martes, 4 de enero de 2005

...de Pistolas y Rosas (capítulo 1)

Aún está grabada en mi memoria aquella tarde de lunes. De Gun’s and Roses retumbando y del timbre insistente en la puerta. Sin bajarle volumen al equipo, con la perilla más allá de la mitad, abrí. Unos ojos expresivos de hermosura metálica atravesaron mi delirio emocional y fue entonces cuando comprendí la tamaña desconsideración para con los vecinos. Apenada por mi falta de tacto regresé. Bajé el volumen. Volví. Un joven de aproximados veinticinco años de edad, labios pálidos cabello engominado seguía esperándome. Con una sonrisa nerviosa me disculpé. En medio de la turbación pronunció una que otra frase, podía entenderle algo relacionado con una tía enferma necesitada de paz y silencio víctima de una cruel migraña. Aunque sus manos se retorcían impulsivamente, era extraño cómo sus ojos se clavaban en mí con tanta fuerza, no demostraban timidez a pesar de que continuamente bajaba el rostro como avergonzándose de sus palabras. No se atrevía a mirarme completamente; tan sólo con sus ojos, no con su cuerpo (los hombres suelen mirarlo a una con todo su ser: con sus piernas, su boca, sus manos y hasta con sus pies), deseaba huir, escapar de mí. Tal vez no estaba acostumbrado a ver mujeres en ropa ligera —de pronto sí—, pero otra cosa era tenerlas de frente, y más aún, necesitar hablarles.

En casa permanezco casi sin ropa, vivo sola y cuando los días se tornan calurosos, como aquel lunes, procuro andar lo mínimo vestida. No sobra decir que estoy acostumbrada a las miradas lascivas del género opuesto, mi trabajo consiste en procurarlas y sostenerlas porque de eso subsisto como bailarina nocturna en un bar de estrato medio desde hace dieciséis años. Pero aquella vez, aún sabiéndome dueña de la situación y respaldada por el hecho de estar en casa, no pude resistir el frío barrido de sus ojos. Necesité esconderme tras la puerta, asomando apenas mi cabeza. Volví a disculparme. Él hizo lo mismo sin saber por qué, aunque era obvio. Aquella tarde había algo en él que no alcanzaba a descifrar. Todos los hombres poseen un mapa de caracteres de fácil codificación cuya decodificación es aún mucho más sencilla, con el cual intentan seducir o enamorar, y cuando una lleva años de experiencia en el manejo de sus inclinaciones pasionales puede reducirles a manual de bolsillo de fácil consulta, útil a la hora de inclinar la balanza a favor en situaciones frívolas y complejas que, en ese entonces, se me mostraron como excepción a la regla en la pusilánime figura de un jovenzuelo de escasos veinticinco años. No recuerdo más, sólo sus ojos mirándome más allá de la piel, como desnudándome el alma.

Primera vez que le veía luego de cinco años de estar viviendo en aquel apartamento del quinto piso; también recuerdo que a partir de entonces empezaron a aparecer uno a uno asesinados los que conmigo ocupaban aquel viejo edificio de la Avenida Quebrada Seca.

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