miércoles, 5 de enero de 2005

... de Pistolas y Rosas (Capítulo 2)

Nunca me interesé por la vida de los demás, es más, era casi imposible trabar relación alguna con cualquiera de los que allí vivieron; estaba obligada a extenuantes jornadas laborales contrarias en horario y exigencia a las de un trabajador normal. Ellos llegaban, yo salía; ellos salían, yo regresaba. Maneras descuadradas de ganarse la vida. Aún así, consideré extraña la circunstancia de que un muchacho a su edad, y a esa hora del día, no estuviese, o bien estudiando en alguna universidad, o bien, ganándose el diario de manera alguna que al fin y al cabo no tenía por qué interesarme.

Su tía paterna fue quien luego de la trágica desaparición de sus padres en un lamentable accidente de tránsito, había tomado la decisión de adoptarlo. Marla. Tuve la oportunidad de conocer su nombre gracias a los recibos que todos los meses llegaban al buzón de mensajería del 402. Siempre me encantó revisar la correspondencia ajena, era inevitable, luego de abrir la puerta metálica que daba acceso al edificio. Una vetusta caja de madera empotrada en la pared, con varios números de tres cifras inscritos en color blanco sobre menudas ranuras que identificaban uno a uno los departamentos, hacía las veces de buzón. Me llevaba algo menos de cinco minutos revisar la correspondencia de cada uno de los casilleros (nombre bastante sofisticado para tan precarios habitáculos), verificar nombre, número telefónico y de apartamento; método indelicado de conocer a mis vecinos, pero que de algún modo compensaba esa extraña dificultad de relacionarme; era sin duda la manifestación teórica de tantas horas libres frente al televisor digiriendo emisiones enteras de The History Channel, el mundo del espionaje: sus protagonistas, sus métodos, técnicas y errores más cruciales.

Ella tendría unos sesenta años de edad en ese entonces. Nunca tuve la oportunidad de conocerle, aunque no hacía falta, pues la imaginaba redonda y chiquita con solo revisar el cajón del correo. Ningún atraso en sus recibos. Sólo un día pudo detenerme, con intriga frente a su casillero, la posibilidad de saber que no todo en ella podría ser perfecto: Venía de una jornada demasiado extenuante, tanto así que El Churco mandó llamar más niñas para que suplieran las necesidades de tanta clientela. Recuerdo bien, era quincena, una quincena previa a lunes festivo. Las mesas estaban llenas y el sitio a reventar. Necesité salir al escenario el doble de lo acostumbrado. Al final, las propinas compensaban el esfuerzo hecho, pero el cuerpo me recordaba que había un límite y que de su lenguaje de cansancio estaban excluidas las blandas palabras de la costumbre. Cuando regresé no tenía fuerzas suficientes para mi labor de espionaje a pesar de que los casilleros estaban repletos de sobres y demás. Aún así, pude identificar el logo de la Fiscalía General de la Nación, tan familiar para mí por razones que ahora no vienen al caso pero que obviamente nada bueno se traían.

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