canto de Gilgamesh no se ha innovado en nada en materia de escritura, pero me dio mucha tristeza leer Hotel Pekín. Hubiera preferido al temperamental Suárez Salcedo que al “primermundizado” Frank Michalski (a.k.a. Francisco Munévar) para enfrentarse a la China del siglo XXI. Que tristeza, para mí, Santiago Gamboa se repitió de una manera equívoca.
En la universidad tuve un profesor que decía que la literatura era una convención, que al abrir un libro todo lo que pasara allí era verdad, sin importar que fuera verosímil o no (como en el cine cuando se apagan las luces). Pero pues está bien leer y enterarse de que hay gente (personajes de los libros, gente al fin y al cabo) que vomita conejos o gente que nace con cola de marrano o gente que lleva una vida marital con un simio en la selva amazónica, pero no creo que esté muy bien leer y creer lo que le pasa a Francisco Munévar que es un colombiano radicado en New York, nacionalizado estadounidense bajo el nombre de Frank Michalski, que vive en un apartamento en Tribecca -lugar ultra fashion y cosmopolita de Manhattan-, que viaja a Pekín, que es un ejecutivo exitoso como muchos neoyorquinos, que conoce a un discreto magnate chino quien lo invita a su casa a tomarse algo y le ofrece una cerveza Tsing Tao y Michalski responde sorprendido: -¿Cerveza China?, eso sí que nunca lo he probado. ¡Por Dios, Jehová, Alá, Shiva y Buda! ¿Qué neoyorquino en edad de consumir alcohol, es decir, mayor de 21 años, no conoce una cerveza Tsing Tao? (pp. 100 – 101) ¿Qué neoyorquino no ha pasado por China Town (sur de Manhattan) y ha decidido acompañar un Chow Mein o un simple Chow Fan con una Tsing Tao, que además de ser grande es barata?. Eso le pasará a un turista desprevenido o a un amigo y coterráneo mío, jugador tercermundista de ping-pong que fue a China a disputar un torneo o algo parecido, ¿pero a un neoyorquino?, ¡no! Es más, hasta en los restaurantes neoyorquinos de cocina “chino-criolla”, de cocina peruana-china, “fusión” para ser más sofisticados sirven Tsing Tao y bien fría, o si es de su gusto una Cusqueña. Hasta en el barrio chino de la ciudad de México se sirve Tsing Tao, y fue esa misma Tsing Tao la que patrocinó el desfile del año nuevo chino (año de la rata) en el Distrito Federal. ¿No será igual en New York donde uno además de ver vallas promocionales de Tsing Tao, ve publicidad de la turca Efes o de la dominicana Presidente, por no mencionar Corona, Peroni y Guinness?
Además, ay Santiago Gamboa, que errorcitos tan pequeños pero que saltan a la vista de un lector desprevenido como yo, un lector que nunca se ha terminado Ana Karenina “por falta de tiempo”. Cómo se te ocurre poner en boca de otra colombiana primermundizada, Patricia Durán (a.k.a. Pat Donovan), ex esposa de Michalski la afirmación de que la bandera de los Estados Unidos está compuesta por líneas “azules y rojas”(p. 125). ¿no serán trece barras entre rojas y blancas más un recuadro azul con cincuenta estrellas?, o ¿será que Pat Donovan no está lo suficientemente afectada por el imperialismo, contrario a mi, quien escribe, que sí lo estoy? Somos humanos, y nos equivocamos, a veces la amnesia nos embarga y nos repetimos, pero podemos ser más sagaces y evitarlo, cosa que no ocurrió en la página 119 de Hotel Pekín cuando Michalski entra a los “bajos de un lujoso hotel” que era de “música tropical Caribe” donde “creyó soñar con los ojos abiertos al escuchar a Fruko y sus Tesos”, cualquier parecido con un pasaje de Los Impostores donde en otro bar de Pekín hay una orquesta de salsa compuesta por músicos colombianos es pura coincidencia. Pura coincidencia es también el hecho de que Michalski cruce la mirada con una rubia “que lo miraba con insitencia”, una prostituta rusa que también aparece como personaje común en Los Impostores, “proletaria del amor”, como la llama graciosamente Omaira la cubana, “proletaria del amor” como se le llama a la prostituta, esta vez en Bogotá en Perder es cuestión de método, en fin, prostituta rusa que pasa una inolvidable noche de pasión con el simpático cholo-chino Chouchén Otalora. Solo le faltó decir que se llamaba Irina, exactamente igual a la muchacha de Moldavia que aparece en El Síndrome de Ulises. ¿Repeticiones o simples coincidencias?
Soy un lector [común] herido, quisiera ser el Cóndor Herido de la canción del Cacique de la Junta, pero no, soy una paloma herida de una pedrada que se posa en una escultura creada por un colombiano en la Pekín de nuestros días. No soy crítico de nada, ni siquiera crítico de mí mismo, tal vez soy criticón, que es diferente. Pero no suelo criticar mucho, quizás uno solo critica lo que le interesa. Mejor me quedo callado, es la 1:10 A.M. y ya estoy padeciendo los tres males: frío, sueño y hambre.

Octavio dijo...

Alquien puede decirme en qué librería virtual puedo comprar este libro?

Jorge Ramiro dijo...

La literatura me interesa mucho y por eso suelo buscar datos de nuevos autores que publican varias novelas. Muchas veces que estoy por trabajo en los hoteles en capital federal, aprovecho para leer nuevas cosas