viernes, 28 de enero de 2005

... de Pistolas y Rosas (Capítulo 14)

Pasaron muchos días antes que las cosas regresaran a la normalidad, y digo normalidad refiriéndome a la vuelta de mi vida “social”, volví a conciliar el sueño, fue en ese entonces cuado descubrí las inmensas lagunas mentales que de tiempo atrás venían sucediéndose como blancas sábanas, afectando no solo mi lucidez, también mi ubicación espacial y temporal, las noches venían convirtiéndoseme en días y los días en noches interminables que afortunadamente ya no contaban con la raspada voz de un Diomedes Díaz, extinto, para bien de mis oídos y los de Nati; preocupada por el descuido al que había sometido al nene, quise visitarlo al Bienestar Familiar, sorpresa grande cuando pude enterarme a través de la trabajadora social de su ida al exterior con la pareja de extranjeros tan encariñados con el niño, un niño tierno y lindo con sonrisita de flor. No recordaba al par de tipos que encontré, al regresar a casa, esperándome en la puerta del apartamento, si no es por la libreta roja que el más flaco había sacado del bolsillo de su camisa a medio planchar. Aunque mi memoria era frágil inmediatamente recordé el motivo de la visita. Las preguntas tenían que ver ahora con el extraño asesinato del señor del 301, Diomedes Díaz era obvio que no se estuviera escuchando, ¡Diomedes Díaz a la mierda! ¡Diomedes, hijo de la puta, al infierno! No pude ocultar la alegría que sentí, y los perros sabuesos, notándolo, disparaban sus cañones babosos apuntándole a un blanco más allá de mi negra memoria. Recostada en la puerta me negué a la solicitud de ellos a entrar. Estaba en mi derecho y nada ni nadie podían obligarme a algo que no quería, entonces chau.
No sé cuántos meses se acumularon de agua, luz y gas sin pagar, producto de mi desmemoria, pero ante todo de la falta de dinero: otra bailarina sacando provecho de sus pechos guturales, caderas ronroneantes y ojos espumosos, estaba ganando lo que yo debía ganar, cobrando lo que yo debía cobrar.
Bueno, a todo uno le puede sacar el cuerpo, a todo menos al hambre, y ahí sí que estaba en una situación complicada, sin salida y sin opción alguna.

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