jueves, 8 de enero de 2009

La angustia de las almas en pena (prólogo oficial)

Pasearse entre los personajes de La Angustia de las Almas en Pena de Carlos Augusto Pereyra Martínez, es hacer un viaje de descubrimientos y reconocimientos. Es descubrir la cara sensual de la muerte, sus delicadas, resbaladizas y peligrosas líneas de mujer, así como sus formas de masculinidad deshumanizada, de patria indolente, de estado cómplice. Es también reconocernos en el dolor, en la angustia de la madre que espera, de la esposa que pare hambre y aviva con sus entrañas y sin querer, el fuego de la guerra.

El viaje literario de Pereyra posee la atracción cortazariana de avasallar al desprevenido lector entre sus huecos de agua que no son más que un juego fantástico donde el tiempo es transmutado en espacio y el espacio en tiempo; el presente en un incierto futuro, inasible como tallos de espinas; el pasado en un cruce de caminos donde fácilmente se confunde aquel que apenas viene con aquel que apenas va.

La Angustia de las Almas en Pena es una cruel invitación a sostener con firmeza la fría mirada del espejo, pero también nos convoca a mirar hacia el sur de ese dolor llamado rostro y observar el odio plateado del asesino que se suspende y que arremete mientras la mueca se hace trizas.

Pereyra, luego de ofrecernos un cubrelecho de agujas cuando la noche se hace fría inquietante y oscura, recurre al brevaje de la ironía: trivializa lo sublime, idealiza lo ordinario. Y así nos seduce con su Malena que antes fue canto, ahora cuento; con su macho marinero que antes fue bravo, ahora manso y febril.

Si La Sombra de la Máscara reparaba los afanes del Sol, La Angustia de las Almas en Pena acrecentará con borrachera los aullidos de la noche.

martes, 6 de enero de 2009

La música que me mamó!!!!

Una de las cosas que más hicieron mella en mi cuero de indiferencia fue la música de fin de año y comienzos del 2009. No por los tradicionales Rodolfo Aycardi, Pastor López, Los Melódicos, la Billos y Lisandro Meza; sino por el insoportable Silvestre Dangond y Vicente Fernández, hago la salvedad referente a la calidad demostrada por el productor y compositor Joan Sebastián en su último álbum "Para siempre", que le ha servido al charro mexicano para sobrevolar como cóndor en la geografía musical latinoamericana. Pero infortunadamente, justo en frente de donde vivo, hay un lugar de cervecita y trasnocho, muy cómodo y ameno, que sin tanta elegancia, pero también sin tanta lobería, ha servido de entretención y desahogo a mucho empleado de los zapatos y uno que otro vecino desjuiciado, dentro de los cuales me apunto muy de vez en cuando; y digo "infortunadamente", ya que la torva embrutecida por el alcohol solo sabe póngame otra de Dangond, póngame Celos de Chente, otra vez Millón de Primaveras, pero por qué no pone Silvestre...; y ese embrutecimiento se ha repetido todos los días desde que las vacaciones han sido invadidas por el maldito me gusta me gusta me gusta me gusta que estúpidamente gruñe Silvestre Dangond desde una caseta o verbena popular o bazar de barrio.

No miento cuando afirmo que al día se puede escuchar a éste par unas mil veces compartidas. Lo que me hace concluir que para ésta gente no existe más música fuera de Celos, Millón de Primaveras y el cacareo de Silvestre Dangond.

Que se acaben pronto las vacaciones, por favor!!!

P.D. Ojalá no me vaya a caber una demanda por derechos de autor al usar la imágen del Chente sin permiso de su casa disquera, pues de eso advierten en la página de Internet donde conseguí su fotico.

lunes, 5 de enero de 2009

Cine iniciando año

Como se estila cada fin e inicio de nuevo año, algunas compañías y directores de cine, intentan atrapar unos cuantos dólares de taquilla mediante el estreno de cintas precedidas de gran expectativa. No siendo el 2008-2009 la excepción, se tuvo el estreno nacional de Ni te cases ni te embarques, dirigida por Ricardo Coral y protagonizada por Víctor Hugo Cabrera, Andrea Nocceti (ex-reina colombiana haciendo su debut en la gran pantalla), Juliana Botero, Luz Estela Luengas, Nicolás Rincón y Ramsés Ramos. Una película de Dago García que cuenta la historia de un hombre maduro, Rubén (Cabrera), quien cultiva un pavor clínico por el matrimonio; su novia Isa (Andrea Nocceti) muere por casarse con él, en tanto que un evento inesperado en sus vidas lo cambiará todo.

En resúmen, podría decir que finalizada la película sentí un sabor poco agradable. Fueron más las expectativas que precedían la cinta que su misma calidad. Dago García ya nos tiene acostumbrados a sus exageraciones cómicas, lo cual en algunos casos se torna tan predecible en la cinta que desaparecen las fronteras entre el humor inteligente y la imbecilidad supina; a la vez se cae en unos diálogos extensos que por momentos duermen y causan bostezo.

Lamentable la actuación de Andrea Nocceti. Muy a pesar de que en su último papel antagónico de la reciente novela Nuevo Rico Nuevo Pobre, muchos pudieron avizorar un futuro escénico de alto vuelo, en Ni te cases ni te embarques la ví igual que en su papel de novela y eso que los roles eran de orillas opuestas, es decir, un personaje que exigía mucho más de lo mostrado en escena por la Nocceti. Esto último afortunadamente nos hace concluir que por lo menos la actuación no es de toda reina, a diferencia de los noticieros de farándula. Lo contrario podría decir de Víctor Hugo Cabrera y Luz Estela Luengas quienes tienen la capacidad actoral de llevar a sus personajes más allá de lo pensado por el libretista.

Este sin sabor se me ha venido pegando cada vez que salgo de una nueva función de nuestro cine colombiano. De la etapa del cine rojo-blanco: bañado en los ríos de sangre del sicariato paisa, espolvoreado por el blanco de la apetecida cocaína colombiana; hemos pasado a un terreno donde es difícil ser cómico, humorístico, pues el riesgo de caer en la insufrible ramplonería es mayor. Ojalá "El Man, El Super Héroe Nacional", que próximamente aparecerá en cartelera, no sea otra prueba más del sonso humor colombiano de algunos pocos, que lamentablemente ha tomado por asalto al cine colombiano.

En cuanto a estreno internacional está Crepúsculo (Twilight). Cinta romántica que narra la historia de Bella (Kristen Stewart), una chica enamorada de un "joven" vampiro, Edward, protagonizado por Robert Pattinson, quien desde casi un siglo aún tiene 17 años. Bella y Edward se conocen en la preparatoria de Forks, un pueblo con un ambien frío, siempre lluvioso, encallado en lo que parecen ser los bosques de Alaska. Allí tuvo que partir Bella, a vivir con su padre, agente de policía, luego que su madre contrajera nuevas nupcias. Sus paisajes son maravillosos, se puede sentir el frío y olfatear el olor salvaje del bosque con sus árboles inmensos que sirven de refugio a un amor que ha nacido al amparo del azar y de las clases de biología, pero en contra de la conveniencia social y genética.

Durante la primera hora el film se hace plano, los diálogos extensos se tornan predicibles, tanto así que sobra espacio para la duda y la censura de algunos bodrios artificios. Si es una historia basada en la añeja saga de vampiros resulta entonces poco creíble que Edward y su familia deambulen por el pueblo durante el día, como si nada, pero lo más risible es la escena que revela los supuestos perjuicios ocasionado por el astro rey: la piel adquiere la textura diamantina de diminutos gránulos de vidrio, algo que ruidosamente abofetéa la inteligencia de cualquiera pues no se supone acaso que el sol convierte en ceniza a éstos seres de la noche(¿?). Incluso, luego de que Bella es atacada por un vampiro enemigo, el cual le ha fracturado su pierna derecha y mordido en uno de sus antebrazos, aparece días después lista para el baile de graduación, con una especie de zapato ortopédico recubriéndole la pierna a manera de bota, luciendo un vestido escotado sin mangas que hubiera dejado al desnudo la cicatriz, o al menos la venda, que días antes llevaba en su brazo derecho poco antes de abandonar el hospital, pero no se ve ni lo uno como tampoco lo otro.

Del letargo de la trama inicial se sucede la intriga que salva la película. Bella resulta apetecible a los ojos de otro joven vampiro de familia diferente a la de Edward, éstos últimos resultan enfrentados a muerte. Al final, la familia del enamorado vampiro vence, y Bella, mecida por los pases románticos del baile de graduación, le confiesa a su inmortal pretendiente el deseo de perpetuarse en el tiempo para proteger su amor del reloj humano. Definitivamente una película hecha a la medida de un público adolescente que dejó pasar detalles poco desapercibibles.




domingo, 4 de enero de 2009

Un sueño para Mariana

La mañana estuvo cargada de una pesadez sin igual. Regresaba del trabajo y el Sol vomitaba inclemente sus entrañas sobre el pueblo que parecía arder. Un mes más y el fin del mundo sería cantado bajo fuego. Lo peor: la fatiga del sueño, más producto de la posma del lunes que del cansancio físico, sin un lugar fresco donde descargar los huesos y el malestar de una semana que apenas comenzaba. Me entretuve con un vendedor de helados quien envuelto en su uniforme azul terlenka, a punto del derretimiento, estaba condenado a una bien asegurada muerte ígnea. La señora de los tintos, con sus gordos flotando como vulgares salvavidas bajo la escotada blusa china, contrariando el buen uso de la lógica al vestir; ofrecía con voz culebrera el encanto líquido, espumoso e hirviente a tan solo trescientos pesos en vasos desechables.
Arrastrado por las cadenas del cansancio y el insoportable picoteo del sueño haciendo nido en mis ojos, avanzaba sin prisa por toda la calle real, con la eternidad anudada a mis zapatos, como recogiendo meticuloso a manera de convicto cada segundo camino del patíbulo. Un inaguantable lunes de memoria no grata.
El almuerzo estaba servido: las mismas papas saladas, un arroz ensopado sin máculas de cebolla ni tomate, las tirillas de carne bien adobada y el jugo de mora sin leche. Fue el menú que le escuché gritar a doña Celina al otro lado de la puerta. Había preferido pasar directo a mi habitación, cerrar la ventana contigua al comedor y entregármele desnudo al dios Morfeo, luego de encender el refrescante y endiablado rugido del ventilador marca Primount, único recuerdo de un mal celebrado día del padre.
Toc, toc, toc. Habían sido tres toques. Separados por un espacio indeterminado de tiempo aún persisten en la memoria como el preámbulo de una ópera siniestra. Calculé la distancia a la puerta contando dos pasos y medio; la oscuridad era tan espesa que por un momento creí palpar su algodonada textura.
Abrí. Un aire delicado transportaba el aroma relajante de los mandarinos y se colaba en la habitación como un extraño invasor. Las luces extrañamente apagadas, imaginaba que no eran más de las diez, había aprendido a ubicar a Júpiter en la esfera celeste durante cada época del año sin temor a equivocarme en la medida del tiempo; el ruido de los grillos y las ranas adquirió un nivel insoportable, el silencio inusual que esa noche instauraba su reino de piedra sobre la casa y sobre el barrio -creo también que sobre el pueblo- les dejaba a las criaturas de la noche un espectro envidiable sobre el cual duplicar sus decibeles sin exagerar esfuerzos. Caminé precavido por todo el pasillo. Bordeé el patio principal y pude cerciorarme que la casa estaba completamente despoblada. Me preguntaba entonces quién había golpeado a la puerta con pausada insistencia, como dándole exagerada importancia a un juego sobrenatural de sombras y presencias a punto de comenzar y del cual ya se había declarado ausente.
Golpeé cada la puerta de cada una de las habitaciones que hacían parte del inquilinato. La respuesta siempre la misma: un ronco silencio rebotando en las paredes y duplicándose con los sonidos de la noche.
Busqué la puerta de salida, un matero me hizo trastabillar y por poco perder el equilibrio. Maldije recuperando mi vertical y apurando el paso como ladrón frente a la puerta de escape.
Afuera las cosas no eran diferentes. Era el único habitante de un pueblo fantasma, la nada se había tragado completamente a sus pobladores y en un acto de vulgar misericordia me regalaba su malhadada benevolencia. Sentí la necesidad de sentarme. De un momento a otro un frío intenso fue ganando terreno, el cansancio comenzó a hacer mella y el sueño fue aflojando mi cuerpo hasta dejarlo como una guitarra completamente destemplada, las estrellas comenzaron a parecer más cercanas, el mundo más distante y la noche más arrulladora en su leche de asfalto.

Estaba tomando mi primer café con el desasosiego de una mala noche aún torturándome el pecho cuando entró Mariana, la morena de ojos negros, la que todos en la oficina deseaban sin discreción alguna, su blanco pantalón bien calado dejaba ver claramente sus sensuales líneas dibujadas para deleite de muchos y envidia de otras. Nunca habíamos cruzado palabra por eso recibí con sorpresa y cierto orgullo sus buenos días y su tengo que contarte algo. Además, ¡me estaba tuteando¡
El asombro fue mayor cuando de sus labios se soltó un he soñado contigo.
Necesité más de un minuto para cerciorarme de lo que estaba escuchando. Sus senos a punto de saltar el obstáculo del escote habían dejado de ser una distracción frente al significado que poco a poco adquirían sus palabras. Nos ubicamos en el lugar más discreto que pudimos encontrar no sin antes prepararnos dos tasas de café y ruborizarme al verme descubierto sirviéndole la medida exacta del azúcar que ella prefería, pues eran meses y meses tras la pista no solo de sus cadencias, su esférico trasero, sus senos prominentes sino también desenredando el fino hilo de sus gustos.
Con lujo de detalles narró cada incidente vivido por mí la noche anterior en el inquilinato. En el sueño me había visto caminar a tientas en medio de tanta oscuridad. Vio cuando estuve a punto de caer luego de haber tropezado con una maceta hiriéndome a la altura de la rodilla izquierda. Me produjo espanto no solo la perfecta narración de lo sucedido sino también su exacta apreciación de lo que fueron mis miedos, el terror de una noche vacía y el susto convertido en lágrimas; sentirme desnudado de ese halo omnipotente, que tanto procuraba cultivar en mis más concurridos círculos sociales, un aura de impenetrabilidad que me mostraba fuerte, indócil e inexpugnable se veía desaparecer, y lo peor, frente a ella, dejándome en un estado lamentable de insoportable vergüenza.
Antes de ir a la cama decidí distraerme con un poco de televisión. Calculé la franja más light y ocupé una de las sillas que doña Celina dejaba a disposición de los inquilinos en una especie de sala de estar improvisada con televisor y dispensario de agua, según ella, purificada. Le dije a doña Celina que por favor me alcanzara una cerveza bien helada y la anotara a mi cuenta, quería adormecer mi cerebro entre telenovelas y alcohol. Empezaba el noticiero de las once, ya llevaba cinco latas de cerveza, suficientes para invitarme al juego de las sábanas y declararme esclavo del señor del sueño, cuando sentí una mano posarse sobre mi hombro izquierdo. Era un hombre alto, de abundante cabellera cana, con una barba blanca que le llegaba al pecho; los surcos de su frente eran profundos, delineados con punta roma; sus ojos de un azul triste parecían estar llorando siempre; no tenía boca.
Con sus ojos me indicó la puerta del patio trasero de la casa a lo cual fui diligente. Al abrirla me vi en medio de la plaza de mercado, la gente transitaba con sus canastos llenos de abarrotes, los gritos del comercio viajaban enredados entre el olor a yerbabuena, a albahaca, a sangre y a verduras. Sorprendido quise buscar entre tanta algarabía al extraño hombre sin darme cuenta que estaba completamente desnudo. No encontraba una explicación lógica a lo que me estaba sucediendo. Presuroso y lleno de vergüenza busqué un lugar seguro donde ocultarme de las miradas que inexplicablemente no percataban de mi presencia, lo cual era aún más ilógico. Me sentí invisible, o más bien, era totalmente invisible. Paradójicamente seguía sintiendo vergüenza por mi desnudez, con lo cual me acerqué sigiloso a uno de los puestos de venta de ropa; sustraje, sin que la encargada se diera cuenta, un pantalón y una camisa de tela burda ambos de color negro. Llegué a una de las esquinas donde comienza la venta de pescado, mi reloj marcaba la una de la madrugada cuando una densa nube de moscas vino a mi encuentro en desacato a mi nueva apariencia etérea. Envuelto en un nubarrón de alas pude observar a lo lejos, parado en la esquina opuesta de donde me encontraba, al hombre alto de blanca cabellera. Pude ver claramente sus manos indicándome que me aproximara donde él se encontraba. La ausencia de su boca era tan evidente a lo lejos que por un instante sentí tanto miedo, recordaba esos monstruos siderales que en mis sueños de infante se escondían debajo de la cama para aleccionarme y obligarme a obedecer a mis padres, así que fui acercándome muy lentamente como tanteando mis reflejos ante cualquier movimiento amenazante por parte de éste hombre tan extraño, misterioso y sugestivo quien al verme llegar comenzó a caminar a pasos inalcanzables. Me llevó hasta una casa que daba a las afueras del pueblo, tan humilde en su construcción que a primera vista pensé en algún tipo de invasión o casa de mendigos. Al entrar me indicó con su mano izquierda un catre viejo, con cobijas de lana y de aspecto antihigiénico ubicado justo al lado de la puerta. Sentí necesario recostarme un poco y recuperar algo de energía. No tuve tiempo de observar el interior de la casa pues al apoyar la cabeza sobre lo que parecía una almohada, y cerrar por un segundo los ojos, ya el reloj de mesa anunciaba con su pitido las cinco de la mañana y afuera de la habitación los pasos de doña Celina tomaban posesión de la casa.

Esta vez era yo quien quería hablar con ella.
La esperé en la sala de tintos mientras apuraba un cigarro junto a la ventana. Néstor me hacía el recuento de los últimos acontecimientos en política nacional y cotejaba de paso sesudos comentarios que ante la falta de réplica por mi parte sugirió temas más light y ajustando la correa de su fino pantalón seguido de un brusco movimiento con el cual apuntalaba la camisa bajo la ya prominente y escurrida barriga comenzó a relatar uno a uno sus más sentidas apreciaciones en torno a la manera como se estaban llevando las operaciones básicas en la oficina: el control desmesurado ejercido por el nuevo coordinador, la prepotencia de la niña de los tintos, el estilo rebuscado de otra vez el nuevo coordinador a la hora de dirigirse a los demás como queriendo dejar en claro su alta preparación académica con ese galimatías de verbos y adjetivo indescifrables que a la hora del té no significaban ni querían decir nada; fueron sus últimas palabras antes de decidirme buscarla. Pensaba que no tenía otra opción y entonces la vi pasar rumbo a su cubículo.
El vestido rojo de un increíble tono pegaba muy bien al color de su piel. Sus piernas no llevaban medias veladas, tampoco le eran necesarias, un continente voluptuoso se alzaba erguido sobre dos columnas de ébano desvanecido ocultando un secreto de aguas donde jamás –imaginaba yo- moriría de sed. Contemplé el recurso de un breve cumplido como símbolo de cortesía pero preferí ir al grano y sin perder de vista el provocativo panorama de sus piernas, de su vientre tallado en rojo, intenté preguntar.
Era mi abuelo.
Sus palabras cayeron como piedras.
Ese fue el pueblo donde nací y me crié. Ordenaba con manos temblorosas el paquete de requisiciones que con su visto bueno solucionaban las necesidades básicas de la oficina: papel higiénico, café y azúcar para el tinto, agua aromática, jabón de manos, toallas de papel y de las otras, resmas de oficio y de carta, acetaminofén, etc. Me dijo que su abuelo se había encargado de su crianza y educación pues sus padres habían muerto cuando ella era una bebé de tan solo cuatro meses, un accidente de tránsito sobre la carretera al mar la privó de los cariños y atenciones de su madre, una mulata bien plantada de ojos como los del abuelo; de la protección de su padre, un humilde cartero de amplia sonrisa, hijo único y orgullo de aquel hombre de nívea cabellera y barba exageradamente poblada. El rancho, como ella lo llamaba, quedaba a dos cuadras de lo que había sido alguna vez la casa principal de mercado de su pueblo natal. Los años fueron los encargados de hacer surgir una nueva clase social preocupada más por el toque moderno y la apariencia aséptica de sus construcciones, obligando a la desaparición de aquellos ranchos humildes. Lo poco del dinero logrado había servido para pagar los primeros diez meses de arriendo: un cuarto húmedo y oscuro en uno de los “modernos” edificios construidos en todo el centro del poblado, junto a la Registraduría. El abuelo se había visto obligado a trabajar como celador de un parqueadero mientras ella adelantaba sus estudios en la escuela y posteriormente en el colegio del pueblo. La universidad había sido a otro precio que no quise enterarme pues me urgía develar aquella extraña relación entre mis sueños y su agitado pasado.
El dolor en mi pierna izquierda ponía en duda la naturaleza onírica de aquellas experiencias cuya confusión iba en aumento al escucharla atentamente sin que fuera necesario haber hecho mención alguna de aquel nuevo suceso que ya dudaba en llamarlo sueño. Nuevamente su descripción había sido exacta, hasta se atrevió a decirme que las uñas de mi pie izquierdo estaban manchadas de mora, lo cual pude comprobar al llegar a casa y me hizo ruborizar al extremo pues mi desnudez había tenido un testigo de carne y hueso; y no cualquier testigo.
Las siguientes tres noches fueron idénticas: extraños personajes apareciendo en medio de escenas surrealistas, un golpe aquí, una marca allá que al final terminaba con el reloj sonando a las cinco y mi cuerpo recogiendo una a una la evidencia, no de lo soñado, sino de lo vivido. A la lesión en mi rodilla y las uñas manchadas de mora, se sumó una cortada en la frente, una mordida en la tetilla derecha y un profundo rasguño en el brazo izquierdo.
Afortunadamente empezaba el fin de semana.
Ese viernes al salir de la oficina, pasadas las siete de la noche, preferí recorrer el pueblo en busca de un lugar donde beber. Rehuí la invitación de Néstor pretextando un fuerte dolor de cabeza. Quería embriagarme, enfrentar un nuevo juego tormentoso de episodios fantasmales con el escudo de la inconsciencia etílica.

Alguien llamaba a la puerta. Los golpes parecían retumbar desde lo más profundo de mi cráneo. El reloj marcaba la una de la tarde y doña Celina me avisaba que el almuerzo hace más de media hora estaba servido. La boca me sabía a óxido y el martilleo en mi cabeza cada vez más intenso. Busqué un vaso de agua y apuré dos dolex que en instantes desaparecieron el zapateo entre oreja y oreja. Me confortaba comprobar que no había “soñado”. Al parecer el alcohol volvía a traer la normalidad a mis noches. Al revisar mi cuerpo con alivio pude comprobar que las antiguas marcas se mantenían.
Ese sábado no salí de casa. Estuve releyendo algunas novelas policíacas, de vez en cuando me levantaba a buscar algún canal de TV que alternara mi entretención. No podía olvidar el enigmático rostro del abuelo de Mariana.
Pasadas las doce de la noche, luego de un especial de vida salvaje en el canal 45, busqué mi cama para conciliar el sueño.
El domingo había sido perfecto. Me embargaba una felicidad tan inusual que me levanté bien temprano, busqué mis zapatos deportivos y salí a trotar durante quince minutos. La vida regresaba a su cauce normal y la alegría era más que inmensa.

Hoy el día estuvo otra vez muy pesado, si seguimos así vamos a necesitar pedirle un aumento al jefe, claro que con ese nuevo coordinador las cosas serán a otro precio, como si la oficina fuera de él, mejor vamos y nos tomamos la fría que me despreció el viernes. No podía negarme, Néstor tenía razón, el día estuvo muy agitado, casi sin tiempo para salir a almorzar, en pocas palabras sin tiempo para siquiera un tinto. La música de Leo Dan nos iba relajando y aunque quisiéramos solo una cerveza el ambiente y la charla nos obligaba una nueva pedida. Aunque sea lunes, compañero, lo invito a brindar por ésta vida que sí es la que nos merecemos, lejos de jefes y coordinadorcitos que más parecen dictadorzuelos de pacotilla…ah que Mariana, sí, sí, bien buena… pues por ella también brindemos, compañero, ya sabe, nos ha sabido dejar, cómo no sabe, no, no la trasladaron, la encontraron muerta en el baño del apartamento, dicen que puede ser desde el viernes en la noche o quizá el sábado, a la salud de ella porque estaba muy buena, compañero, yo lo iba a buscar para que fuéramos al entierro pero ni modos, se me pasó por alto… ja ja ja… por su alma bendita que también debe estar bien buena. A su salud, también dije yo, pagamos la cuenta y nos despedimos recordando que la entrada era una hora más temprano.

domingo, 15 de julio de 2007

sábado, 14 de abril de 2007

Poema con solfeo de mujer

Te inventé hace dos mil años cuando
el juego de las manos no existía
cuando eran pálidos los colores del deseo.

Hoy soñamos bajo el tiempo que detiene
la brisa marinera del ayer
Insistiendo en encontrar
el código secreto de las tempestades
el último beso de los cuerpos en desande
la última lágrima de un domingo soleado
Viviendo el parpadeo del calendario
Deshojando las tardes como margaritas
Encontrando el pétalo indicado
mientras el viento se entretiene
con su música amarilla.

Solos los dos
esperando el amanecer
fabricando la rosa con tu rojo
con mi vino
con tu espera
con mi afán
Silenciando el roce para que
los vecinos no despierten.

Rememorando en despedida

Fuente: Fotos de Facebook Carlos Mantilla y Odilio Blanco fueron compañeros de colegio y, para nuestro dolor e infortunio, víctimas mortales...