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domingo, 15 de febrero de 2009

Mi Primera Vez

A Luis de Azul le encantaba observar el cielo estrellado mientras se masturbaba y pensaba en ella, la misma mujer que desde los trece no le dejaba un instante libre para ocuparse de las cosas normales, propias de un joven a su edad.

Jugar al fútbol, rumbear los viernes en San Peyo, armarle camorra a la patota de la otra esquina, meterle al vicio de lo lindo, chuparle el pico a la cerveza o quizá tirar vagancia entre tanta página porno de Internet o al menos haber intentado una simple charla por el messenger con la pelada más insulsa del colegio hubiera sido un síntoma de su normal estado sicológico en éstos tiempos, aunque nadie descarta el sexo “manual” como la prueba reina de la madurez a los quince, Luis de Azul era una de esas especies raras que todo el mundo evita con la mayor desconfianza y la menor simpatía.

Nadie sabía su verdadera historia.

La gaseosa se había acabado, doña Eva no tenía tiempo para ir a la tienda, a pesar de ser mínimos los invitados a la pequeña reunión, el qué- hacer no era bien poco; los pasabocas, la música, el ponqué y la champaña exigían más de dos manos tan ágiles y prontas como las suyas. Nina quiso ayudar pero si el agasajado colaborara más no tendría por qué importunar a una invitada con los afanes del pequeño convite. Así que, allá encima de la nevera hay unas cuantas monedas, la tienda no ha cerrado, traiga dos gaseosas tres litros que con eso sobra y basta.

Pero sí estaba cerrada. Miró hacia el otro extremo de la calle y se aventuró con la noche y la oscuridad. No había avanzado más de tres cuadras cuando escuchó uno quejidos muy lastimeros. La curiosidad fue más poderosa que el miedo y se aproximó a una casa de puertas verdes y ventanas oxidadas. Un hombre moreno, alto y musculoso blandía un cuchillo, con la otra mano sujetaba a una mujer bajita, rubia, de tez blanca. La mujer luchaba por librarse del alcance del cuchillo, intentaba echar hacia atrás una y otra vez su cuerpo evitando los lances mortales. Era una lucha asimétrica que muy pronto se inclinó a favor del hombre moreno quien logró sujetar ambas manos de la mujer con una sola. Echó su cuerpo sobre la frágil estructura de la rubia, colocó luego una rodilla sobre su garganta y lentamente empezó a asfixiarla controlando los tiempos a manera de tortura.

Los grillos y las ranas se silenciaron dando paso al ruido del cuchillo penetrando la piel templada y hundiéndose en la carne una y otra vez. El vientre agujereado de la mujer develó sin pudor las geografías violáceas de su aparato digestivo. El rostro del hombre estaba dibujado con líneas frías, inexpresivas. La rubia cabellera dio paso a una masa espeluznante de sangre. Luis de Azul empezó a sentirse incómodo, una extraña sensación despertaba entre sus pantalones y un fuego de deseos se hacía líquido, explotaba, llegaba para no dejarle nunca libre. Era su primera vez y el inicio de tantas muertes sospechosas.

domingo, 25 de enero de 2009

Deambulando

Hoy domingo. Un día tan insoportable como cualquier festivo que seguido acompaña una noche de bohemia de tragos y de excesos. Salgo a caminar sin destino, simplemente ahuyentado por tanto desprecio hacia los demás, y no sé si también hacia mí mismo. Decido hacerme acompañar de mi navaja.
Doy vuelta a la esquina y me recibe el mismo pordiosero de siempre, un llamado "deshechable" social que al verme se acerca a pedirme una moneda. Con el argumento de "no es pa' malos vicios, profe, sino pa' comer alguito" me adelanta su mano con su desproporcionada sonrisa. Su olor es apestoso. Contengo un poco mi respiración, hago maña y descubro mi navaja. El mendigo se asusta un poco, retrocede y "qué le pasa mi ñerito, no problem parce, no me dé nada sino quiere" y lo persigo y a mitad de cuadra descargo sobre su espalda dos lancetazos que lo dejan tirado en plena 22 en medio de un charco de sangre. No siento lástima y sigo despacio, lento, ojalá me persiguiera la gente, ojalá me persiguiera un policía.
La mañana solitaria, la gente apenas despierta. Necesito limpiar mis manos, la sangre es escándalo siempre. La tienda ya está abierta y la señora de apariencia bonachona acepta con recelo mi educada petición. Doy vuelta al mostrador y encuentro el orinal. Descargo mi vegija mientras escucho la voz temblorosa de la maldita vieja describiendo el color de mi pantalón, de mi camisa; no es difícil deducir quién está del otro lado de la línea. De un salto me coloco detrás de ella, coloco mi navaja a la altura de su cuello y, convirtiendo su voz achillonada en un ronquido, abro una fuente roja de un solo tajo. Es divertido matar, asesinar se siente bien: la sangre corriendo, los ojos saltones, el grito perdido, la angustia atorada y el dolor que se siente. Es el derecho de nosotros los supremos sobre los malditos parias que el mundo debe eliminar.

Rememorando en despedida

Fuente: Fotos de Facebook Carlos Mantilla y Odilio Blanco fueron compañeros de colegio y, para nuestro dolor e infortunio, víctimas mortales...