martes, 18 de enero de 2005

... de Pistolas y Rosas (Capítulo 5)

Mientras jugueteaba con su vaso de cerveza, la Nati miraba a uno y otro lado dentro del café, me percaté que no solo iba fijándose con detenimiento en la decoración del lugar, también se preocupaba por las personas que departían en otras mesas. Estudiaba el movimiento de sus conversaciones, el vaivén de las manos cuando las palabras eran profundas o sostenidas. La manera de quedarse tan quieta, observando, no con detenimiento sino con perversa curiosidad, el monótono transcurrir del tiempo en las demás personas fue lo que más me impresionó de ella aquella noche; no que luego hubiese pedido un trago doble de güisqui, además costosísimo, sino esa pausa sostenida sobre el resto de la gente. En ese momento las cosas no fueron claras para mí. Pero él estaba ahí, en su mirada, en esa forma de desnudar a la gente con esos ojos sibilinos, misteriosos. Él, como aquella tarde de lunes, de Gun’s and Roses retumbando, como una presencia vagarosa, insistente, sometiéndome, sin dejarse sentir tras la pesada bruma del cigarro, la cerveza y los Beatles, que ya se escuchaban algodonados, tímidos.
La invité a abandonar el lugar. Atontada por el licor balbuceó una afirmación más de protesta que de común acuerdo. La Nati canceló todo, pagó con un billete de cincuenta. Me sentí incómoda pero no quise herir su gesto de amabilidad, pues la última vez yo había invitado, y también pagado. El viento, que era frío, pegaba fuerte. Las calles concurridas de luces se hacían cada vez más espesas. Aún así, decidimos caminar y dejar para otra noche la comodidad del taxi. Varias veces necesité sujetarla firme del brazo, evitar una caída penosa. Hablábamos a gritos, quizá para sentirnos más cerca la una de la otra, como cuando de niña mis padres me dejaban encerrada en la pieza de arriendo y buscaba compañeros cómplices entre la fantasía y la soledad, aminorando el miedo y la angustia de verme infinitamente frágil, dialogando con las paredes, las cortinas y el silencio. Inventando historias de mar, de submarinos tripulados por duendes y capitanes valientes, enfrentados a monstruos gigantescos tan vulnerables a los rayos equis como al pitido doloroso de mis gritos. Necesité avanzar unos metros más para darme cuenta que la Nati no podía con ella misma. Era necesario llevarla a mi apartamento. Tomamos un taxi y mientras recogía su cabello con dulzura, recostando su cabecita en mi hombro, la sentí dormir. Sus pechos desabotonados respiraban fatigados mientras balbuceaba frases incoherentes anegadas de alcohol.

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