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martes, 31 de marzo de 2009

Jugo de lunas

En tus muslos he sembrado
el musgo que escondo
en la punta de los dedos
Tomaré del tiempo
su lluvia lenta
esperando
juntar
tus aguas bravas
con mi bullicio vegetal
Morderé ardiente
tu botón de deseos
estallarán mil soles
bajo tu abrigo de lunas
cubriendo otoños
con cartas sin letras
agujereando inviernos
en la ventana
remplazando primavera
por sed de marzo
desviando los trenes
con un quejido
Para luego ir ocultando
el desorden de estaciones
junto al baúl del taxi
y entre el reloj de las seis.

lunes, 26 de enero de 2009

La Poesía de Karoll Lyseth Cuevas Mendoza

Por: Carlos Augusto Pereyra Martínez y Juan Francisco Remolina Caviedes

Es imaginable el ambiente oscuro, taciturno, romántico y desconsolado desde donde los versos de Karoll Lyseth se tejen y destejen, buscando, contradictoriamente, la luz que lleve a mejor destino la erótica en ciernes de su poesía y el lenitivo para el amargo desamor que aún persiste en sus honduras. Es necesario descifrar su código de besos, su laberinto de abrazos, para encontrar en su lírica la carnadura de un alma que aspira a ser cuerpo y la evanescencia de un cuerpo que promete misticismo. Participar de su poesía es asistir a una lucha de labios, de cuerpos bajo sábanas; es asistir al eterno ritual de los despellejados por amor, cuya mezcla de lágrimas y sangre nos recuerda que somos unos eternos mortales.

La poesía de Karoll es de encuentros y desencuentros, pero pesan más lo últimos. Sus versos son costas de naufragios. El amor es una mueca, un gesto que arruga el alma, porque son más las ausencias, un asir la nada, humo donde se quiere atrapar el deseo, la caricia, la respuesta a la piel inflada en la ansiedad del goce, la fruición del beso, y sólo responde el aire hueco, sin fragancias. Los recuerdos vienen vacíos, cuencas sin ojos, caricias donde la lenidad del roce, se transforma en un lija que lastima los poros, y sabe a dolor.

Rompen las ráfagas frente a mi pecho

como distrayendo sus tirones

para atraparte finalmente

entre sus frías y blancas manos.

El viento se desliza por entre mis cabellos,

se cae con fuerza tras golpearse contra mis alas,

se estrella contra mis pechos erguidos

para dibujar caminos

que desembocarán sobre mis pies desnudos.

El llanto de las almas

pretenderá inundar tus oídos

hasta apoderarse de tu cerebro.

Pero no te angusties,

yo estaré allí para tí,

cual diosa guerrera te defenderé

y con mis pechos te alimentaré

Y aunque la blanca dama

cumpla un día, contigo su faena,

nadie sabrá hasta que la partida sea

si entre los dos, eres tú, su primer tarea.


jueves, 8 de enero de 2009

La angustia de las almas en pena (prólogo oficial)

Pasearse entre los personajes de La Angustia de las Almas en Pena de Carlos Augusto Pereyra Martínez, es hacer un viaje de descubrimientos y reconocimientos. Es descubrir la cara sensual de la muerte, sus delicadas, resbaladizas y peligrosas líneas de mujer, así como sus formas de masculinidad deshumanizada, de patria indolente, de estado cómplice. Es también reconocernos en el dolor, en la angustia de la madre que espera, de la esposa que pare hambre y aviva con sus entrañas y sin querer, el fuego de la guerra.

El viaje literario de Pereyra posee la atracción cortazariana de avasallar al desprevenido lector entre sus huecos de agua que no son más que un juego fantástico donde el tiempo es transmutado en espacio y el espacio en tiempo; el presente en un incierto futuro, inasible como tallos de espinas; el pasado en un cruce de caminos donde fácilmente se confunde aquel que apenas viene con aquel que apenas va.

La Angustia de las Almas en Pena es una cruel invitación a sostener con firmeza la fría mirada del espejo, pero también nos convoca a mirar hacia el sur de ese dolor llamado rostro y observar el odio plateado del asesino que se suspende y que arremete mientras la mueca se hace trizas.

Pereyra, luego de ofrecernos un cubrelecho de agujas cuando la noche se hace fría inquietante y oscura, recurre al brevaje de la ironía: trivializa lo sublime, idealiza lo ordinario. Y así nos seduce con su Malena que antes fue canto, ahora cuento; con su macho marinero que antes fue bravo, ahora manso y febril.

Si La Sombra de la Máscara reparaba los afanes del Sol, La Angustia de las Almas en Pena acrecentará con borrachera los aullidos de la noche.

Rememorando en despedida

Fuente: Fotos de Facebook Carlos Mantilla y Odilio Blanco fueron compañeros de colegio y, para nuestro dolor e infortunio, víctimas mortales...