jueves, 3 de febrero de 2005

Huelga de Líneas (Capítulo I)

Las cosas hubiesen sido bien distintas si a las líneas no les hubiera dado por montar toldo aparte, estaban indignadas, y no era para menos pues a quién le hubiera gustado que en un arranque ególatra el punto se permitiera abusar de su confluencia infinita de líneas optando por ignorarlas y mirarlas desde la perspectiva de lo divino, como si con el ojo del triángulo no bastara. Y es que después del desplante ofrecido por el punto, ellas, las líneas, muy llamadas a la belleza por aquello de su figura delgada, se han declarado en asamblea permanente.
Todo empezó por un cuento de Cortázar.
El punto, cansado de siempre ser el último, buscó infinitas maneras de esquivar lugar tan indigno. Pero resultaba que a cada relato terminado no había forma diferente de dar fin que el de utilizar ese minúsculo y redondito remache en tinta negra como última puntada asegurando el hilo a la tela, dando firmeza al tejido. Furioso, se llenó de valor y empezó a buscar la oportunidad adecuada de dar fin a su condena, la cual parecía bíblica. En ésta ocasión se sintió distraído, casi risueño, cuando asomándose cauto por entre las teclas de la máquina pudo dar una leída a vuelo de ave y supo que de la carta tirada sobre una mesa salía una línea y que corría y bajaba por una pata. Se rascó la barriga y estuvo a punto de caer sobre la hoja cuando una idea empezó a hacerle burbujitas el pecho —que también hacía las veces de barriga.

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