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sábado, 31 de enero de 2009

Carpe Diem

Aquella noche nos colamos en un bar de rock llamado Carpe Diem. El dueño, de nombre literario Victor Hugo, nos atendió de modo diligente. Llegó la hora de la poesía y la cerveza acompañó el ritual de la palabra, el licor no paraba de manar, el dinero no era problema. Sugerimos apagar la luz y hacernos acompañar de unas cuantas velas. El rock se fue al suspenso y la magia de los versos y el licor comenzaron a hacer efecto. Los pocos clientes se acercaron a la mesa con más curiosidad que gusto, algunos no aceptaban la intempestiva interrupción de "Smells Like Teen Spirit". Avanzó la noche y se hizo necesario partir. Empezamos a deambular por las calles como queriendo emular a los vates malditos de finales del siglo XIX.
El sitio estaba lleno de humo, la música: la de siempre. Las parejas inundaban la pista y otras mujeres ocupaban el lado derecho a la espera de clientes. Nos sentamos y llamamos a dos. Una se acercó y le presentamos a Camilo, ella desafiante le plasmó un beso en la boca, tal vez esa pose de niño indefenso la motivó muy a pesar de su gabán beis y sus gafas de intelectual. Le dijimos que hiciera algo por él y rápidamente subió el pie derecho sobre la silla, casi oprimiéndole el miembro. Llevó su mano izquierda bajo la mini, corrió su calzón y metión en su vagina el cigarrillo que llevaba en la otra mano. Lo introdujo para volverlo a sacar y colocárselo en la boca a Camilo quien resistió asqueado por más que intentamos convencerlo con el ejemplo que le dábamos. Fuimos al baño e intercambiamos dos toques de perica bajo la sospecha de la mujer. Pedimos otras cervezas y luego dedicimos partir. Estuvimos deambulando casi una hora. Llegamos a otro bar, le dije a Alonso que le pagara a la puta por adelantado. Me la llevé a la pieza y no se me paró, el licor y la droga estaban haciendo mella, le dije que me lo chupara pero asustada se negó, tal vez empezó a verme cara de depravado, cosa bien extraña en una gordeta acostumbrada a las desbraguetadas de cualquier camionero.
Continuamos caminando y llegamos a la quince, nos encontramos una pareja de desechables. Alonso los abordó preguntando por más perica, ellos a cambio nos pedían un sorbo de ron; les dijimos que no y empezaron a amenazarnos. Nos arrebataron la botella y le hicieron un corte a Alonso en la cara y otro en el vientre, al ver la sangre Camilo cruzó al otro lado de la vía, paró un taxi el cual en un principio se negó a llevarnos al ver la sangre. Alonso intentaba devolverse a pelear, tuvimos que meterlo casi a la fuerza. Entramos a Urgencias y allí nos despedimos, eran las seis y media de la mañana, había que ir a trabajar en la tarde y un médico amigo de Alonso se haría cargo de él. Al despedirme de Camilo había olvidado decirle que en la noche me llevara a la casa el libro de poesía con las gacetas de la tertulia.

domingo, 25 de enero de 2009

Deambulando

Hoy domingo. Un día tan insoportable como cualquier festivo que seguido acompaña una noche de bohemia de tragos y de excesos. Salgo a caminar sin destino, simplemente ahuyentado por tanto desprecio hacia los demás, y no sé si también hacia mí mismo. Decido hacerme acompañar de mi navaja.
Doy vuelta a la esquina y me recibe el mismo pordiosero de siempre, un llamado "deshechable" social que al verme se acerca a pedirme una moneda. Con el argumento de "no es pa' malos vicios, profe, sino pa' comer alguito" me adelanta su mano con su desproporcionada sonrisa. Su olor es apestoso. Contengo un poco mi respiración, hago maña y descubro mi navaja. El mendigo se asusta un poco, retrocede y "qué le pasa mi ñerito, no problem parce, no me dé nada sino quiere" y lo persigo y a mitad de cuadra descargo sobre su espalda dos lancetazos que lo dejan tirado en plena 22 en medio de un charco de sangre. No siento lástima y sigo despacio, lento, ojalá me persiguiera la gente, ojalá me persiguiera un policía.
La mañana solitaria, la gente apenas despierta. Necesito limpiar mis manos, la sangre es escándalo siempre. La tienda ya está abierta y la señora de apariencia bonachona acepta con recelo mi educada petición. Doy vuelta al mostrador y encuentro el orinal. Descargo mi vegija mientras escucho la voz temblorosa de la maldita vieja describiendo el color de mi pantalón, de mi camisa; no es difícil deducir quién está del otro lado de la línea. De un salto me coloco detrás de ella, coloco mi navaja a la altura de su cuello y, convirtiendo su voz achillonada en un ronquido, abro una fuente roja de un solo tajo. Es divertido matar, asesinar se siente bien: la sangre corriendo, los ojos saltones, el grito perdido, la angustia atorada y el dolor que se siente. Es el derecho de nosotros los supremos sobre los malditos parias que el mundo debe eliminar.

Rememorando en despedida

Fuente: Fotos de Facebook Carlos Mantilla y Odilio Blanco fueron compañeros de colegio y, para nuestro dolor e infortunio, víctimas mortales...