sábado, 22 de enero de 2005

... de Pistolas y Rosas (Capítulo 9)


El hambre se me despertó luego de tanto agite, de tanto acomodar y apretar bolsas negras y chorreantes, de limpiar una y otra vez aquí allá. De llorar, de mirarme al espejo para cuidar mi aspecto, de pensar, y sobre todo, de extrañar, sí, de extrañar la voz de la Nati desde ahora.
Preparé huevos fritos, sin sal, que bajé con un sobrante de gaseosa y dos panes endurecidos. Luego, una ducha fría no sin antes dar un beso tierno a la nevera, pensando en la Nati, tal vez saludándola.
Tan linda idea de vivir para siempre con la Nati, ella en mi apartamento esperando que yo llegue para poder hablar tal vez toda la noche, o mejor dicho, poderme escuchar (aunque fuera desde la nevera), poderte contar los rumores de tu ausencia en el bar de El Churco, que la Julieth apenas pasa colores de la envidia cuando le cuento de tu buena suerte al resultar favorecida con una beca universitaria, de cómo tu hijo crece hermoso y fortachón, que ya no llora tanto como en un principio cuando recién te fuiste estudiar al extranjero, que ahora siempre me ve y se arroja en mis brazos como si fuera su madre cada vez cuando lo visito al Bienestar Familiar, pero tranquila mi Nati, tú serás irremplazable. Los paseos a centros comerciales, vitriniar, comer helado mientras soñamos con unos pantaloncitos y una hermosa camisa de colores para el nene, tan lindo que se vería con esa risita picarona de esconde diabluras mientras nos descuidamos; todo volvería a la normalidad, como siempre, yo recorrería por ambas aquellos viejos sitios, el parque recreacional, las máquinas de diversiones, los tipos guapos coqueteándonos a espaldas nuestras, nosotras divertidas de poder provocarles con nuestros culos y los descaderados que ya están pasando de moda pero que nosotras lucimos aún -yo a pesar de mis años y de algunos kilitos de más-. Llegaré apresurada y ansiosa a contarte mil cosas que, sé, te parecerán divertidas. Tendrás que aguantar todas las mañanas los insoportables con-mucho-gusto de Diomedes Díaz, sé que no te gustan, qué te van a gustar si te recuerdan, como a mí, aquel feo antro donde noche a noche nos ganamos -tú de mala gana, yo de media gana- el pan, pero qué le vamos a hacer si son como el himno nacional del 301, el del vejete aquel de sonrisa a medio construir que tanto fastidio te producía cuando lo encontrábamos en la escalera o cuando estaba pendiente de tirarte la llave del edificio cada vez que venías a visitarme sin ni siquiera dejarte apenas timbrar; sé de las ganas de gritarle unos cuantos madrazos, por eso mi manía del rock a todo dar, seré precavida contigo: dejaré encendida la radio para evitar tanto acordeón insoportable y tanto insufrible …ay hombre! Te quise con el alma/bien sabes que amarte más no pude… ¡malditas canciones de puteadero pobre!

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