viernes, 9 de enero de 2009

Cine francés: Le temps qui reste (2005)

Le temps qui reste o El tiempo que queda (2005), más allá de aventurarme a decir que pertenece al género rosa del cine francés, podría afirmar que es una cinta fascinante que aborda el tema de la muerte con una carnadura tan natural convirtiéndola en demasiado inquietante. Lo inquietante y a la vez fascinante surge en el preciso instante que el llamado de la Blanca Mujer, como la llama Robi Draco, se hace dentro de la certeza del espacio y el tiempo a manera de cita inaplazable e ineludible en un presente muy cercano, porque convergen todas las situaciones imprevisibles ajenas al presupuesto de lo planeado o imaginado. Es en ésta lógica que Romain (Melvil Poupaud), un jóven fotógrafo profesional, habitante de la tan misteriosa, fatigosa y apetecida París del siglo XXI, drogadicto y prepotente, se ve enfrentado a la noticia de padecer un cáncer maligno cuya metástasis hace imposible su sobrevivencia, decidiendo eludir quimioterapia alguna. Pienso que su condición homosexual lo llena de una sensibilidad extrema procurando no hacer de su mal una carga para sus más queridos, de manera contraria, ahondando más sus profundas diferencias y distanciamientos. Sus padres desconocerán el motivo que lo hace divorciarse de Sasha, el joven con el cual comparte lecho hace años, así como también la extraña decisión de abandonar un exitoso viaje de negocios a Japón con el pretexto de tomarse unas necesarias vacaciones, él un incansable artista y profesional. Solo con su abuela (Jeanne Moreau) decide compartir la causa de su auto-exilio. Es un diálogo imprevisible y uno de los poco extensos donde ella pregunta por su elección de confidente y él aduce un motivo de afinidad de quienes tienen la muerte próxima. Ella anuncia su deseo de morir con él, esa noche. Juntos van a la cama y ella lo consuela mientras duerme desnuda, algo que sorprende pero no deja de justificarse luego de saberse que tras la muerte del abuelo, su esposo, ha encontrado en la promiscuidad sexual su única tabla de salvación. Al otro día se despiden con un si nos hubiéramos conocido antes tal vez nos hubiésemos casado que vuelve a sorprender.

Prefiere vivir su propio infierno en soledad pero aún así hay algo en él que resiste a morir: cede, luego de un rechazo inicial, a la propuesta de una joven pareja de acostarse con la esposa ante la estirilidad del marido, algo poco creíble para ésta época de avanzados adelantos científicos en ciencia reproductiva.

Con su cámara fotográfica dispara en distintas direcciones como queriendo atrapar, o despedirse de un mundo que empieza a serle ajeno, impropio; su memoria le trae una infancia de complicidad fraterna que extraña y lo lleva a reconciliarse con su hermana de una manera no tan personal, utilizando su mobil.

Al final, se dirige rumbo al mar y en una escena hermosa, donde el sol cae y él va quedando sólo recostado en la playa de perfil al sangrante horizonte, se construye una metáfora bien lograda de la muerte que algunos interpretan como un tributo del director François Ozon a Luchino Visconti en su Muerte a Venezia (1971) (Cinema de perra gorda, Rodríguez Chico).

Un film digno de ver, analizar y disentir.

1 comentario:

Carlos Augusto Pereyra Martínez dijo...

ESta película con la Moureau, ya es signo del buen cine francés. FRancia, se ha disntinguido por hacer la filmografía, antes que un comercio un arte, por eso, cuando EStados Unidos le pidió cuotas para la exhibición en las salas del cine americano, los franceses, como en un mayo 68 cinematográfico, se volcaron a las calles, para salvar su cine, y no permitir que el cine de espectáculo y tecología de USa, cagara las salas francesas, por las que Chabrol Godard, han puesto un toque de arte, a un género que elos americanos han pedestralizado