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lunes, 30 de marzo de 2009

A la manera de Omaira


Empecé a desvestirme sin prisa. El reloj marcaba las once de la noche. Había terminado el turno del martes con una tristeza espantosa. Mis compañeros no pudieron seguir ocultándome la trágica noticia que durante una semana hábilmente protegieron detrás de puertas, entre idas al baño y bajo mesas de trabajo, o tal vez nunca quise verdaderamente prestarles atención. Jorge, en un descuido inusual de su lengua, lo había dicho; en ese momento no me importaba nada de lo que hablaban pues era Omaira quien tomaba por asalto el patio trasero de mis preocupaciones y solo dos o tres frases, como apestosas cucarachas, se colaron entre la alcantarilla de mis malos pensamientos, no pararon de revoletear ese día y parte del siguiente.

Omaira se veía divina, a pesar de sus kilos de más había aprendido a besarla y a meneármela sin desdén. El chaquetón negro le sentaba de perlas, llevaba un color hermoso en sus labios que me aceleraba las ganas de chuparle esa jeta en plena calle. El pelo recogido con una moña blanca y sus dos pendientes plateados le daban un toque especial a su cara redonda. Tomamos un taxi porque empezaba a llover. Aquella tarde la ciudad eructaba y apestaba como nunca, me sentía vivir en el mismo culo del mundo, así que sin más miramientos estaba decidido a todo con aquella masa de colesterol arreglada y perfumada para mí. Yo era el máximo conquistador de la provincia más pobre del Nuevo Reino de los Testículos de Jehová. Bajamos del taxi y ella pagó con un billete grande, la cosa pintaba bien. Un hombrecito verde, con cara de chancro, nos llevó por un estrecho pasillo, luego doblamos hacia la ventanilla del recibidor donde una voz enratonada nos atendió tras un vidrio polarizado. Nos sentamos a esperar en una sala pequeña tal como la voz había indicado. Otras dos parejas vigilaban pacientes su turno. La noche comenzaba con un afán libidinoso que como nunca –creo yo- hayan experimentado los dueños de bares, residencias, moteles y demás antros de placer y vendimia corporal. Mientras Omaira se

ajustaba las tetas pasé revista a los cuatro rostros que se plegaban ansiosos y apenados, esquivando el contacto visual ante el miedo de ser reconocidos: tal vez la vecina, tal vez el vecino, de pronto el tendero o el amigo del marido, o la amiga de la esposa; la mujer del frente con sus mechones de colores, su labial rojo y el camisón trasparente me mostraba las pechugas detrás de un sostén también transparente; la otra, que llevaba un traje enterizo color gris, buscando ocultar con elegancia sus afanes terrenales, mostraba un estrato superior y costumbres refinadas; esa manera calmada de ocultar los nervios, el suave movimiento de rodillas dejaban entrever no solo clase, también experiencia en el sano oficio de moteliar los viernes. Para describir a los tipos es suficiente con decir que tenían más pinta dos choferes de camión con palillo entre dientes y pecueca fermentada. Afortunadamente tres habitaciones fueron desocupadas a la vez. La voz nos indicó que mientras llegábamos al cuarto piso las empleadas se encargarían del asunto higiénico. Reclamamos marcialmente las llaves y con una palmada en las nalgas Omaira me motivó a tomar el ascensor. Adentro solo mirábamos los números, el olor a perfume barato por poco me hace vomitar. Buscamos la habitación 412 que estaba al final del pasillo. Una bocanada de límpido y ambientador barato nos recibió al abrir la puerta. Mi verga comenzó a cosquillear, sabía que vendría en mi auxilio, como cualquier Batman, Chapulín o superhéroe enmascarado, así Omaira fuera la más fea gorda de éste podrido planeta.

Omaira había desaparecido por completo de mi vida. No sabía las razones. Llevaba una semana sin saber de ella, tiempo suficiente para darme por vencido y adoptar la idea del abandono. Mil y mil cosas vivía preguntándome, ninguna con respuestas aceptables. Empecé a asistir a los cultos de la iglesia que ella solía frecuentar de lunes a jueves. Salón Del Reino De Los Testigos de Jehová. Un letrero extravagante y chabacano que más de una vez me provocó vomitar, agarrar por el culo al pastor y a la pastora, patearle en la geta al ujier y robarme el diezmo que ellos también robaban.

–No, no ha venido hace más de una semana –le escuché decir al pastor cuando una señora bajita, de tez blanca y cabello ensortijado había preguntado por Omaira, sí, ella, la misma que enseñaba en la escuela dominical. Algo muy raro, ella es muy puntual con su asistencia y su diezmo –había dicho mientras relamía su bigote untado de leche y migas de pan.
Solo pensando en dinero, malditos perros, juegan a ser salvadores del mundo a cambio de billetes y monedas. Me doy vuelta sin despedirme, le doy una patada a la puerta y salgo con el demonio por dentro.

Mientras preparo la comida el televisor eructa los últimos asesinatos, robos y violaciones del día. Los martes se tornan aburridos y deliciosamente lastimeros. Tomo una cerveza y olvido por unos instantes el comentario de Jorge. Mi cabeza no está para tanta mierda, apago el televisor, me dejo habitar por el perfumado silencio que ventila la espesa cabellera de la noche. Ahora, además de Omaira era Jorge, las palabras de Jorge, el cómplice movimiento de ojos, los ritmos intempestivos de las manos, de los brazos, Jorge insistiendo como puta desparchada, ajeno a las necesarias discreciones, incapaz de interpretar mi llegada como el detonante del gris disimulo. Desabrocho mi ropa y me entrego desnudo a la brisa que se cuela por la ventana, siento el hervir helado de la cerveza en mi garganta explotando en universos burbujeantes de placer transitando desde lo amargo, lo sutil y delgado hasta lo inconmensurable, dejando sembrada su huella de inconsciencia por cada uno de los surcos del cerebro. Es una entrega lenta, deliciosa, que me deja liviano como pluma y me acerca sin prisa a fronteras algodonadas y silenciosas donde todo vale, nada pesa, todo llega, solo existo. Es extraña la ausencia de hambre como extraño el peso de la conciencia a pesar de las quince latas de cerveza. Tal vez haya logrado traspasar las fronteras hacia una nueva dimensión y esté coronado por un tipo nuevo de existencia donde el mundo es más blando y los tiempos invertidos me hayan devuelto a aquella habitación, a Omaira temblando en algún rincón, sollozando con el rostro cubierto; completamente desnuda mientras sus gordos se descuelgan como horripilantes bolsas de grasa a lado y lado, por delante, por detrás: un monumento de celulitis y estrías; unos senos perdidos en su desproporción. Gritando por favor no más, soy suya pero no de esa manera, por favor y yo blandiendo la hebilla de mi correa, descargando uno, dos y hasta tres golpes sobre su espalda, sobre sus brazos, buscando su rostro; observando asomarse entre sus piernas ese horrendo molusco de pelos y carne, interpretándose el asco en más golpes, más correazos,

más fuertes jaloneos de cabello que me dejan exánime, rendido, tendido en la cama y Omaira ésta vez encima, devolviéndome uno a uno cada golpe, cada arañazo, cada patada, cada corte de piel, mientras galopa sobre mi sexo siento su grasa resbalar hasta bañarme completamente, abofetea fuerte pero no siento, solo el lento deslizar de la manteca que su piel exhala, el lento discurrir de su tiempo sobre el mío, su forma desproporcionada de respirar semejante a un volcán violento a punto de hacer erupción. Omaira golpea más, sí, cada vez con más violencia, creo perderme en ráfagas oscuras de placer y no sé si dolor, soy ajeno al presente y la bruma es espesa como espeso el sudor de Omaira, siento su sexo succionándome y me envuelve y me cubre y me traga y ya estoy dentro de Omaira, creo estar dentro de ella luego de ser succionado por la fuerza poderosa de su peludo molusco. Aquí no hay tiempo, es un fluir lento del espacio, es un transcurrir silencioso, hay mucha paz, demasiado descanso, nada me duele, solo siento leves punzadas por todo el cuerpo que recorro como haciendo inventario del pasado en mi memoria. Ahora entiendo las palabras de Jorge, su manera tangencial para hacer referencia a un pasado donde yo estuve, donde el espacio recortaba mi existencia y ocupada un lugar en el mundo de ellos, un pasado lleno de intersecciones humanas y blandas monotonías; un pasado extraño para mí, con aristas circulares de difícil interpretación. Un pasado a la manera de Omaira.

(Imagenes encontradas en las siguientes direcciones:
http://www.profundaoscuridad.blogspot.com/
http://blog.pucp.edu.pe/archive/773/2007-12 (Gorda de Botero)
http://dosninyos.lacoctelera.net/posts/index/2)

miércoles, 25 de marzo de 2009

Rascadas asesinas

Comenzaré por decir que fue un miércoles, tipo ocho de la mañana, la resaca comenzaba, me esculcaba empeloto como buscando rastros de borrachera por algún lugar secreto del pellejo cuando de repente un piquetico tan chiquitico a la altura de la tetilla izquierda que sino hubiese sido por la hijuemadre rasquiña no habría caído en cuenta.

Al principio le resté importancia. Busqué los calzoncillos del día anterior al borde de la cama, salí al comedor, abrí la nevera y como lo único que en verdad me interesaba era ahogar la maldita sed y apagar el dolor de cabeza, tuve que levantarme más de tres veces para beberme la jarrada de agua helada, completica, con acetominofén por vez. En una de las vaciadas de vejiga regresé al espejo a repetir el ritual de las ojeras, de la lengua blanca, de la calva incipiente, de los dientes amarillos y de nuevo la rasquiña y el piquetico creciendo al tamaño de una lenteja. Comienzo a inquietarme y a medida que rasco y rasco el piquetico deviene en piquete, el piquete en rotico y el rotico en roto. Por el roto que sigue rascando empiezo a ver la carne viva, no sangra, es raro, pero una sensación de hambre se le despierta a las uñas que exacerbadas comienzan a escabar una, dos, tres y de vuelta tres, dos y una vez más. A cambio de tetilla se abre un pocito de luz a mis entrañas con enredaderas chiquititas de venitas y vasitos, verdes, rojos y rosados; los músculos pueden verse y algo blanco empieza a asomarse entre tímidos jirones de fibra, de nervios, de sangre detenida. Suena el celular, no contesto, no me da la gana, solo hay voluntad para el agua y para rascarme, rascarme es un placer al cual me había negado en ocasiones por etiqueta pues nadie puede evitar que la comezón se levante entre nalgas o en entrepierna, pero muchos sí prohiben en acato al protocolo de la hipócrita apariencia la uña deliciosa entre el culo o los cojones, o siendo más explícitos y menos vergonzosos decir que es la punta del pájaro la que alimenta las delicias de la uña y nos entrega a la excitación del maravilloso comezón genital.

Puedo ver mis intestinos, el estómago trabajando muy a pesar de la escasa materia prima, luego de la borrachera es prohibido comer, por eso veo el movimiento casi estático de esa bolsa gris llena de ácidos digestivos. Nunca pensé que fuera tan maravilloso poder observarse uno mismo las entrañas, esa masa viviente de tripas, hígado, páncreas, corazón y riñones que siguen picando y la uña sigue escarbando con un hambre exagerada de carne y más carne, de hueso y cartílagos. Rasco entre intestinos y sus paredes se destruyen, hiedo a mierda, perdón, estoy hecho de mierda, el hombre es una masa pestilente de mierda; el hígado me rasca, los riñones me rascan, les doy lo que se merecen: uña, más uña; una y otra vez.

Regreso al ritual del espejo y solo veo mis ojos, lo demás nada, entones el derecho me empieza a rascar y siento un placer en un lugar donde debía haber uñas pero solo hay vacío, no hay carne, solo un hueco profundo donde alguna vez ocupó espacio lo que antes fue cuerpo, ahora solo nada.

martes, 24 de marzo de 2009

Dios y el café

Mientras me servía el huevo el pan y el café se me vino la valiente idea de pensar en dios, jehová o yahvé como el hijo mentiroso de la historia humana por ser el gran producto de su propio dios: el hombre. Bueno, pensarán algunos, no será dios el gran mentiroso, será entonces su inventor, pero no, ya que el espíritu santo iluminándome a la hora del huevo el pan y el café me lo ha contado todo con pelos en las señales y señales en el pelo, tendré que denunciar ante los entes competentes el abuso de tanta coma punto seguido y aparte en ese primer capítulo, de la cacareada santa biblia, llamado génesis. La madre de toda la creación, de los seres que nos rodean, asfixian, atraen, condenan y hasta enamoran es la delicada mentira, sí señores, escuchen bien, la mentira es el arte del cual dios se ha servido para hacer de su propia creación el mundo que nos contiene. Dios ha posado de ser el mayor mentiroso del mundo, ya que la verdad no requiere imaginación, la verdad es parca, lineal, aburridamente monógama, es un solo nivel en la escala del pensamiento creativo, si dios es el gran creador se convierte así en el gran mentiroso. La mentira adquiere alto valor cuando pasa soterradamente como verdad ante tanto auditorio abarrotado ya sea de expertos o de ciegos creyentes. Un mentiroso vale más que un predicador de la verdad, el mentiroso desarrolla altas capacidades mentales pues es necesario crear nuevas sinapsis entre neuronas con el fin de tejer astutamente cada hilo, cada rama fibrosa sobre la cual atrapar la imbécil ingenuidad humana. Todo escritor, poeta, cantante o artista de alto vuelo es un mentiroso nato, un ser de otra dimensión con capacidad de embaucar, su poder de vuelo radica en las bien tejidas maniobras de engaño, en esa ausencia bien calculada de cabos sueltos, un maestro por encima de los demás que se vale de hacer cumplir los engaños proféticos de epígonos fácilmente manipulables. Dios no creó el mundo en siete días, días manipuló al mundo en esos siete días, se hizo pasar como el principal arquitecto del universo y es allí donde radica toda su fuerza y su principal admiración artística. Bueno, pero si dios es producto de otro mentiroso entonces ese otro mentiroso estará por encima de él dejándolo en un segundo lugar con lo cual podemos concluir que dios sí existe y para dicha nuestra está en plano inferior al humano pues el hombre es el verdadero dios de éste universo incalculables, sí, es el hombre el verdadero gran creador por ser el verdadero gran mentiroso capaz de crear ese otro mentiroso llamado dios, Jehová, yahvé o como queramos. Adorémonos queridos congéneres somos la raza por excelencia sobre la piel negra de éste cúmulo de galaxias llamado universo, adorémonos y brindemos hasta la ebriedad mientras voy vomito al baño el café, el pan y el huevo.

miércoles, 18 de marzo de 2009

Sólo eso

Cuando las cosas se ponen pesadas lo mejor es recluirse en casa de Felipe. Hoy han llegado más. Algunos vienen armados con navajas otros con fierritos más finos. Mientras tomamos un tinto repasamos la estrategia. Jorge se acerca y me brinda dos pepas raras que me jalo de un solo envío… uffff… se siente y se ve mejor el puto mundo. Alguien comenta de las bajas y crece el rumor de haber perdido más de cuatro. Todos lamentamos la violencia pero gracias a ella podemos vivir, cosas paradójicas pero al fin útiles. Cruzo la puerta que da al comedor y Felipe se acerca, me alcanza con su aliento de humo para decirme tres o cuatro frases poco entendibles, el quemará ha despertado además de los nervios el hambre y la sed y en Felipe las ganas de fumar y fumar. Abro la nevera y sirvo dos vasos de agua helada, le acerco uno a Felipe quien me sigue con su rosario de palabras inteligibles, habla del quemará y me asustan sus ideas. El aire se torna pesado, Jorge acaricia su navaja poniendo su mirada más allá del suelo, veo su rostro sudoroso y los últimos se acercan para hablar con él. No es el mismo de las otras veces, lo sé por su forma de mover las manos mientras las palabras le van saliendo, cuando habla del quemará los ojos se le enconan y las manos no siguen el ritmo de sus pulmones, lo que demuestra una inseguridad antes no vista. Creo que Felipe se ha dado cuenta y me da una palmada en el hombro como queriéndome decir ten calma culicagado. No sé que es más peligroso si la certeza de la muerte o la incertidumbre de sus métodos inesperados. Miro la hora, es la una de la madrugada y el abejorro de voces provenientes de la sala me ponen más nervioso. Muchos comentan que el quemará tendrá una dosis más alta de violencia, que las bajas serán de parte y parte y que su número irá en aumento. Hablo de Mariana conmigo mismo, recorro sus rincones en mi mente y escojo el perfume de su pelo como refugio ante el chubasco de adrenalina que ya empieza a caer torrencialmente sobre todos.

Mariana me ve desde otro lado. Ella es oscura, muy oscura, sobretodo luego del quemará. Suelta su pelo y extiende sus brazos, busco aproximarme, alcanzar la punta de sus dedos pero es lejana su presencia, es lejana su ayuda, son lejanos sus ojos que me miran con dos lágrimas resbalando, con un perfume que se pierde, con un cabello desapareciendo, haciéndose punto impreciso en eso que parece distancia; soy distancia, ella es imposible, el quemará lo ha decidido, no somos más, nadie es más, solo lejanía, solo noche, solo negro, solo eso.

(Imagen de Susana Sil)

viernes, 6 de marzo de 2009

La Angustia de las Almas en Pena (prólogo no oficial)

Confieso que nunca me hubiese gustado convertirme en uno de los tantos personajes con los cuales Carlos Augusto sabe darle respiro y energía a sus cuentos y novelas. Aunque reconozco en él la misma atracción con la cual Cortázar avasallaba al desprevenido lector entre sus huecos de agua que no eran más que un juego fantástico donde el tiempo es transmutado en espacio y el espacio en tiempo, me uniría al clamor popular de las mujeres-personajes-inteligentes que sueñan con un mundo libre de Medinas Reyes, Henries Milleres, Bukowskies y Pereiras.

Efraím Medina Reyes las utiliza en sus novelas para mostrarse más viril, más deseado. Henry Miller recurrió a ellas para romperle las paredes a esa casa de espejos llamada mojigatería. Charles Bukowski descargó en ellas sus más extravagantes sueños eróticos. Carlos Augusto Pereira cruelmente retuerce sus vidas y patea indolente sus destinos: de profesora a puta, de viajante a ladrona, de amante a asesina, de campesina amorosa a espíritu errante, de testigo a víctima, de ávida mujer a lugareña insatisfecha, de esposa deseada a viuda comprometida, de ilusión óptica a evidencia confirmada, de pesadilla inquietante a tragedia ineluctable, de hija abandonada a mujer incestuosa. Es la excusa perfecta para escuchar el grito libertario de las seguidoras del movimiento feminista. Es la excusa perfecta para elevar al pedestal de los mesías el pantalón doble pliegue y las botas vaqueras de la beligerante Florence Thomas, marchar contra el maltrato del personaje femenino en la literatura. ¿Acaso sólo son válidos los derechos de las mujeres con carne y hueso? No, la ficción también debe acatar el mandato constitucional del respeto y el trato digno hacia éstos seres que han sabido engendrar un mundo virtual que también existe.

Terminar ahorcado por “un moñito de seda” no puede ser digno de personaje que se respete, pues o se muere bajo el “viril” rigor de la violencia de un tercero o bajo el andamiaje varonil de explicaciones que justifican al homicida, pero nunca imagino morir por el apretujamiento afeminado de un moñito pintoresco y menos portando un piyama del color y olor de los orines. Esta es una razón más para justificar la pretensión que me ha nacido desde el primer momento que abordé cada uno de los cuentos que hacen parte de La Angustia de las Almas en Pena, pretensión que iré ahondando a lo largo de éste texto que a manera de introducción intentará buscar aliados para ésta “justa” y “noble” causa.

Se necesita ser un personaje carlospereirano de ficción para aducir el infortunado argumento de preferir el cine a tener en cueros, y a entera disposición, el apetecible cuerpecito de la Jennifer López. Me solidarizo con Manuelito, su filósofo de cabecera y levanto mi voz de protesta en defensa de los personajes desposeídos: desposeídos de animalidad y convoco a una gran manifestación en contra de los escritores que atentan contra el libre albedrío de las criaturas de ficción que ellos responsablemente someten a las injusticias de la misma ficción. No imagino malgastar casi más de dos horas de mi lúbrico tiempo con los colores aburridos de un Stanley Kubrick en su Dr. Strangelov, tampoco considero justo desperdiciar las bien torneadas y tonificadas piernas de la López por la trágica historia de Lars Von Trier con su Danzarina en la Oscuridad en el lloriqueante y enmoquecedor papel de la islandesa Björk. Por eso, anteponer al sexo endiablado el fatídico arte, configura otra razón más de justificación a mi pretensión de inaugurar una nueva lucha de clases sin Marx pero conmigo.

Todos somos conscientes que el amor apendeja. Pasar de fiero marinero a nostálgico pescador con un “calzoncito de seda” a manera de paño de lágrimas más que conmover debería incitar a la revuelta. El sonso amor adolescente no solo debería ser extirpado del mundo, también de la literatura, de la ficción. Hay que reclamar una vez más por la dignidad del personaje, rescatarlo del fango inexpugnable donde domina Afrodita: la bobería es sólo de humanos, la tontería el primer escalón, la humanidad el último peldaño: ¡y miren cómo está el mundo! ¡No más Vargas Llosas con sus Rigobertos detenidos por un calzón azuloso entre el tercer y cuarto peldaño de la escalera! ¡No más Carlos Pereiras con Lucayas de marineros apendejados, blandiendo los calzones húmedos de la mujer que nunca regresa!

Ingenuo lector, mi propuesta es que luego de leer a éste autor Piedecuestano con ene años de andar colgado a las palabras de las hojas en blanco y a los gestos de las tablas roídas, se vuelvan válidos los argumentos esgrimidos en los párrafos anteriores y conformemos un sindicato en defensa de los derechos de los Personajes ficticios y en contra de escritores como el de marras ¿Para qué tanta representación trágica si el país que nos toca vivir es el paraíso inevitable donde nada pasa nada llega nadie es todos son? Que nazca el Sindicato Contra Pereirista del Personaje Explotado sin Causa Justificada, por sus iniciales SINCONTRAPEREXCAJU. Propongo como Presidente al alcalde más bruto que haya tenido Piedecuesta, que creo debe ser tarea difícil por la inmensa cantidad. Además, nombrar a la eterna e inmamable Malena como Tesorera, de Revisor Fiscal al burro -inventado por Velandia- que según las malas lenguas parece ser el unicornio azul que se le perdió a Silvio Rodríguez. Si la cuota burocrática alcanza sería inevitable nombrar de Secretario General al bobito Jorge y así organizados luchar por una nueva reivindicación social, una nueva lucha de clases, sin Marx pero conmigo.

lunes, 23 de febrero de 2009

Entrañable

Me senté a esperar que la mujer llegara. Resbalé un trago largo de aguardiente mientras los vallenatos me volvían estúpido e insensible. El dueño del bar me dice con señas que no demora, lo cual aumenta mi malestar y deseo darle en la geta apenas asome las narices. No hay día que las mujeres maltraten mi gusto por la vida, el mundo sería más cómodo si ellas se limitaran a lo que uno las manda, nada más.

Al fin aparece. Levanta su dedo y me invita a subir. Tomo la cajetilla de cigarros de la mesa, voy tras ella con ganas vampirescas; el deseo ha desplazado la ira. Vuelve a sonar Vicente Fernández y siento que nuevamente se despiertan mis ansias de agarrar al puto mundo a patadas.

Un espejo inmenso en el techo, dos afiches grandes de una actriz porno y otro mediano con Brad Pitt semidesnudo. El olor a salitre es insoportable. La cama de cemento y el colchón de algodón. Veo que las sábanas han sido cambiadas recientemente, me siento satisfecho aunque un poco incómodo. Empiezo a desnudarme mientras ella sigue en el baño. El ventilador mitiga el calor pero su ruido es insoportable. Descubro un roto en mis calzoncillos y una marca penosa. Enciendo la radio y sintonizo algo decente. Alguien llama a la puerta, ella ha pedido servicio a la habitación: seis latas de cervezas bien heladas; destapo la mía y me atraganto con un sorbo profundo.

Ella aún no sale y ya voy por la quinta lata, prefiero acabarme la última antes de tocarle a la puerta. Creo que ella aún no está lista, al menos eso me indica el abrir y cerrar del lavamanos. Malditas viejas, así son siempre, cuando más pronto se las necesita se hacen las pendejas. Héctor Lavoe se escucha magnífico, subo todo el volúmen, me importa un culo la demás gente, cojo el teléfono y marco 09, pido más cerveza.

Me despierto y miro el reloj. El sol con sus hilos de polvo le teje a la habitación un ambiente lastimero. Son las ocho de la mañana y siento martillar desde el sótano de mi cráneo, le salen dientes afilados al último residuo de cerveza en mi vientre, el dolor es intenso y el vómito acelera el espasmo. No soporto más y un líquido viscoso asoma por mi boca, exploto en un mar verde que pela la garganta y me dobla hasta el suelo. Empiezan a salir pelos, pedazos de carne; voy hasta el baño y el vómito no para, una oreja se descuelga de mi baba viscosa, la punta de un dedo gordo se atora entre los dientes, escupo, es el dedo anular de ella, casi me atoro con su anillo de fantasía; luego, su pie derecho por poco me asfixia; una a una cada parte de su cuerpo va saliendo de mis entrañas. Es ella a pedacitos, lo peor, tengo que recogerla para no molestar al dueño del bar.

domingo, 15 de febrero de 2009

Mi Primera Vez

A Luis de Azul le encantaba observar el cielo estrellado mientras se masturbaba y pensaba en ella, la misma mujer que desde los trece no le dejaba un instante libre para ocuparse de las cosas normales, propias de un joven a su edad.

Jugar al fútbol, rumbear los viernes en San Peyo, armarle camorra a la patota de la otra esquina, meterle al vicio de lo lindo, chuparle el pico a la cerveza o quizá tirar vagancia entre tanta página porno de Internet o al menos haber intentado una simple charla por el messenger con la pelada más insulsa del colegio hubiera sido un síntoma de su normal estado sicológico en éstos tiempos, aunque nadie descarta el sexo “manual” como la prueba reina de la madurez a los quince, Luis de Azul era una de esas especies raras que todo el mundo evita con la mayor desconfianza y la menor simpatía.

Nadie sabía su verdadera historia.

La gaseosa se había acabado, doña Eva no tenía tiempo para ir a la tienda, a pesar de ser mínimos los invitados a la pequeña reunión, el qué- hacer no era bien poco; los pasabocas, la música, el ponqué y la champaña exigían más de dos manos tan ágiles y prontas como las suyas. Nina quiso ayudar pero si el agasajado colaborara más no tendría por qué importunar a una invitada con los afanes del pequeño convite. Así que, allá encima de la nevera hay unas cuantas monedas, la tienda no ha cerrado, traiga dos gaseosas tres litros que con eso sobra y basta.

Pero sí estaba cerrada. Miró hacia el otro extremo de la calle y se aventuró con la noche y la oscuridad. No había avanzado más de tres cuadras cuando escuchó uno quejidos muy lastimeros. La curiosidad fue más poderosa que el miedo y se aproximó a una casa de puertas verdes y ventanas oxidadas. Un hombre moreno, alto y musculoso blandía un cuchillo, con la otra mano sujetaba a una mujer bajita, rubia, de tez blanca. La mujer luchaba por librarse del alcance del cuchillo, intentaba echar hacia atrás una y otra vez su cuerpo evitando los lances mortales. Era una lucha asimétrica que muy pronto se inclinó a favor del hombre moreno quien logró sujetar ambas manos de la mujer con una sola. Echó su cuerpo sobre la frágil estructura de la rubia, colocó luego una rodilla sobre su garganta y lentamente empezó a asfixiarla controlando los tiempos a manera de tortura.

Los grillos y las ranas se silenciaron dando paso al ruido del cuchillo penetrando la piel templada y hundiéndose en la carne una y otra vez. El vientre agujereado de la mujer develó sin pudor las geografías violáceas de su aparato digestivo. El rostro del hombre estaba dibujado con líneas frías, inexpresivas. La rubia cabellera dio paso a una masa espeluznante de sangre. Luis de Azul empezó a sentirse incómodo, una extraña sensación despertaba entre sus pantalones y un fuego de deseos se hacía líquido, explotaba, llegaba para no dejarle nunca libre. Era su primera vez y el inicio de tantas muertes sospechosas.

sábado, 31 de enero de 2009

Carpe Diem

Aquella noche nos colamos en un bar de rock llamado Carpe Diem. El dueño, de nombre literario Victor Hugo, nos atendió de modo diligente. Llegó la hora de la poesía y la cerveza acompañó el ritual de la palabra, el licor no paraba de manar, el dinero no era problema. Sugerimos apagar la luz y hacernos acompañar de unas cuantas velas. El rock se fue al suspenso y la magia de los versos y el licor comenzaron a hacer efecto. Los pocos clientes se acercaron a la mesa con más curiosidad que gusto, algunos no aceptaban la intempestiva interrupción de "Smells Like Teen Spirit". Avanzó la noche y se hizo necesario partir. Empezamos a deambular por las calles como queriendo emular a los vates malditos de finales del siglo XIX.
El sitio estaba lleno de humo, la música: la de siempre. Las parejas inundaban la pista y otras mujeres ocupaban el lado derecho a la espera de clientes. Nos sentamos y llamamos a dos. Una se acercó y le presentamos a Camilo, ella desafiante le plasmó un beso en la boca, tal vez esa pose de niño indefenso la motivó muy a pesar de su gabán beis y sus gafas de intelectual. Le dijimos que hiciera algo por él y rápidamente subió el pie derecho sobre la silla, casi oprimiéndole el miembro. Llevó su mano izquierda bajo la mini, corrió su calzón y metión en su vagina el cigarrillo que llevaba en la otra mano. Lo introdujo para volverlo a sacar y colocárselo en la boca a Camilo quien resistió asqueado por más que intentamos convencerlo con el ejemplo que le dábamos. Fuimos al baño e intercambiamos dos toques de perica bajo la sospecha de la mujer. Pedimos otras cervezas y luego dedicimos partir. Estuvimos deambulando casi una hora. Llegamos a otro bar, le dije a Alonso que le pagara a la puta por adelantado. Me la llevé a la pieza y no se me paró, el licor y la droga estaban haciendo mella, le dije que me lo chupara pero asustada se negó, tal vez empezó a verme cara de depravado, cosa bien extraña en una gordeta acostumbrada a las desbraguetadas de cualquier camionero.
Continuamos caminando y llegamos a la quince, nos encontramos una pareja de desechables. Alonso los abordó preguntando por más perica, ellos a cambio nos pedían un sorbo de ron; les dijimos que no y empezaron a amenazarnos. Nos arrebataron la botella y le hicieron un corte a Alonso en la cara y otro en el vientre, al ver la sangre Camilo cruzó al otro lado de la vía, paró un taxi el cual en un principio se negó a llevarnos al ver la sangre. Alonso intentaba devolverse a pelear, tuvimos que meterlo casi a la fuerza. Entramos a Urgencias y allí nos despedimos, eran las seis y media de la mañana, había que ir a trabajar en la tarde y un médico amigo de Alonso se haría cargo de él. Al despedirme de Camilo había olvidado decirle que en la noche me llevara a la casa el libro de poesía con las gacetas de la tertulia.

domingo, 25 de enero de 2009

Deambulando

Hoy domingo. Un día tan insoportable como cualquier festivo que seguido acompaña una noche de bohemia de tragos y de excesos. Salgo a caminar sin destino, simplemente ahuyentado por tanto desprecio hacia los demás, y no sé si también hacia mí mismo. Decido hacerme acompañar de mi navaja.
Doy vuelta a la esquina y me recibe el mismo pordiosero de siempre, un llamado "deshechable" social que al verme se acerca a pedirme una moneda. Con el argumento de "no es pa' malos vicios, profe, sino pa' comer alguito" me adelanta su mano con su desproporcionada sonrisa. Su olor es apestoso. Contengo un poco mi respiración, hago maña y descubro mi navaja. El mendigo se asusta un poco, retrocede y "qué le pasa mi ñerito, no problem parce, no me dé nada sino quiere" y lo persigo y a mitad de cuadra descargo sobre su espalda dos lancetazos que lo dejan tirado en plena 22 en medio de un charco de sangre. No siento lástima y sigo despacio, lento, ojalá me persiguiera la gente, ojalá me persiguiera un policía.
La mañana solitaria, la gente apenas despierta. Necesito limpiar mis manos, la sangre es escándalo siempre. La tienda ya está abierta y la señora de apariencia bonachona acepta con recelo mi educada petición. Doy vuelta al mostrador y encuentro el orinal. Descargo mi vegija mientras escucho la voz temblorosa de la maldita vieja describiendo el color de mi pantalón, de mi camisa; no es difícil deducir quién está del otro lado de la línea. De un salto me coloco detrás de ella, coloco mi navaja a la altura de su cuello y, convirtiendo su voz achillonada en un ronquido, abro una fuente roja de un solo tajo. Es divertido matar, asesinar se siente bien: la sangre corriendo, los ojos saltones, el grito perdido, la angustia atorada y el dolor que se siente. Es el derecho de nosotros los supremos sobre los malditos parias que el mundo debe eliminar.

sábado, 10 de enero de 2009

Historia en el espejo

La niña se sentó casi desnuda, contemplándose largo rato en el espejo. A través de la telaraña del vidrio puede ver su rostro triste y el cuervo del espanto asomando por sus ojos. Un hilo de sangre resbala por sus piernas y aunque el ardor es intenso solo piensa en mami y en que hace mucho frío.

Es domingo. Hoy nos vamos de paseo. Camilo, el señor de la camioneta llega temprano, son las siete y todos ya estamos listos. Basta nombrar el Pico del Águila y enseguida el agua rica, calientita, como le gusta a Andresito.

El patio se ha convertido en un infierno para él. Un grupo de hombres toscamente vestidos y demacrados, con el signo de las sombras en el rostro, hacen fila mientras una ansiedad animal asoma de sus braguetas. El grito de dolor es ahogado por el tumulto de voces que hacen respetar un turno.

Son las once y papá no llega. Raro. Nunca demora tanto, más sabiendo que es mi cumpleaños. Mamá no quiso guardarle un pedacito de ponqué. Voy a dejar la puerta abierta sin que mamá se dé cuenta, quiero levantarme cuando llegue y mostrarle las muñecas que tía Sofi y tío Carlos me regalaron. Hoy estuve muy contenta, pero papá faltó.

Los ojos se tornan inquietos. Acarician en silencio la respiración pausada de aquel cuerpo frágil envuelto en un piyama rosa. Tropieza con un oso de peluche, teme hacer ruido. Introduce su mano temblorosa y siente el calorcito de los años tiernos. Afuera alguien llama. Sale presuroso con un temblor que le abruma.

Mamá ve la puerta abiera. Un puño le aprieta el corazón. Se detiene frente a la peinadora observando su reflejo en el espejo. Ve sus lágrimas y a mamá de nuevo corriendo a abrazarla. Un ardor le atraviesa el cuerpo, como aquella vez. Otra vez siente frío.

jueves, 8 de enero de 2009

La angustia de las almas en pena (prólogo oficial)

Pasearse entre los personajes de La Angustia de las Almas en Pena de Carlos Augusto Pereyra Martínez, es hacer un viaje de descubrimientos y reconocimientos. Es descubrir la cara sensual de la muerte, sus delicadas, resbaladizas y peligrosas líneas de mujer, así como sus formas de masculinidad deshumanizada, de patria indolente, de estado cómplice. Es también reconocernos en el dolor, en la angustia de la madre que espera, de la esposa que pare hambre y aviva con sus entrañas y sin querer, el fuego de la guerra.

El viaje literario de Pereyra posee la atracción cortazariana de avasallar al desprevenido lector entre sus huecos de agua que no son más que un juego fantástico donde el tiempo es transmutado en espacio y el espacio en tiempo; el presente en un incierto futuro, inasible como tallos de espinas; el pasado en un cruce de caminos donde fácilmente se confunde aquel que apenas viene con aquel que apenas va.

La Angustia de las Almas en Pena es una cruel invitación a sostener con firmeza la fría mirada del espejo, pero también nos convoca a mirar hacia el sur de ese dolor llamado rostro y observar el odio plateado del asesino que se suspende y que arremete mientras la mueca se hace trizas.

Pereyra, luego de ofrecernos un cubrelecho de agujas cuando la noche se hace fría inquietante y oscura, recurre al brevaje de la ironía: trivializa lo sublime, idealiza lo ordinario. Y así nos seduce con su Malena que antes fue canto, ahora cuento; con su macho marinero que antes fue bravo, ahora manso y febril.

Si La Sombra de la Máscara reparaba los afanes del Sol, La Angustia de las Almas en Pena acrecentará con borrachera los aullidos de la noche.

domingo, 4 de enero de 2009

Un sueño para Mariana

La mañana estuvo cargada de una pesadez sin igual. Regresaba del trabajo y el Sol vomitaba inclemente sus entrañas sobre el pueblo que parecía arder. Un mes más y el fin del mundo sería cantado bajo fuego. Lo peor: la fatiga del sueño, más producto de la posma del lunes que del cansancio físico, sin un lugar fresco donde descargar los huesos y el malestar de una semana que apenas comenzaba. Me entretuve con un vendedor de helados quien envuelto en su uniforme azul terlenka, a punto del derretimiento, estaba condenado a una bien asegurada muerte ígnea. La señora de los tintos, con sus gordos flotando como vulgares salvavidas bajo la escotada blusa china, contrariando el buen uso de la lógica al vestir; ofrecía con voz culebrera el encanto líquido, espumoso e hirviente a tan solo trescientos pesos en vasos desechables.
Arrastrado por las cadenas del cansancio y el insoportable picoteo del sueño haciendo nido en mis ojos, avanzaba sin prisa por toda la calle real, con la eternidad anudada a mis zapatos, como recogiendo meticuloso a manera de convicto cada segundo camino del patíbulo. Un inaguantable lunes de memoria no grata.
El almuerzo estaba servido: las mismas papas saladas, un arroz ensopado sin máculas de cebolla ni tomate, las tirillas de carne bien adobada y el jugo de mora sin leche. Fue el menú que le escuché gritar a doña Celina al otro lado de la puerta. Había preferido pasar directo a mi habitación, cerrar la ventana contigua al comedor y entregármele desnudo al dios Morfeo, luego de encender el refrescante y endiablado rugido del ventilador marca Primount, único recuerdo de un mal celebrado día del padre.
Toc, toc, toc. Habían sido tres toques. Separados por un espacio indeterminado de tiempo aún persisten en la memoria como el preámbulo de una ópera siniestra. Calculé la distancia a la puerta contando dos pasos y medio; la oscuridad era tan espesa que por un momento creí palpar su algodonada textura.
Abrí. Un aire delicado transportaba el aroma relajante de los mandarinos y se colaba en la habitación como un extraño invasor. Las luces extrañamente apagadas, imaginaba que no eran más de las diez, había aprendido a ubicar a Júpiter en la esfera celeste durante cada época del año sin temor a equivocarme en la medida del tiempo; el ruido de los grillos y las ranas adquirió un nivel insoportable, el silencio inusual que esa noche instauraba su reino de piedra sobre la casa y sobre el barrio -creo también que sobre el pueblo- les dejaba a las criaturas de la noche un espectro envidiable sobre el cual duplicar sus decibeles sin exagerar esfuerzos. Caminé precavido por todo el pasillo. Bordeé el patio principal y pude cerciorarme que la casa estaba completamente despoblada. Me preguntaba entonces quién había golpeado a la puerta con pausada insistencia, como dándole exagerada importancia a un juego sobrenatural de sombras y presencias a punto de comenzar y del cual ya se había declarado ausente.
Golpeé cada la puerta de cada una de las habitaciones que hacían parte del inquilinato. La respuesta siempre la misma: un ronco silencio rebotando en las paredes y duplicándose con los sonidos de la noche.
Busqué la puerta de salida, un matero me hizo trastabillar y por poco perder el equilibrio. Maldije recuperando mi vertical y apurando el paso como ladrón frente a la puerta de escape.
Afuera las cosas no eran diferentes. Era el único habitante de un pueblo fantasma, la nada se había tragado completamente a sus pobladores y en un acto de vulgar misericordia me regalaba su malhadada benevolencia. Sentí la necesidad de sentarme. De un momento a otro un frío intenso fue ganando terreno, el cansancio comenzó a hacer mella y el sueño fue aflojando mi cuerpo hasta dejarlo como una guitarra completamente destemplada, las estrellas comenzaron a parecer más cercanas, el mundo más distante y la noche más arrulladora en su leche de asfalto.

Estaba tomando mi primer café con el desasosiego de una mala noche aún torturándome el pecho cuando entró Mariana, la morena de ojos negros, la que todos en la oficina deseaban sin discreción alguna, su blanco pantalón bien calado dejaba ver claramente sus sensuales líneas dibujadas para deleite de muchos y envidia de otras. Nunca habíamos cruzado palabra por eso recibí con sorpresa y cierto orgullo sus buenos días y su tengo que contarte algo. Además, ¡me estaba tuteando¡
El asombro fue mayor cuando de sus labios se soltó un he soñado contigo.
Necesité más de un minuto para cerciorarme de lo que estaba escuchando. Sus senos a punto de saltar el obstáculo del escote habían dejado de ser una distracción frente al significado que poco a poco adquirían sus palabras. Nos ubicamos en el lugar más discreto que pudimos encontrar no sin antes prepararnos dos tasas de café y ruborizarme al verme descubierto sirviéndole la medida exacta del azúcar que ella prefería, pues eran meses y meses tras la pista no solo de sus cadencias, su esférico trasero, sus senos prominentes sino también desenredando el fino hilo de sus gustos.
Con lujo de detalles narró cada incidente vivido por mí la noche anterior en el inquilinato. En el sueño me había visto caminar a tientas en medio de tanta oscuridad. Vio cuando estuve a punto de caer luego de haber tropezado con una maceta hiriéndome a la altura de la rodilla izquierda. Me produjo espanto no solo la perfecta narración de lo sucedido sino también su exacta apreciación de lo que fueron mis miedos, el terror de una noche vacía y el susto convertido en lágrimas; sentirme desnudado de ese halo omnipotente, que tanto procuraba cultivar en mis más concurridos círculos sociales, un aura de impenetrabilidad que me mostraba fuerte, indócil e inexpugnable se veía desaparecer, y lo peor, frente a ella, dejándome en un estado lamentable de insoportable vergüenza.
Antes de ir a la cama decidí distraerme con un poco de televisión. Calculé la franja más light y ocupé una de las sillas que doña Celina dejaba a disposición de los inquilinos en una especie de sala de estar improvisada con televisor y dispensario de agua, según ella, purificada. Le dije a doña Celina que por favor me alcanzara una cerveza bien helada y la anotara a mi cuenta, quería adormecer mi cerebro entre telenovelas y alcohol. Empezaba el noticiero de las once, ya llevaba cinco latas de cerveza, suficientes para invitarme al juego de las sábanas y declararme esclavo del señor del sueño, cuando sentí una mano posarse sobre mi hombro izquierdo. Era un hombre alto, de abundante cabellera cana, con una barba blanca que le llegaba al pecho; los surcos de su frente eran profundos, delineados con punta roma; sus ojos de un azul triste parecían estar llorando siempre; no tenía boca.
Con sus ojos me indicó la puerta del patio trasero de la casa a lo cual fui diligente. Al abrirla me vi en medio de la plaza de mercado, la gente transitaba con sus canastos llenos de abarrotes, los gritos del comercio viajaban enredados entre el olor a yerbabuena, a albahaca, a sangre y a verduras. Sorprendido quise buscar entre tanta algarabía al extraño hombre sin darme cuenta que estaba completamente desnudo. No encontraba una explicación lógica a lo que me estaba sucediendo. Presuroso y lleno de vergüenza busqué un lugar seguro donde ocultarme de las miradas que inexplicablemente no percataban de mi presencia, lo cual era aún más ilógico. Me sentí invisible, o más bien, era totalmente invisible. Paradójicamente seguía sintiendo vergüenza por mi desnudez, con lo cual me acerqué sigiloso a uno de los puestos de venta de ropa; sustraje, sin que la encargada se diera cuenta, un pantalón y una camisa de tela burda ambos de color negro. Llegué a una de las esquinas donde comienza la venta de pescado, mi reloj marcaba la una de la madrugada cuando una densa nube de moscas vino a mi encuentro en desacato a mi nueva apariencia etérea. Envuelto en un nubarrón de alas pude observar a lo lejos, parado en la esquina opuesta de donde me encontraba, al hombre alto de blanca cabellera. Pude ver claramente sus manos indicándome que me aproximara donde él se encontraba. La ausencia de su boca era tan evidente a lo lejos que por un instante sentí tanto miedo, recordaba esos monstruos siderales que en mis sueños de infante se escondían debajo de la cama para aleccionarme y obligarme a obedecer a mis padres, así que fui acercándome muy lentamente como tanteando mis reflejos ante cualquier movimiento amenazante por parte de éste hombre tan extraño, misterioso y sugestivo quien al verme llegar comenzó a caminar a pasos inalcanzables. Me llevó hasta una casa que daba a las afueras del pueblo, tan humilde en su construcción que a primera vista pensé en algún tipo de invasión o casa de mendigos. Al entrar me indicó con su mano izquierda un catre viejo, con cobijas de lana y de aspecto antihigiénico ubicado justo al lado de la puerta. Sentí necesario recostarme un poco y recuperar algo de energía. No tuve tiempo de observar el interior de la casa pues al apoyar la cabeza sobre lo que parecía una almohada, y cerrar por un segundo los ojos, ya el reloj de mesa anunciaba con su pitido las cinco de la mañana y afuera de la habitación los pasos de doña Celina tomaban posesión de la casa.

Esta vez era yo quien quería hablar con ella.
La esperé en la sala de tintos mientras apuraba un cigarro junto a la ventana. Néstor me hacía el recuento de los últimos acontecimientos en política nacional y cotejaba de paso sesudos comentarios que ante la falta de réplica por mi parte sugirió temas más light y ajustando la correa de su fino pantalón seguido de un brusco movimiento con el cual apuntalaba la camisa bajo la ya prominente y escurrida barriga comenzó a relatar uno a uno sus más sentidas apreciaciones en torno a la manera como se estaban llevando las operaciones básicas en la oficina: el control desmesurado ejercido por el nuevo coordinador, la prepotencia de la niña de los tintos, el estilo rebuscado de otra vez el nuevo coordinador a la hora de dirigirse a los demás como queriendo dejar en claro su alta preparación académica con ese galimatías de verbos y adjetivo indescifrables que a la hora del té no significaban ni querían decir nada; fueron sus últimas palabras antes de decidirme buscarla. Pensaba que no tenía otra opción y entonces la vi pasar rumbo a su cubículo.
El vestido rojo de un increíble tono pegaba muy bien al color de su piel. Sus piernas no llevaban medias veladas, tampoco le eran necesarias, un continente voluptuoso se alzaba erguido sobre dos columnas de ébano desvanecido ocultando un secreto de aguas donde jamás –imaginaba yo- moriría de sed. Contemplé el recurso de un breve cumplido como símbolo de cortesía pero preferí ir al grano y sin perder de vista el provocativo panorama de sus piernas, de su vientre tallado en rojo, intenté preguntar.
Era mi abuelo.
Sus palabras cayeron como piedras.
Ese fue el pueblo donde nací y me crié. Ordenaba con manos temblorosas el paquete de requisiciones que con su visto bueno solucionaban las necesidades básicas de la oficina: papel higiénico, café y azúcar para el tinto, agua aromática, jabón de manos, toallas de papel y de las otras, resmas de oficio y de carta, acetaminofén, etc. Me dijo que su abuelo se había encargado de su crianza y educación pues sus padres habían muerto cuando ella era una bebé de tan solo cuatro meses, un accidente de tránsito sobre la carretera al mar la privó de los cariños y atenciones de su madre, una mulata bien plantada de ojos como los del abuelo; de la protección de su padre, un humilde cartero de amplia sonrisa, hijo único y orgullo de aquel hombre de nívea cabellera y barba exageradamente poblada. El rancho, como ella lo llamaba, quedaba a dos cuadras de lo que había sido alguna vez la casa principal de mercado de su pueblo natal. Los años fueron los encargados de hacer surgir una nueva clase social preocupada más por el toque moderno y la apariencia aséptica de sus construcciones, obligando a la desaparición de aquellos ranchos humildes. Lo poco del dinero logrado había servido para pagar los primeros diez meses de arriendo: un cuarto húmedo y oscuro en uno de los “modernos” edificios construidos en todo el centro del poblado, junto a la Registraduría. El abuelo se había visto obligado a trabajar como celador de un parqueadero mientras ella adelantaba sus estudios en la escuela y posteriormente en el colegio del pueblo. La universidad había sido a otro precio que no quise enterarme pues me urgía develar aquella extraña relación entre mis sueños y su agitado pasado.
El dolor en mi pierna izquierda ponía en duda la naturaleza onírica de aquellas experiencias cuya confusión iba en aumento al escucharla atentamente sin que fuera necesario haber hecho mención alguna de aquel nuevo suceso que ya dudaba en llamarlo sueño. Nuevamente su descripción había sido exacta, hasta se atrevió a decirme que las uñas de mi pie izquierdo estaban manchadas de mora, lo cual pude comprobar al llegar a casa y me hizo ruborizar al extremo pues mi desnudez había tenido un testigo de carne y hueso; y no cualquier testigo.
Las siguientes tres noches fueron idénticas: extraños personajes apareciendo en medio de escenas surrealistas, un golpe aquí, una marca allá que al final terminaba con el reloj sonando a las cinco y mi cuerpo recogiendo una a una la evidencia, no de lo soñado, sino de lo vivido. A la lesión en mi rodilla y las uñas manchadas de mora, se sumó una cortada en la frente, una mordida en la tetilla derecha y un profundo rasguño en el brazo izquierdo.
Afortunadamente empezaba el fin de semana.
Ese viernes al salir de la oficina, pasadas las siete de la noche, preferí recorrer el pueblo en busca de un lugar donde beber. Rehuí la invitación de Néstor pretextando un fuerte dolor de cabeza. Quería embriagarme, enfrentar un nuevo juego tormentoso de episodios fantasmales con el escudo de la inconsciencia etílica.

Alguien llamaba a la puerta. Los golpes parecían retumbar desde lo más profundo de mi cráneo. El reloj marcaba la una de la tarde y doña Celina me avisaba que el almuerzo hace más de media hora estaba servido. La boca me sabía a óxido y el martilleo en mi cabeza cada vez más intenso. Busqué un vaso de agua y apuré dos dolex que en instantes desaparecieron el zapateo entre oreja y oreja. Me confortaba comprobar que no había “soñado”. Al parecer el alcohol volvía a traer la normalidad a mis noches. Al revisar mi cuerpo con alivio pude comprobar que las antiguas marcas se mantenían.
Ese sábado no salí de casa. Estuve releyendo algunas novelas policíacas, de vez en cuando me levantaba a buscar algún canal de TV que alternara mi entretención. No podía olvidar el enigmático rostro del abuelo de Mariana.
Pasadas las doce de la noche, luego de un especial de vida salvaje en el canal 45, busqué mi cama para conciliar el sueño.
El domingo había sido perfecto. Me embargaba una felicidad tan inusual que me levanté bien temprano, busqué mis zapatos deportivos y salí a trotar durante quince minutos. La vida regresaba a su cauce normal y la alegría era más que inmensa.

Hoy el día estuvo otra vez muy pesado, si seguimos así vamos a necesitar pedirle un aumento al jefe, claro que con ese nuevo coordinador las cosas serán a otro precio, como si la oficina fuera de él, mejor vamos y nos tomamos la fría que me despreció el viernes. No podía negarme, Néstor tenía razón, el día estuvo muy agitado, casi sin tiempo para salir a almorzar, en pocas palabras sin tiempo para siquiera un tinto. La música de Leo Dan nos iba relajando y aunque quisiéramos solo una cerveza el ambiente y la charla nos obligaba una nueva pedida. Aunque sea lunes, compañero, lo invito a brindar por ésta vida que sí es la que nos merecemos, lejos de jefes y coordinadorcitos que más parecen dictadorzuelos de pacotilla…ah que Mariana, sí, sí, bien buena… pues por ella también brindemos, compañero, ya sabe, nos ha sabido dejar, cómo no sabe, no, no la trasladaron, la encontraron muerta en el baño del apartamento, dicen que puede ser desde el viernes en la noche o quizá el sábado, a la salud de ella porque estaba muy buena, compañero, yo lo iba a buscar para que fuéramos al entierro pero ni modos, se me pasó por alto… ja ja ja… por su alma bendita que también debe estar bien buena. A su salud, también dije yo, pagamos la cuenta y nos despedimos recordando que la entrada era una hora más temprano.

sábado, 5 de febrero de 2005

Huelga de Líneas (Capítulo II)

Ésta vez se dejó poner donde siempre sin el menor asomo de enfado. Caído el silencio comenzó a desandar por entre la enramada de palabras. Sigiloso. Persiguiendo algo, algo a punto de descubrir. Tenía que llegar al principio, hasta la carta sobre la mesa.

Aún huele a pólvora. Resbalando sobre la espesa mancha roja alcanza a seguir el rumbo de la línea que saliendo de la mano se enrosca en la culata; junto a la línea remonta la muñeca, alcanzando las planchas de la cubierta del barco después de vadear las sinuosas fronteras del cuerpo todavía caliente. Suda una que otra gotica negra, avanza con cuidado evitando ser pisado por la gente que viene y va. El muelle está congestionado al igual que la aduana, el día es agitado y empieza a llover. La rubia está ansiosa, parece que va tarde a su cita de siempre. El punto trepa agarrado a la línea que ya sube por la media de nylon cristal. Ahora se descuelga por una ventana del autobús mientras mira de reojo el zigzaguear de la línea por entre el tráfico endemoniado de la ciudad. Escapa a un chaparrón de gruesas gotas de agua y se siente perdido en ese pandemonio de ciudad. Un perro pulgoso atraviesa la avenida, vadeando el tráfico, la gente y otros perros. Sobre su lomo se divisa apenas nada, pero respira aliviado aunque las pulgas ya le hacen mala cara. Se impulsa como nunca y cae de bruces al andén, afortunadamente despoblado, dándose tiempo de limpiar con dos pases de manos su frente sudorosa. Desde la esquina alcanza a divisar la aglomeración de líneas apelmazadas en la vereda del frente. Las líneas llegan de todos los lugares y el punto siente un nudo en la panza ganando terreno en la boca. Son miles, por momentos piensa en millones, que se cuelan entre el pasto subiendo por el pararrayos de la casona a mitad de cuadra, trepando el techo, llegando al interior a través de una habitación a oscuras. El punto se desliza bajo la puerta. Ahora entiende que el mundo está invadido de líneas y más líneas; gruesas, delgadas, bruscas y suaves, de infinitas texturas tamaños y colores. Se amedrenta un poco pero el recuerdo de la carta sobre la mesa le devuelve la esperanza. Suspira. Más allá del muro, más allá del cuadro de la mujer en un diván, sabe, encontrará lo que tanto busca. Así que, decide seguir imperturbable el rastro de las líneas hasta llegar al otro lado, hasta encontrar la mesa y sobre la mesa la carta y entrando a la carta, o también, saliendo de ella, un ejército de líneas; sintiéndose nervioso penetra el sobre y es ahí dentro que descubre su inmortal naturaleza. No había punto al final de la carta. En el lugar del consuetudinario punto las líneas entraban (¿o salían?) como por entre un agujero. Unas rectas, otras oblicuas, pero todas entraban por allí (¿o salían?) como si la puntada final hubiera cedido un poquito dejando escapar infinitas hebras de hilo.

miércoles, 2 de febrero de 2005

Huelga de Líneas (Capítulo I)

Las cosas hubiesen sido bien distintas si a las líneas no les hubiera dado por montar toldo aparte, estaban indignadas, y no era para menos pues a quién le hubiera gustado que en un arranque ególatra el punto se permitiera abusar de su confluencia infinita de líneas optando por ignorarlas y mirarlas desde la perspectiva de lo divino, como si con el ojo del triángulo no bastara. Y es que después del desplante ofrecido por el punto, ellas, las líneas, muy llamadas a la belleza por aquello de su figura delgada, se han declarado en asamblea permanente.
Todo empezó por un cuento de Cortázar.
El punto, cansado de siempre ser el último, buscó infinitas maneras de esquivar lugar tan indigno. Pero resultaba que a cada relato terminado no había forma diferente de dar fin que el de utilizar ese minúsculo y redondito remache en tinta negra como última puntada asegurando el hilo a la tela, dando firmeza al tejido. Furioso, se llenó de valor y empezó a buscar la oportunidad adecuada de dar fin a su condena, la cual parecía bíblica. En ésta ocasión se sintió distraído, casi risueño, cuando asomándose cauto por entre las teclas de la máquina pudo dar una leída a vuelo de ave y supo que de la carta tirada sobre una mesa salía una línea y que corría y bajaba por una pata. Se rascó la barriga y estuvo a punto de caer sobre la hoja cuando una idea empezó a hacerle burbujitas el pecho —que también hacía las veces de barriga.

lunes, 31 de enero de 2005

... de Pistolas y Rosas (Capítulo 16) FINAL

La luz entra a pedacitos. Mi reloj marca las once y diez minutos. De seguro es una mañana fría, se siente en los pequeños soplos que se cuelan por entre la angosta escotilla que da a la calle. Si no es por el reloj y por las rebanadas de luz proyectadas con la más absoluta timidez del que llega sin querer dejarse sentir, pensaría que el mundo se ha sumergido en la más oscura y eterna de las noches. Son tantos los recuerdos y tan fuerte el galopar de las imágenes que ya no queda tiempo para dormir porque hasta en los sueños más livianos se repiten las historias, los días y todo vuelve a empezar desde aquel día, o mejor, desde aquella tarde de lunes, de Gun’s and Roses retumbando y del timbre… como una estela filmográfica de nunca acabar, de siempre comenzar, recomenzar y de yo aquí, de yo aquí sintiendo los dientes fríos, no solo de la soledad, también del abandono, inquiriendo entre mis huesos como un vampiro blando, de necia cabellera. Siento un hambre intensa, las tripas no protestan, rugen. No sé si se acordarán hoy de mí, se olvidarán que existo, tal vez, olvidarán traerme aunque sea un pedazo viejo de pan, que no olviden hacerlo acompañar de agua, y unos palillos por si las moscas, necesito bañarme, asearme, o es que no les huelo cuando acordándose de mí traen de comer y abren la escotilla, no comprenden que la humedad agiganta muy a menudo mi frágil vejiga, ni fuerzas tengo de contenerme y sschhhhhhiiiiissssss… qué pena con ustedes pero si fueran un poquito más comprensivos no tendrían que. En ocasiones las paredes se me hacen monstruos gigantescos, endriagos grises y oscuros de ciegas intenciones inquietos por aplastarme pero que se niegan a destruir al juguete desgreñado, maloliente, agrísense y demás, que me les he convertido. Dos mas dos, a veces es cinco, a veces seis, y muy pocas veces es cuatro, esto me preocupa, por eso pruebo con las multiplicaciones, lo cual al final me deja más que resignada… convencida; vuelvo a intentarlo, pruebo ahora con la tabla del uno y los números decimales aparecen bailando, cantando, gimiendo y también –quién pudiera creerlo–, multiplicando; me ciño al retrete y con una baba silenciosa entre labios descubro maravillosas analogías, como ésta: papel higiénico-servilleta; el parecido es, la analogía, quise decir, particular, sustancial, sí, de sustancias, tiene que ver mucho con la sustancia.
Han pasado más de dos horas y todo sigue igual: el frío, la brisa, la luz, el casi-silencio, y el hambre. Me escudo en los juegos de infancia, el mar, las ballenas y el capitán; descubro en la punta de mis dedos el poderoso rayo equis de tan poderoso alcance y tan desmedido temor en los enemigos, pero huele a risa y eso no está bien, no está bien porque la risa provoca hambre y no me han traído ni siquiera el desayuno.

—Hasta ahora no ha dicho su nombre.
¿Para qué quiere mi nombre? O es que ¿no le basta con saberme aquí, entre los monstruos de mi infancia, la tortura del hambre, la soledad y el silencio?
—Por lo menos ¿quién es usted?
Mi profesión ya debe saberla y sabrá porqué estoy aquí y además dónde estoy.
—Habla de su profesión como si fuera ayer.
Ya lo sé.
—¿Por qué hizo lo que hizo con la Nati? ¿No dizque era su mejor amiga?
Eso ya lo dejé bien claro.
—Al menos su nombre artístico.
Juliana.
—Y de los asesinatos.
No sé.
— ¿Algún familiar?
Tan solo un hermano, no más.
— ¿Él aún vive?
Eso creo.
— ¿Nunca lo buscó?
No quedó tiempo.
— ¿Cuánto cree que va a durar más ésta historia?
No sé. Tal vez ya terminó y usted no se dio ni por enterado(a).
— ¿Vivía en arriendo?
No.
— ¿Pagaba impuestos por el apartamento?
Cumplidamente, ¿por qué?
— ¿Qué nombre se leía en la factura de impuesto?
Marla Díaz Palacios.

domingo, 30 de enero de 2005

... de Pistolas y Rosas (Capítulo 15)

El ardor junto a la boca del estómago era mucho más intenso a medida que las horas avanzaban. Abría una y otra vez la nevera con la esperanza de encontrar algo para engañar mi ya averiado sistema digestivo. Nada. Sólo agua y agua, agua descongelada, efecto de la falta de luz. Y cuando el hambre urge, la sed no se esconde. Tomaba agua de nevera descongelada a dos manos, abrigando la feliz idea de engañar al estómago, algunos escasos trocitos de hielo aparentando sólido. Otra vez alguien en la puerta llamando. No abrir. Entonces no tenía más opción. Caminado casi a oscuras, a pesar de la luz del día, instintivamente volví a abrir la nevera, pero ésta vez al congelador. Empecé a descargar bolsa tras bolsa. Perdona, mi Nati, pero tú me entenderás, me sabrás perdonar. Fui tocando y eligiendo las de mejor blandura. Encontré dos, no supe a qué parte del cuerpo pertenecían pero tampoco decidí averiguarlo, no había tiempo para tamañas pesquisas y para nada me importaba, me importaba comer, morder, digerir algo sólido, carne, así fuera humana, con sabor descompuesto.

viernes, 28 de enero de 2005

... de Pistolas y Rosas (Capítulo 14)

Pasaron muchos días antes que las cosas regresaran a la normalidad, y digo normalidad refiriéndome a la vuelta de mi vida “social”, volví a conciliar el sueño, fue en ese entonces cuado descubrí las inmensas lagunas mentales que de tiempo atrás venían sucediéndose como blancas sábanas, afectando no solo mi lucidez, también mi ubicación espacial y temporal, las noches venían convirtiéndoseme en días y los días en noches interminables que afortunadamente ya no contaban con la raspada voz de un Diomedes Díaz, extinto, para bien de mis oídos y los de Nati; preocupada por el descuido al que había sometido al nene, quise visitarlo al Bienestar Familiar, sorpresa grande cuando pude enterarme a través de la trabajadora social de su ida al exterior con la pareja de extranjeros tan encariñados con el niño, un niño tierno y lindo con sonrisita de flor. No recordaba al par de tipos que encontré, al regresar a casa, esperándome en la puerta del apartamento, si no es por la libreta roja que el más flaco había sacado del bolsillo de su camisa a medio planchar. Aunque mi memoria era frágil inmediatamente recordé el motivo de la visita. Las preguntas tenían que ver ahora con el extraño asesinato del señor del 301, Diomedes Díaz era obvio que no se estuviera escuchando, ¡Diomedes Díaz a la mierda! ¡Diomedes, hijo de la puta, al infierno! No pude ocultar la alegría que sentí, y los perros sabuesos, notándolo, disparaban sus cañones babosos apuntándole a un blanco más allá de mi negra memoria. Recostada en la puerta me negué a la solicitud de ellos a entrar. Estaba en mi derecho y nada ni nadie podían obligarme a algo que no quería, entonces chau.
No sé cuántos meses se acumularon de agua, luz y gas sin pagar, producto de mi desmemoria, pero ante todo de la falta de dinero: otra bailarina sacando provecho de sus pechos guturales, caderas ronroneantes y ojos espumosos, estaba ganando lo que yo debía ganar, cobrando lo que yo debía cobrar.
Bueno, a todo uno le puede sacar el cuerpo, a todo menos al hambre, y ahí sí que estaba en una situación complicada, sin salida y sin opción alguna.

jueves, 27 de enero de 2005

... de Pistolas y Rosas (Capítulo 13)

Los nervios me asaltaban sin previo aviso y a plena luz del día, el género humano me fastidiaba, estaba perdiendo peso exageradamente, caminaba por el aire. Decidí pasar las fiestas de fin de año encerrada a pesar de la fuerte demanda de trabajo en el bar, arriesgando que me licenciaran para siempre por incumplida e irresponsable. Sólo tenía a la Nati, la Nati y su presencia voluble llenando todos los rincones de mi triste estancia. Un encierro voluntario donde el único tormento era la insistente lluvia de golpes contra la puerta del apartamento.
No sé por qué, pero fue un domingo, digo domingo porque era el día que Diomedes duraba dando sus con-mucho-gusto, sus ay hombre, a todo volumen, desde las siete de la mañana hasta diez de la noche, cuando varias voces llamaban con premura y preocupación invitando a que por favor cualquiera abriese la puerta, digo no sé por qué, pero abrí. Dos hombres: uno delgado de ojos hundidos y rostro pálido, el otro de contextura gruesa, bajito, de mirada inquisidora y desconfiada. Por sus expresiones pude deducir mi total desaliño, en nada me preocupé, quería echarlos a patadas lo más rápido posible. Mientras el gordo mofletudo importunaba con sus necias preguntas, el otro llenaba una libreta de apuntes con trazos tan desbaratados como su propia figura. No recuerdo qué respondí, mucho menos qué preguntaron. Sólo recuerdo la molestia de saber que muy pronto volverían a importunarme con sus preguntas, pero mucho más con sus figuras desproporcionadas y asimétricas. Respiré más calmada no sólo por la partida de ese par, también me vino algo de alma al cuerpo cuando percaté las velas encendidas y el montón de frascos de formol destapados bajo las sillas, frente a la cocina. Sentí los nervios disparados, la fuerte descarga de ansiedad empezó a hacer mella en mi equilibrio, me costó mantenerme de pie, un pequeño olvido y la Nati se iría para siempre de mí, eso sí que no lo podría soportar. A gatas, casi arrastrándome, llegué hasta la nevera, descubrí que necesitaba más hielo, lo cual significaba tener que ir a comprarlo, y por desgracia salir.

miércoles, 26 de enero de 2005

... de Pistolas y Rosas (Capítulo 12)

Al cabo de dos meses pude volver a mi trabajo de bailarina, durante aquel tiempo, un poco duro económicamente, me vi obligada a recurrir a mis ahorritos que, aunque pocos, fueron como caídos del cielo. Las dosis de formol y de velas aromáticas necesitaron ser dobladas. También las tardes se volvieron pesadas, las nubes más grises que nunca, parecía que todo el departamento era una nevera viviente. No resistía un solo instante las pequeñas corrientes de aire, el frío se cuadruplicaba en las noches, hasta compré una ducha eléctrica por una suma que aún me parece exagerada. La paranoia de sentirme perseguida, sospechosa, por la desaparición de la Nati, fue menoscabando mi equilibrio psicológico a tal punto de atreverme a cancelar la línea telefónica con una llamada a la Empresa de Servicios Públicos solicitando desconexión temporal, aduciendo largas vacaciones fuera de la ciudad. Me enloquecía cuando sonaba el teléfono, imaginaba mil cosas disparatadas y posibles. Vivía en constante zozobra, hasta necesité utilizar calmantes para dormir. Pero a dónde iría yo a parar si continuaba arrastrando de insomnio las noches, o mejor, las tardes que me quedaban para descansar y reponerme del trabajo nocturno.
Oye Nati, hace días que la policía merodea el edificio, hasta he visto señores extraños interrogando en cada apartamento, no demoran en llegar hasta aquí, seguro ya han venido pero no nos han encontrado. Parece que de nuevo hubo otro muerto. Deberían de una vez por todas llevarse a la vieja bruja del 402, ella debe ser la responsable de tanta muerte y tanta sangre, pobrecito, viviendo con tremenda arpía, ella es la asesina. Nunca la he visto, aún así, no me es difícil imaginar su cara homicida, sus largas uñas encorvadas como garfios, su extravagante mueca sanguinaria, sus ojos de cuervo con largos días de ayuno… sus antecedentes penales son prueba irrefutable. ¿Por qué no acudían a ellos? ¿Acaso esperaban a que murieran más inocentes, víctimas de una anciana loca, desquiciada y hasta satánica? Ya no tenía tiempo de visitar al nene, el Bienestar Familiar quedaba muy lejos, y cuando terminaba mi turno en el bar tan solo pensaba en dormir, nada más que dormir. Parece ser cierto, pero estas malditas pastillas ya no sirven para nada, no me hacen efecto alguno, si sigo así voy a terminar en el manicomio, en algún San Camilo.

martes, 25 de enero de 2005

... de Pistolas y Rosas (Capítulo 11)

Nati, te cuento que aún duele, sí, ésta hinchazón no pasa ni colocándole toneladas de hielo. Imagínate, así ni modo alguno de bailar, mejor dicho: estoy requetejodida. Ahora cómo diablos hago para ganarme lo que me gano por bailar, estoy en la perola. Hoy alcancé a visitar a tu nene, no pude verle porque estaba dormidito después de tanto juego, tú sabes, a esa edad ellos no quieren sino jugar, jugar, y seguir jugando. La trabajadora social me dijo que ya estaba en proceso de adopción, una pareja extranjera lo había visitado y me dijo que estaban muy encariñados con el niño. A mí también me duele pero qué más le podemos hacer, tú como yo sabemos que es por su bien, por su futuro, en él vas a ver realizados tus sueños. No me preguntes por El Churco, ya sabes, fácil olvido, de ti ya ni se acuerda, aunque de ves en cuando me mira a los ojos y puedo sentir sus preguntas pero me digo que son suposiciones nada más, y ya. Fácil para él fue encontrarte reemplazo, una rubia de esas que tanto les gusta a los hombres, para mí que es peliteñida, tiene sus grandes pechos, también envidia de la Julieth, y un trasero de otro mundo. Dicen que viene de Cali, bueno, al fin y al cabo alguien te iría a remplazar. Aja, hoy me lo encontré cuando venía subiendo la escalera. No te niego que lo vi guapo, aunque aparenta timidez su mirada es misteriosa, penetrante y sensual, con ese porte juvenil que tanto le hace bien a su carita de niño. Qué detalle para conmigo, sino hubiera sido por él no sé cómo hubiera podido subir hasta aquí, si todos me miran como bicho raro. Hoy me esperó a la entrada, allá abajo, sabe mis horarios, me preguntó cómo había seguido del pie, yo le conté mis progresos. Sacó de sus bolsillos un frasquito color azul, me dijo que su tía acostumbraba a sobarse con este ungüento cuando sufría tronchaduras y que era un remedio casi bendito. ¿Que si me gusta? ¡Estás loca! Con esa tía que tiene, sí, Marla, no la conozco pero se me hace toda una bruja experta en sacrilegios, torturas y demás y no exagero, mira lo que te conté, ella tiene su cuento y de hace años atrás, por eso la encerraron, por asesinato, pero está libre porque así es la justicia en éste país de cafres. Para mí ella tiene untadas las manos con la desaparecida del 401 y me arriesgo en afirmarte que también con la muerte del pensionado de ECOPETROL, el del 201, la semana pasada apareció con dos puñaladas: una en el cuello, la otra cerca al corazón. Tengo mucho miedo, afortunadamente te tengo a ti. Aquí te traje más hielo para refrescarte. Hasta he llegado a pensar lo mismo. Menos mal no soy la única en sospecharlo. Sabes cuánto me dolería descubrir esto cierto, no dejaría de sentirme culpable, si tan solo hubiera revisado el cerrojo… pero cómo… si así estoy bien, contigo, no, no soy egoísta pero así me siento mucho más a gusto y no me da temor expresártelo. Mira cómo la pasamos de rico, siempre teniéndote a la mano y lo mejor teniéndome tú a mí para cualquier cosa. Otra vez ese maldito del 302, con sus vallenatos del diablo amargándonos la vida, ese Diomedes debió haber nacido mudo en lugar de drogadicto.

Rememorando en despedida

Fuente: Fotos de Facebook Carlos Mantilla y Odilio Blanco fueron compañeros de colegio y, para nuestro dolor e infortunio, víctimas mortales...