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lunes, 15 de junio de 2009

Il y a longtemps que je t'aime (Hace tiempo que te amo) - 2008

Ópera prima del escritor francés Philippe Claudel, basada en una novela de su autoría, que muestra el pasado como un lastre ineludible atado a la existencia del hombre. En un imponente papel protagónico, la actriz británica Kristin Scott Thomas, representa a Juliette, ex-convicta, quien luego de 15 años tras las rejas se re-encuentra con su hermana Léa (Elsa Zylberstein). Ambas hermanas apenas se conocen, pues además del tiempo, sus padres hicieron lo imposible por borrar el recuerdo de la hermana mayor quien ha caído en desgracia al asesinar a su pequeño Pierre de escasos seis años.

Philippe Claudel, logra que Kristin muestre su potencial actoral, encarnando el desgarramiento solitario de una mujer huidiza, insegura, en ocasiones huraña, que sin pretender acomodar su presente se ve envuelta en una telaraña social difícil de evadir que no solo intenta atraparla sino succionarla al máximo para encontrar en su historia motivos de repudio. Denunciando así la hipócrita intención de reformar, oculta tras una máscara de instituciones que jamás procuran la verdadera resocialización del hombre, todo lo contrario, cuelgan un pasado ignominioso del cual jamás se logra reponer, mucho menos escapar.

A pocos minutos del final se conocen los móviles del crimen y queda planteado otro tema de controversia repudiado por cristianos y católicos: el derecho a morir dignamente.

Un film que gracias a algunos primeros planos junto a la capacidad magistral que tiene Claudel de enseñarnos intrincados rincones de la psicología humana, nos hacen recordar al maestro sueco Ingmar Bergman, y convierten ésta cinta en una obra obligada para los amantes del cine y del buen cine francés. Ganadora del premio BAFTA a la mejor película de habla no inglesa 2008, concedido por la Academia Británica de las Artes Cinematográficas y de Televisión.


viernes, 9 de enero de 2009

Cine francés: Le temps qui reste (2005)

Le temps qui reste o El tiempo que queda (2005), más allá de aventurarme a decir que pertenece al género rosa del cine francés, podría afirmar que es una cinta fascinante que aborda el tema de la muerte con una carnadura tan natural convirtiéndola en demasiado inquietante. Lo inquietante y a la vez fascinante surge en el preciso instante que el llamado de la Blanca Mujer, como la llama Robi Draco, se hace dentro de la certeza del espacio y el tiempo a manera de cita inaplazable e ineludible en un presente muy cercano, porque convergen todas las situaciones imprevisibles ajenas al presupuesto de lo planeado o imaginado. Es en ésta lógica que Romain (Melvil Poupaud), un jóven fotógrafo profesional, habitante de la tan misteriosa, fatigosa y apetecida París del siglo XXI, drogadicto y prepotente, se ve enfrentado a la noticia de padecer un cáncer maligno cuya metástasis hace imposible su sobrevivencia, decidiendo eludir quimioterapia alguna. Pienso que su condición homosexual lo llena de una sensibilidad extrema procurando no hacer de su mal una carga para sus más queridos, de manera contraria, ahondando más sus profundas diferencias y distanciamientos. Sus padres desconocerán el motivo que lo hace divorciarse de Sasha, el joven con el cual comparte lecho hace años, así como también la extraña decisión de abandonar un exitoso viaje de negocios a Japón con el pretexto de tomarse unas necesarias vacaciones, él un incansable artista y profesional. Solo con su abuela (Jeanne Moreau) decide compartir la causa de su auto-exilio. Es un diálogo imprevisible y uno de los poco extensos donde ella pregunta por su elección de confidente y él aduce un motivo de afinidad de quienes tienen la muerte próxima. Ella anuncia su deseo de morir con él, esa noche. Juntos van a la cama y ella lo consuela mientras duerme desnuda, algo que sorprende pero no deja de justificarse luego de saberse que tras la muerte del abuelo, su esposo, ha encontrado en la promiscuidad sexual su única tabla de salvación. Al otro día se despiden con un si nos hubiéramos conocido antes tal vez nos hubiésemos casado que vuelve a sorprender.

Prefiere vivir su propio infierno en soledad pero aún así hay algo en él que resiste a morir: cede, luego de un rechazo inicial, a la propuesta de una joven pareja de acostarse con la esposa ante la estirilidad del marido, algo poco creíble para ésta época de avanzados adelantos científicos en ciencia reproductiva.

Con su cámara fotográfica dispara en distintas direcciones como queriendo atrapar, o despedirse de un mundo que empieza a serle ajeno, impropio; su memoria le trae una infancia de complicidad fraterna que extraña y lo lleva a reconciliarse con su hermana de una manera no tan personal, utilizando su mobil.

Al final, se dirige rumbo al mar y en una escena hermosa, donde el sol cae y él va quedando sólo recostado en la playa de perfil al sangrante horizonte, se construye una metáfora bien lograda de la muerte que algunos interpretan como un tributo del director François Ozon a Luchino Visconti en su Muerte a Venezia (1971) (Cinema de perra gorda, Rodríguez Chico).

Un film digno de ver, analizar y disentir.

miércoles, 4 de mayo de 2005

JEAN-LUC GODARD Y EL PROCESO KAFKIANO

Siempre que de cine francés alguien anota una invitación o una simple referencia, los sentidos se me llenan de una ansiedad que bien pudiera compararla con ese deseo inexplicable de leer, escribir un poema, arriesgarme a abrir la rosa peligrosa de la literatura en el pecho. Porque justo en la pestaña del abismo hay un silencio de artista pronto a empujar, obligando a renovar la eterna experiencia de la muerte repetida. Ése es el cine francés, para mí.
Aunque El Proceso de Kafka haya tomado unos buenos años de distancia, a la fecha en que abordé con insomnio y bulimia sus laberínticas páginas, no fue difícil encontrarme de nuevo recorriendo –ésta vez no con los ojos de la imaginación– el dédalo oscuro de pasillos sin salida y puertas sospechosas, de la mano diestra de un autor oscuro y su personaje trágico. Estaba sentado frente a la pared blanquecina de la improvisada pantalla de cine en la Escuela de Fotografía Sur, en Bucaramanga. La película: Alphaville. Del director francés Jean-Luc Godard. Magistral filme del año 1965 que narra la historia de un espía, Lemmy Caution, interpretado por el actor Eddie Constantina, quien llega a Alphaville, una visión futurista de París, guiado además, de los avisos luminosos donde claramente lee “Bienvenidos a Alphaville: Ciencia, Lógica, Seguridad, Prudencia”, por la misión de descubrir el destino de su compañero, agente Henry Dickson, sabotear Alpha 60, la supercomputadora que controla Alphaville, y asesinar al creador de Alpha 60, el profesor Leonard Von Braun (llamado en el mundo exterior Leonard Nosferatu e interpretado por Howard Vernon).
La visión que Godard ofrece de los habitantes de tan extraña ciudad, es la visión a presente de un mundo lleno de hombres y mujeres gobernados por las máquinas, las computadoras y la tecnología; de seres apoltronados en nichos académicos sujetos al conformismo de un status quo ofrecido en últimas por un poder político, militar o económico, centrado en cosas tan abyectas como una máquina o una mente inferior –pero tan igual a las suyas– que a cambio de una tranquila manducación les exige lealtad servil y canina. Donde no existen seres humanos, a pesar de los hombres, y donde es ejecutado a balazo limpio todo aquel sorprendido en la praxis de la extinta naturaleza humana, pues son vistos como actos ilógicos y punibles el llorar ante la muerte o desaparición del otro, así como el amar y el pensar libremente. Una ciudad donde se prohíbe la emoción y se condena a los poetas que, siendo capaces de convertir la noche en día a través de peligrosas y prohibidas palabras, ponen en riesgo la estabilidad de Alphaville 60, haciéndole el juego a los extraños seres del mundo exterior y transgrediendo el mecánico orden establecido. La automatización del hombre, a través de la máquina, llega hasta el inaudito de la clasificación a criterio de su función operacional dentro y fuera de ésta fría sociedad.
A través de una alegoría de ciencia-ficción, Godard nos muestra su problema existencial. La pasión por las mujeres hace que cada toma sobre la actriz Anna Karina (su esposa) en el papel de Natascha Braun, hija de Von Braun, más que tomas cinematográficas sean caricias oculares que el lector de cine puede palpar y hasta soñar. Alphaville es una experiencia a nivel formal, ya por el empleo del plano-secuencia, de amplios movimientos de cámara, del montaje brusco, de la superposición de imágenes y sonidos, de la utilización sistemática de recursos gráficos como letras y anuncios, también es un ensayo en el campo temático que no deja de ser poético, sicológico y social. Aquí de nuevo K. (Lemmy Caution), arrancado de las páginas de El Proceso, es capturado, procesado, y sentenciado, no sin antes sufrir el racional interrogatorio de El Jurado (Alpha 60) quien con sus 14 billones de centros nerviosos además de vigilar y condenar a los no-conformistas, desarrolla conferencias obscuras en semántica, metafísica, teoría económica, y demás. Kafka (Godard), tan metafísico como semántico, estrangula el arte de sufrir y vivifica la muerte en manos de lo desconocido, casi infranqueable, pero absoluto. Intenta recuperar lo irrecuperable a través de un Gregorio Samsa o de un señor K., que maltrechos procuran el amor o en última instancia, agotadas las posibilidades, la compasión de la mirada humana. Pero si lo humano está al otro lado de la orilla, entonces quedan los poetas para salvar al mundo y devolverle a Natascha Braun su escondida, pero no olvidada naturaleza cuando amaba y lloraba y humanamente existía. Es ahí donde la metaforización del silencio se hace palabra y las palabras representan sentimientos que sulfatan cableados electrónicos y hacen de Lemmy Caution el héroe que salva amando, a Natasha y al mundo.
Por eso, siempre regreso a casa con un cigarro en el aliento, un libro en la penumbra del sueño y una imagen de París a contraluz.

Rememorando en despedida

Fuente: Fotos de Facebook Carlos Mantilla y Odilio Blanco fueron compañeros de colegio y, para nuestro dolor e infortunio, víctimas mortales...