domingo, 16 de enero de 2005

... de Pistolas y Rosas (Capítulo 4)

En ese momento ella era el único hombro donde recostar mi indignación.
Prometiendo acompañarme hasta el apartamento se había desnudado y cambiado de ropa. Me gustaba verla con su vestidito rojo que tanto hacía juego con sus piernas bien torneadas, el escote dejaba en evidencia el incisivo valle de sus senos; recordaba mis años mozos, verla así, tan llena de sensual juventud. Hasta envidia despertaba, a mí de la buena, a diferencia de las otras, sobretodo la Julieth, aprovechando cualquier oportunidad de indisponerla frente al jefe con sus comentarios de mal gusto. Todas sabíamos que era envidia. Ella, simplemente la ignoraba, aunque no la soportara. Tomé mis cosas, ella, ya cambiada, con un jean desteñido y una camisa vaquero parecía toda una universitaria; abrió la puerta, y, avisándome que no había moros en la costa, nos descolgamos a la calle por la parte trasera del negocio sin que nadie nos viera. Me sentía tan bien. Ella a mi lado. La sentía como la hermanita menor a la cual proteger, al mismo tiempo, la cómplice de aventuras y fechorías. Esa noche, recuerdo, entramos a un café ubicado en los alrededores del parque Las Palmas. Pedí un capuchino, ella una cerveza. Nos sentimos a gusto en aquel lugar, la música, todo. Por un momento creímos ser dueñas de otro mundo, llevar otra vida. Estábamos infladas de espejismos. Era tan grato fantasear con las desgracias haciendo más soportable el peso del destino. El Let it Be de los Beatles caracoleaba con sutiles altibajos por entre el oleaje de las conversaciones, cada vez más álgidas por el fermento de los vasos de cerveza. Un hombre de aspecto delicado, escondiéndose tras su delantal verde avanzaba hábilmente entre las mesas y la gente, cigarrillos a medio encender, cerveza rebosante, helados delicados, facturas y dinero, mellaban el pulso firme con el que sostenía la bandeja plateada. El muchacho de cabellos sueltos, ubicado frente a nosotras, hacía su pedido de cervezas cada cinco, siete minutos, levantaba su mano, sin dejar de mirarnos, una cerveza por favor. Estaba solo, pero creo, no se sentía del todo tan abandonado. A sus ojos azules le sentaba bien el suéter que del mismo color resaltaba la hermosura temeraria de sus gestos inquisidores, seductores. Las dos chicas, sentadas al lado izquierdo del de los ojos azules, parecían entretenerse con el humo de sus cigarros, se miraban mutuamente sonriendo, como presas de una súbita complicidad. Hablaban de cosas extrañas, bueno, al menos incomprensibles para mí. ¿Serían universitarias? Tal vez, pero su manera de tratarse, de vestirse, no encajaba con la imagen que, de las conversaciones con la Nati, había adoptado de ellas; pero por el tema de su charla fácilmente se veía —o se escuchaba— que lo eran.

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