miércoles, 4 de mayo de 2005

JEAN-LUC GODARD Y EL PROCESO KAFKIANO

Siempre que de cine francés alguien anota una invitación o una simple referencia, los sentidos se me llenan de una ansiedad que bien pudiera compararla con ese deseo inexplicable de leer, escribir un poema, arriesgarme a abrir la rosa peligrosa de la literatura en el pecho. Porque justo en la pestaña del abismo hay un silencio de artista pronto a empujar, obligando a renovar la eterna experiencia de la muerte repetida. Ése es el cine francés, para mí.
Aunque El Proceso de Kafka haya tomado unos buenos años de distancia, a la fecha en que abordé con insomnio y bulimia sus laberínticas páginas, no fue difícil encontrarme de nuevo recorriendo –ésta vez no con los ojos de la imaginación– el dédalo oscuro de pasillos sin salida y puertas sospechosas, de la mano diestra de un autor oscuro y su personaje trágico. Estaba sentado frente a la pared blanquecina de la improvisada pantalla de cine en la Escuela de Fotografía Sur, en Bucaramanga. La película: Alphaville. Del director francés Jean-Luc Godard. Magistral filme del año 1965 que narra la historia de un espía, Lemmy Caution, interpretado por el actor Eddie Constantina, quien llega a Alphaville, una visión futurista de París, guiado además, de los avisos luminosos donde claramente lee “Bienvenidos a Alphaville: Ciencia, Lógica, Seguridad, Prudencia”, por la misión de descubrir el destino de su compañero, agente Henry Dickson, sabotear Alpha 60, la supercomputadora que controla Alphaville, y asesinar al creador de Alpha 60, el profesor Leonard Von Braun (llamado en el mundo exterior Leonard Nosferatu e interpretado por Howard Vernon).
La visión que Godard ofrece de los habitantes de tan extraña ciudad, es la visión a presente de un mundo lleno de hombres y mujeres gobernados por las máquinas, las computadoras y la tecnología; de seres apoltronados en nichos académicos sujetos al conformismo de un status quo ofrecido en últimas por un poder político, militar o económico, centrado en cosas tan abyectas como una máquina o una mente inferior –pero tan igual a las suyas– que a cambio de una tranquila manducación les exige lealtad servil y canina. Donde no existen seres humanos, a pesar de los hombres, y donde es ejecutado a balazo limpio todo aquel sorprendido en la praxis de la extinta naturaleza humana, pues son vistos como actos ilógicos y punibles el llorar ante la muerte o desaparición del otro, así como el amar y el pensar libremente. Una ciudad donde se prohíbe la emoción y se condena a los poetas que, siendo capaces de convertir la noche en día a través de peligrosas y prohibidas palabras, ponen en riesgo la estabilidad de Alphaville 60, haciéndole el juego a los extraños seres del mundo exterior y transgrediendo el mecánico orden establecido. La automatización del hombre, a través de la máquina, llega hasta el inaudito de la clasificación a criterio de su función operacional dentro y fuera de ésta fría sociedad.
A través de una alegoría de ciencia-ficción, Godard nos muestra su problema existencial. La pasión por las mujeres hace que cada toma sobre la actriz Anna Karina (su esposa) en el papel de Natascha Braun, hija de Von Braun, más que tomas cinematográficas sean caricias oculares que el lector de cine puede palpar y hasta soñar. Alphaville es una experiencia a nivel formal, ya por el empleo del plano-secuencia, de amplios movimientos de cámara, del montaje brusco, de la superposición de imágenes y sonidos, de la utilización sistemática de recursos gráficos como letras y anuncios, también es un ensayo en el campo temático que no deja de ser poético, sicológico y social. Aquí de nuevo K. (Lemmy Caution), arrancado de las páginas de El Proceso, es capturado, procesado, y sentenciado, no sin antes sufrir el racional interrogatorio de El Jurado (Alpha 60) quien con sus 14 billones de centros nerviosos además de vigilar y condenar a los no-conformistas, desarrolla conferencias obscuras en semántica, metafísica, teoría económica, y demás. Kafka (Godard), tan metafísico como semántico, estrangula el arte de sufrir y vivifica la muerte en manos de lo desconocido, casi infranqueable, pero absoluto. Intenta recuperar lo irrecuperable a través de un Gregorio Samsa o de un señor K., que maltrechos procuran el amor o en última instancia, agotadas las posibilidades, la compasión de la mirada humana. Pero si lo humano está al otro lado de la orilla, entonces quedan los poetas para salvar al mundo y devolverle a Natascha Braun su escondida, pero no olvidada naturaleza cuando amaba y lloraba y humanamente existía. Es ahí donde la metaforización del silencio se hace palabra y las palabras representan sentimientos que sulfatan cableados electrónicos y hacen de Lemmy Caution el héroe que salva amando, a Natasha y al mundo.
Por eso, siempre regreso a casa con un cigarro en el aliento, un libro en la penumbra del sueño y una imagen de París a contraluz.

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