domingo, 1 de febrero de 2009

Carpe Diem

Aquella noche nos colamos en un bar de rock llamado Carpe Diem. El dueño, de nombre literario Victor Hugo, nos atendió de modo diligente. Llegó la hora de la poesía y la cerveza acompañó el ritual de la palabra, el licor no paraba de manar, el dinero no era problema. Sugerimos apagar la luz y hacernos acompañar de unas cuantas velas. El rock se fue al suspenso y la magia de los versos y el licor comenzaron a hacer efecto. Los pocos clientes se acercaron a la mesa con más curiosidad que gusto, algunos no aceptaban la intempestiva interrupción de "Smells Like Teen Spirit". Avanzó la noche y se hizo necesario partir. Empezamos a deambular por las calles como queriendo emular a los vates malditos de finales del siglo XIX.
El sitio estaba lleno de humo, la música: la de siempre. Las parejas inundaban la pista y otras mujeres ocupaban el lado derecho a la espera de clientes. Nos sentamos y llamamos a dos. Una se acercó y le presentamos a Camilo, ella desafiante le plasmó un beso en la boca, tal vez esa pose de niño indefenso la motivó muy a pesar de su gabán beis y sus gafas de intelectual. Le dijimos que hiciera algo por él y rápidamente subió el pie derecho sobre la silla, casi oprimiéndole el miembro. Llevó su mano izquierda bajo la mini, corrió su calzón y metión en su vagina el cigarrillo que llevaba en la otra mano. Lo introdujo para volverlo a sacar y colocárselo en la boca a Camilo quien resistió asqueado por más que intentamos convencerlo con el ejemplo que le dábamos. Fuimos al baño e intercambiamos dos toques de perica bajo la sospecha de la mujer. Pedimos otras cervezas y luego dedicimos partir. Estuvimos deambulando casi una hora. Llegamos a otro bar, le dije a Alonso que le pagara a la puta por adelantado. Me la llevé a la pieza y no se me paró, el licor y la droga estaban haciendo mella, le dije que me lo chupara pero asustada se negó, tal vez empezó a verme cara de depravado, cosa bien extraña en una gordeta acostumbrada a las desbraguetadas de cualquier camionero.
Continuamos caminando y llegamos a la quince, nos encontramos una pareja de desechables. Alonso los abordó preguntando por más perica, ellos a cambio nos pedían un sorbo de ron; les dijimos que no y empezaron a amenazarnos. Nos arrebataron la botella y le hicieron un corte a Alonso en la cara y otro en el vientre, al ver la sangre Camilo cruzó al otro lado de la vía, paró un taxi el cual en un principio se negó a llevarnos al ver la sangre. Alonso intentaba devolverse a pelear, tuvimos que meterlo casi a la fuerza. Entramos a Urgencias y allí nos despedimos, eran las seis y media de la mañana, había que ir a trabajar en la tarde y un médico amigo de Alonso se haría cargo de él. Al despedirme de Camilo había olvidado decirle que en la noche me llevara a la casa el libro de poesía con las gacetas de la tertulia.

5 comentarios:

brenda abril silva dijo...

uffffff que faena...

Carlos Augusto Pereyra Martínez dijo...

Marcando el camino, viejo lobo. Saludos.

brenda abril silva dijo...

Una visita...
con derecho a crítica...

un abrazo amigo...

brenda abril silva dijo...

ah bestia, la idea es que tú me visites y me critiques.. jajaja
http://brenda-abril.lacoctelera.net/

bueno, aprovecho para otro abrazo
jajajajja

Anónimo dijo...

Que días aquellos...todavia la herida duele a veces... pero más el recuerdo de nuestro sino...