martes, 11 de enero de 2005

... de Pistolas y Rosas (Capítulo 3)

Pude enterarme, mucho más tarde, que aquello hacía parte de un pequeño incidente relacionado con una vecina del mismo piso, quien de tiempo atrás venía quejándose de los molestos ruidos provenientes del apartamento de su puntual vecina. Hacía más de un mes en el que a elevadas horas de la noche no paraban de escucharse los insoportables martillazos contra la pared que desgraciadamente lindaba con su dormitorio. No bastaron los llamados de atención formales que la afectada había hecho llegar a través de la administradora del edificio, tampoco los madrazos como respuesta inmediata a cada golpe de martillo. Nunca supe cómo terminó aquel pleito, lo que sí puedo asegurar es que además de no volverse a escuchar comentario alguno, tampoco nadie volvió a saber de la señora canosa que, durante años, había ocupado el 401.
No me pasa nada, tranquila, le había dicho a la Nati para que dejara de preocuparse por mí, pero en vano resultaban mis esfuerzos por disimular la ira que sentía y las inmensas ganas de asesinar a ese maldito, me exasperaba que alguien intentara propasarse conmigo, estaban equivocados si creían que por el hecho de bailar en un bar, necesitara, al igual que mis compañeras de trabajo, vender mi cuerpo, mira que me da rabia esto, sí, que me confundan, mi trabajo es artístico y no pretendo llegar a prostituirme, todo lo contrario yo veo que a pesar de mi edad el baile es algo que se lleva por dentro y que nunca deja de extinguirse así pasen los años, pues, aunque se pierda agilidad y elasticidad otras cosas se compensan. El muy hijueputa me había cogido el culo. Así no más, y sin más de qué. Como no me dejé, el muy mal parido de un brinco se paró en plena pista a obligarme, con billetes en mano, a bailar con él, hasta llegó a insinuarme cosas como tener sexo en plena pista, el muy hijo de… Yo le conté esto a la Nati con un temblor en las manos mientras El Churco parecía derribar con su puño la puerta del vestidor. Me negué a salir ante la amenaza de verme despedida, con lo difícil que era conseguir trabajo. Pero no, había ganado mi dignidad, y fumando desesperada un Green solté un par de expresiones soeces que por el silencio al otro lado de la puerta juzgué eficaces. Nunca nadie me había humillado de tal forma, la Nati comprendía. Yo también la comprendía a ella, su difícil situación económica, la frustración de ver interrumpida su juventud por la prematura responsabilidad materna, un hijo que mantener y una carrera echada por la borda. La vida no le dejaba más opción. ¡Cuánto llegué a quererla! éramos mucho más que compañeras, amigas, muy amigas. Muchas veces compartimos situaciones tan difíciles como el hecho de esconder a su hijo, encendido en fiebre, tras el ropero de mi vestidor, sin que El Churco se diera cuenta; esperar a que ella atendiera a un cliente en la habitación de al lado y así conseguir uno cuantos pesos para poder llevarlo al médico.

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